Adjudicatus interruptus

Hoy teníamos un precioso y soleado día de febrero, perfecto para cualquier cosa  menos para abrir sobres económicos. Aun así, somnolienta y acatarrada pero dispuesta a cumplir con mi deber, me encaminé a mi cliente favorito para ver cómo abrían las plicas de la última licitación que habíamos presentado.

En esa ocasión, estábamos en modo “And the winner is“, porque a la vez que te daban la puntuación técnica te cantaban la económica. Y contrariamente a mis costumbres -posiblemente debido al exceso de trabajo y al trancazus máximus que dejaba las dos neuronas que me quedan fuera de órbita- no había preparado el ya tradicional excel donde tecleas los resultados para conocer al momento el ganador, así que me conformé con la hojita impresa que -gentilmente- pone el organismo a disposición de los asistentes para rellenar las puntuaciones.

Yo creo que el ciudadano en general no es consciente de que estas cosas son públicas, que si no ésto estaría de lo más entretenido. Tu coges a unos cuantos mendas ociosos por la calle y les dices que hay un sitio donde reparten millones, y aquello cogería más ambiente que Las Vistillas en San Isidro. Yo montaba un reality, tipo “Licitadores por el Mundo” y nos lo íbamos a pasar teta.

Pero bueno, que me estoy enrollando. En esta ocasión, nos sentamos junto con el “caballo ganador“, el representante -a la par que amiguete y eventual compañero de UTEs- de Ingenieros Evisceradores, y entre chanzas y cachondeos, esperamos pacientemente a que comience el acto. Según nos sentamos y nos dan la hojita con las puntuaciones técnicas, observamos con creciente asombro que “caballo ganador” figuraba en el último puesto. No es que importe mucho, dado que el peso de la oferta técnica tiene el mismo que el de La Coquito en el consejo de administración del banco Santander. Francamente: 75 puntos son el precio y tampoco importa gran cosa siempre y cuando pases el corte.

He acudido a muchas aperturas de plicas, pero debo reconocer que jamás a una donde leyeran tan rápido las ofertas económicas. Creo honestamente que a este organismo hay que reconocerle el Guiness de lectura de ofertas, lo cual es de agradecer, porque al menos el trago es rápido. Lo jodido era apuntar a la misma velocidad.

En cuanto comienzan a cantar las ofertas económicas, notamos un cierto tembleque en “caballo ganador“, que sentado a mi vera empieza a menearse inquieto en la silla y musitar por lo bajo “os lo habéis llevado, os lo habéis llevado”. No sé yo. El actual titular de la cosa y con la mejor puntuación técnica tampoco va tan lejos en cuanto a oferta económica. Unos 100K le separan de la nuestra. Finalizada la ultra-rápida lectura, comienza el run run post-lectura, nuestro amigo el “caballo finalista” comienza a teclear tembloroso en la calcu de la galaxy, indicándonos que somos ganadores.

Mi escepticismo queda eclipsado por el alborozo de mi compi, de Super Hen, que vistos los lloros y lamentos de “caballo ya no ganador“, sus besos de felicitación y emplazamiento a que le invitásemos a unas cañas, da por hecho que hemos ganado el asunto.

Bueno. Pues a veces pasa. Una vez, mi cocker spaniel pilló una paloma en la plaza de Olavide y se quedó pasmada, estupefacta y con la boca llena de plumas. Naturalmente la paloma se libró por el puro atontamiento transitorio que sufrió el perro, que no terminaba de creerse que había cazado algo.

Me encamino a mi cuartel general, donde, por si acaso la noticia se ha empezado a extender, doy puntual traslado a mi jefe de que “a lo mejor” hemos ganado esta historia.

Con dos personas encaramadas a mi chepa -mira que odio que no me dejen currar en soledad- abro mi excel y comienzo a volcar la -en esta ocasión sencilla- fórmula de cálculo de “the winner is”.

Y no. No hemos ganado. Ha ganado el lloroso caballo ganador que se ha retirado a sus cuarteles de invierno gimoteando y lamiéndose las heridas.

Le llamo.

-Oye, campeón. Que has ganao tu.

-Que dices. Que no que no. Que hagas bien los números.

-Que si, que sí. Que te cojas la página 5 del pliego y que hagas la fórmula CON PORCENTAJES DE BAJA, no con los importes.

-Joder joder, que me estás poniendo nervioso.

-Ya te digo.

-Bueno, déjame que mire la fórmula a ver.

-Mira lo que quieras, rey, pero has ganao tu, y no te creas que me hace feliz decírtelo.

Mientras mi jefe roe el pliego administrativo con la ansiedad de un cernícalo al que le han arrebatado un topo gordo, buscando a ver si había algún escondrijo o recoveco donde pudiera haberse escondido, vuelvo a revisar las cifras. Nada que hacer. Hemos perdido por 3 puntos. 87 frente a 90. La peor oferta técnica, ganadora. Es lo que hay. Luego llorarán cuando se les caigan los SAPs o cuando les envíen como analista al hombre de Atapuerca con gorra de rapero.

Me llama al móvil “caballo ganador“, le ha cambiado la voz. Que efectivamente, ha ganado él. Que mil gracias. De nada hombre. Si total te ibas a enterar igual. Te toca pagar cañas.

Entonces me toca lo peor. Hablar con mi compi de Super Hen para decirle que el caballo ganador no somos nosotros. Nos hemos quedado rozando la línea de llegada con las bridas. Ainsss…

Eso sí, nuestros diez minutos de gloria bien que los hemos disfrutado…

Lecciones aprendidas:

1) A una apertura de plicas llévate el excel con las fórmulas. No te fies de las calculadoras, que las fórmulas a veces se las traen.

2) Nunca des por hecho que has ganado.

3) No lo comuniques ni a tus ropajes íntimos hasta haberlo verificado al menos diez veces. No hay nada peor que desmentir una adjudicación, es como intentar quitarle una loncha de jamón a mi perro.

4) Siempre, pero siempre, recuerda al caballo ganador que tiene que pagarse unas cañas.

Felices plicas, amigos.

¿La crisis, por favor?

De poco sirve decir que el Gran Plaza 2 estaba plagaíto de humanos haciendo compras, porque eso lo sabe todo el mundo. Y que aún sabiéndolo, sigan intentando acudir con sus vehículos y personas, en solitario o en manadas, me sigue dejando pasmada.

plaza

Yo confiaba en que -siendo las 5 de la tarde- todavía no habrían llegado las huestes de Satán, y quizá podría hacer un par de compricas que tenía pendientes. Y bueno. Las huestes de Satán no, pero sí los orcos de Saruman, arrastrando consigo a sus jaurías, representadas por dos o tres criaturas que correteaban por los pasillos y un cónyuge o pareja que se dedicaba, alternativamente, a mirar culos o escaparates. Opcional, hardware asociado en forma de carrito de bebé-orco lloriqueante. Me parece una gran crueldad arrastrar humanos de sexo masculino a los centros comerciales, pero si encima se hace en período de rebajas y en hora punta, es acumular papeletas para el divorcio.

Una de estas criaturas, además, circulaba por el Primark como Ben-Hur, subida a sus tacones de charol rojo 16 válvulas. Válgame, cómo es posible irse de compras emulando a Sarah Jessica Parker. Jesús. Debe de haber hecho una promesa a Santa Belén Esteban.

taconazos rojos

Llevaba consigo un par de criaturas adolescentes cargadas de presuntas gangas barateras, pero carecía de cónyuge-sherpa, habitualmente encargado de acarrear las bolsas, abrigos y bufandas, que más que un ser humano los pobres parecen un cruce entre un perchero y un camello que los Reyes Magos se hubieran olvidado por ahí.

Y las cajas. Dios mío las cajas. Yo que sólo quería hacerme con unas perchas, que precisamente están allí, al fondo de la línea de cajas de la segunda planta. Eso no es gentío, es una colección de walking dead, a juzgar por lo despacio que se mueven. Seguro que te pones allí y se te comen. Y luego, están los de los carritos. Deberían crear el carnet de portador de carrito de bebé. ¿Por qué se empeñan en meter carritos de bebé/niño/vago de 6 años entre los percheros y mostradores? Acaban pareciendo ratas en un laberinto de pruebas, tratando de encontrar la salida, pasando por encima de tus pies sin el menor disimulo y arrastrando perchas y ropas en su avance. Por no hablar de los bolsazos que los cónyuges-sherpas te sacuden con entusiasmo. Zas, toma leche. Pa que aprendas.

Luego están esas bonitas parejas que obviamente son fruto de las webs de contactos, y más concretamente de los errores de diseño de sus base de datos: él con cara de estreñido pensando “y porqué narices marqué yo en la casilla de me encanta ir de compras“, mientras la candidata escogida entra y sale frenéticamente en las tiendas convencida de haber encontrado a su pareja ideal. Criaturicas. Lo que tienen que hacer algunos para echar un polvo.

Y ¿se puede saber, en el nombre de los testículos del Minotauro, porqué ponen la calefacción en las tiendas en modo infernal? Que una entra a mirar, y según pisa la tienda, le viene de frente un siroco marroquí que consigue que comience a sudar a chorros. Lo normal es que huyas de allí a los treinta segundos y salgas a tomar aire a los pasillos, no vaya a ser que aquello sea la antesala del infierno, venga Satán y se te lleve de los pelos. Y tampoco puedes dejar el abrigo en el coche, porque en el parking te congelas.

Y qué bonito cuando entras, toda contenta, a ver las gangas, y te encuentras eso de “Nueva Colección”. Lo de la nueva colección lo inventó un espabilao que decidió rebajar sólo la mitad más chunga de la tienda y sacar los restos del año anterior mezclados con la mitad menos chunga al mismo precio.

Pero lo peor no es eso, no. No es entrar, dar tres vueltas y no comprar nada. Lo peor es salir. Abandonar el lugar, rescatando tu coche del parking, donde hay tal cantidad de tráfico que deberían poner rotondas. No hay ni un hueco. La gente está loca. Son capaces de matar por un sitio, y no digamos ya si a algún otro humano se le ocurre colarse y quitarle el hueco. Buf.

Y sin embargo, una vez que ya estás fuera, te encuentras con la pescadilla que se muerde la cola. La cola para entrar casi se junta con la de salir, de hecho, cuando me acerco a la rotonda principal, veo con espanto que la ruta que pretendía tomar estaba llena de lucecitas rojas a lo largo de varios kilómetros. ¿Por qué? Porque la salida de este centro comercial -ojo, tres rotondas más allá- coincide con la entrada del rozas village, donde hay otra cola de coches esperando entrar que acaba en la república de Krasnoiarsk. Naturalmente NO puedo ir por ahí, a menos que me plantee hacer noche. Tampoco puedo acceder a la A6 sin pasar por semejante atasco en fila de a uno. Sigo a mi instinto y huyo en dirección contraria, hacia Majadahonda, con la pretensión de hacer un cambio de sentido que me permita entrar  al carril central de la m-503. Y no, no lo consigo. Tras pasar por dos o tres rotondas y desorientarme por completo, me dedico a dar más vueltas que un perro pa echarse, atravesando urbanizaciones, descampados y más rotondas, así como un montón de badenes diseñados específicamente para joder los bajos de cualquier coche, sobre todo si vas de noche y con ceguera nocturna, que es mi caso. De noche veo menos que un gato de escayola. Por dios por dios. Me voy orientando al oeste, podría poner el Waze -insigne invento- pero prefiero darle una oportunidad y un cierto entrenamiento a mi sentido de la orientación. Mal hecho. Ese resplandor al que me dirijo bien podría ser el Monte del Destino, a juzgar por los despoblados que estoy atravesando, la Ciénaga de los muertos a la izquierda, la Puerta negra a la derecha… lo mismo acabo encontrándome a Gandalf y consigo salir de aquí. Pues no. Acabo en la misma rotonda de la que partí, y entonces, horrorizada al ver que estaba a punto de quedarme atrapada entre los que pretendían entrar y los que querían salir del puñetero centro comercial, pego un acelerón y tiro recto hacia Villanueva del Pardillo evitando a los que estaban del otro lado, haciendo cola para entrar en el Carralero. Si hay que atravesar Valdemorillo y Colmenarejo, se atraviesa, faltaría más. Como si tengo que cruzar el puñetero estado de Tejas al estilo Thelma y Louise. Lo que sea con tal de huir. Necesito poner kilómetros con esta locura. Seguro que así empezó Walking Dead.

La puñetera carretera está oscura y en obras. Al menos no llueve y además me he librado de los monstruosos atascos. Antes de llegar al gran estado de Tejas, consigo virar hacia Las Rozas y enfilar la carretera del Escorial. Cruzo por encima de la m-503, mejor dicho, por encima de los miles de lucecitas rojas que me indican que mis decisiones han sido acertadas, y que al menos conseguiré dormir en casa esta noche.

¿Crisis? Y un jamón. Venga, majos, salid del armario. Que a mí no me la dais con queso.

Lloriqueos de oficina

Me encantan las sobremesas domingueras en casa de los suegros porque es el único momento de la semana en el que tengo tiempo -si los pliegos lo permiten- de espanzurrarme en el sofá y tragarme los dominicales y la prensa del corazón en vena, lo cual pone mi cerebro en estado Goofy con encefalograma tendente a plano. Tras informarme durante un buen rato sobre lo que NO podré ponerme este invierno por falta de presupuesto en unos casos y por exceso de sentido común en otros, tropiezo con un reportaje a todo color sobre el precio de llorar en la oficina. Entro a ese trapo sin dudarlo y me lo leo con detenimiento e incredulidad.

No pienso entrar en profundidades pseudo-psicológicas, primero porque no estoy cualificada y segundo porque aburren que te pasas. Ya sabéis que soy más bien práctica. El citado artículo de dos lacrimógenas paginas versaba, y para mi gran asombro justificándolo en cierta medida, y elucubrando sobre lo deshumanizado que es el mundo laboral, sobre la penosa circunstancia de derramar lágrimas en la oficina de forma involuntaria. Lo que me hizo llorar, pero de risa- fueron las estrategias para evitarlas o -en el peor de los casos- arreglar el estropicio. Prescindo de vincular este blog a tan infortunado escrito, que sigue colgado en la internés de las cosas para que la gente se siga confundiendo y aplicando sus consejos, y procedo a destriparlo adecuadamente.

Amo a vé. A la ofi se viene a currar. Y además se viene llorao. No sé, yo jamás he visto a un compañero o compañera derramar lágrimas en una sesión de account management, o en una apertura de plicas, o en una negociación de proyecto con un cliente, y mira que el tema lo justificaría sobradamente. Sí es cierto que en algún momento oyes a alguna llorando en el baño, quizá acompañada de alguna colega compasiva. Pero en el baño, jolín, no en la sala de reuniones o en el despacho del jefe.

Permitidme que traslade estas lamentables circunstancias al sector público, que es mi favorito, y veamos un caso práctico resuelto conforme el artículo nos aconseja.

Imaginad la escena, lectura pública de puntuación técnica en un ministerio cualquiera, te cascan una puntuación lamentable, con o sin razón, que te sitúa fuera de la carrera de ratas en que consiste cualquier licitación. Inmediatamente, te tapas la cara como un crío de cuatro años y comienzas a gimotear y lloriquear desconsoladamente como si te hubieran quitado todas las chuches de golpe. Ostras.

Veamos uno por uno los consejos del mencionado artículo para recuperar el control de uno mismo:

Consejo Uno: Trata de recordar algo agradable. Um… Es complicado seguir apuntando puntuaciones técnicas o seguir una presentación de presupuestos mientras piensas en las mariscadas del verano. Yo no puedo, me quedaría con pinta de oveja Dolly, y para los que no la conozcáis, ésta es Dolly:

ImagenConsejo Dos: Trata de contener las lágrimas fijando la atención en algún objeto de la sala. La leche. O sea, que con los ojos inyectados en sangre y con la cara de santa maría magdalena de todas las lágrimas, te pones a mirar el retrato de don juan carlos, la cara de la gachí de contratación o el carrito de los sobres. Dios. Que miedo. Yo veo a alguien en ese trance y os juro que salgo disimuladamente de la sala no vaya a ser que la llorosa criatura grite un alaaaakbar y se autoinmole junto con el resto de licitadores.

Consejo Tres: Si las lágrimas van a asomar, respira hondo para que al menos puedas hablar. No, jolín. Si ves que te vas a convertir en una fuente de lamentos y congojos, sal por piernas al grito de ¡¡dios mi lentilla me está mordiendo!! O algo. Lo que sea. Pero huye. Sal pitando al baño, que los servicios ministeriales están de lo más apañados y tienen de todo incluso kleenex.

Consejo Cuatro: No te disculpes ni te califiques de “tonta”. No, claro. Ni falta que hace.

Consejo Cinco: Trata de explicar sosegadamente los motivos de tu llanto. Cosa que a todo quisque le importa exactamente un pijo. En el mejor de los casos te darán un kleenex y te dirán que te vayas al baño a limpiarte los ojos o cualquier otra parte de tu cara que esté húmeda. El consejo Cinco tiene una derivada bastante divertida, que consiste en que trates de no abandonar la reunión. Y ahí estás, gimiendo como alma en pena y sonándote ruidosamente mientras el resto de los asistentes te observa con incredulidad y revisa la sala en busca de la cámara oculta. Hombre, no. Si te conviertes en un espíritu aullante, al menos ten la decencia de no abochornar a la gente con tu desbordamiento emocional. Retírate a tus aposentos, y además de inmediato. Dependiendo de la situación y de la gravedad y hondura de tus quejidos y lamentos, puedes volver y decir que te has acordado de un gatito muerto que has visto esta mañana o que te ha entrado un guasap informándote del fallecimiento de tu abuela o un sms anunciando un inminente e inevitable embargo de la AEAT. También vale -si eres un tío- decir que te acabas de enterar de que tu equipo del alma ha sufrido un percance aeronáutico sin supervivientes.

Consejo Seis: Si no te serenas, vete a casa. Hombre. Pues depende, si estás acabando una oferta y lloras desesperada porque el word se ha cerrado y has perdido de golpe cinco horas de trabajo, no puedes irte a ningún sitio, excepto a la farmacia a robar anfetaminas a granel para producir como en tu vida. Y no, no se llora. Se coge el portátil y se estrella contra la mampara más cercana, se le golpea contra la impresora o bien se maquina detalladamente un atentado contra la Sede Central de Mocosoft. Eso SÍ que relaja. Además, seguro que la oferta era una castaña, el destino te ha hecho un favor. Reduce las páginas a la décima parte, que el de compras te lo agradecerá.

Y por último, el séptimo consejo: Analiza el incidente. Y además, escríbelo. Este es el único que me parece de lo más terapéutico, porque si lo escribes, te darás cuenta de lo absurdo de la situación, de que nada que te pase en el trabajo merece ni la mas mínima de tus lágrimas, y que montar pollos en el trabajo, del tipo que sean, está feo y no se hace.

Y además, si a eso vamos, ¿qué diferencia hay entre berrear como un alma en pena y montar en cólera, en babieca y en rocinante y montarle el pollo padre a un compañero de trabajo? Pues es lo mismo, es una pérdida de papeles y de control emocional, que casi siempre deriva en una petición de excusas hacia el ofendido, sea por nuestros insultos o por las salpicaduras de nuestros líquidos corporales incontrolados.

Resumiendo, el único caso que justifica echar el moco en la oficina es por algo que NO esté relacionado con el trabajo:

– Muerte súbita de familiares queridos (no valen parientes lejanos), amigos y mascotas.

– Multa sorpresiva de tráfico con más de 4 puntos y 200 euros. Las de parquímetro no valen.

– Embargo inminente e inevitable de hacienda.

(y no nos olvidemos de una variante específica para ellos, que por supuesto también es aplicable a ellas, que de todo hay en la viña del señor):

– Pérdida de partido del equipo de fútbol, que justifica además llanto y gimoteo colectivo.

Y no, no incluyo el despido, como veréis. porque si te despiden, va a dar igual lo que llores y encima quedas fatal. Para esa ocasión, uno se marcha al baño, y además se pega el lujazo de no volver en un ratico largo. Agarrar el iphone del jefe y arrojarlo al inodoro es opcional y puede acarrear algún que otro disgusto, pero … ¿y lo bien que se queda uno?

Poker administrativo

Cómo jugar al poker administrativo.

Ingredientes:

Una licitación de importe mínimo de 1 millón de euros (recomendable un 2+2 para darle más emoción a la cosa).

Cinco jugadores de nivel equivalente al rango Platinum en Call of Duty modo zombie.

Un primo.

Un croupier (también vale una mesa de contratación, con tal de que reparta)

Un sobre grande y gordo (y si es una caja serigrafiada y con logotipos mucho mejor).

Forma de jugar:

Me encantan las licitaciones veraniegas. Tienen sus pegas, como que los firmantes que firman las locuras que últimamente se presentan en este sufrido sector público están de vacaciones. Conseguir una firma para presentar lo que sea se convierte en una gymkana. Además, existe poco quorum, el público está a otras cosas más interesantes, como la cerveza en el chiringuito playero o en la terraza de ciudad, y los pocos que quedamos en la capital, examinamos ansiosos el BOE para no aburrirnos demasiado mientras nuestros queridos clientes se relajan en sus merecidas vacaciones.

Y hete aquí que de pronto, zas. ¡Una licitación más bien inesperada! Caramba caramba. Y es bien gorda. Jolín. Unexpected Business. Pero examinado el negocio -mejor dicho la falta de él-, y tras involucrar incluso a un Utero, que demostró que pese a ser más bien novato en ésto, sabía hacer números, llegamos a la conclusión de que era bastante imposible presentar nada decente. Y le dimos más vueltas que un perro pa echarse, pero no. Niet. Esto no sale ni cortando las garricas a las gallináceas y haciendo una lobotomía a los gallos. Ni poniendo a la Rana Gustavo vestida de Little Chicken de amo del corral. Ni poniendo pimpollos nivel mamá ganso y que sea lo que Dios quiera.

Así que, tras renunciar a un quick win, por eso de matar el rato, me acerco a la apertura de plicas, donde coincido con los cinco fantásticos de rigor, mis queridos competidores, holaaaaa buenos días buenos díaaaas. Que aquí estamos todos a ver qué pasa. Once again.

Naturalmente, en ese momento es importante poner cara de póker, ya que estoy ahí simplemente por curiosidad malsana e impenitente. Nos saludamos todos como diciendo “aaahhh que a tí te han salido los números??? no joxxs….!!!”

La amable señorita de contratación viene a recogernos y nos conduce a la sala de reuniones donde se va a producir el magno acontecimiento. Nos sentamos los cinco susodichos, en silencio, y esperamos a que comience el ritual de la apertura de sobre técnico.

Saco mi boli de la suerte y mi cuaderno, lista para apuntar las puntuaciones técnicas, rauda cual centella, al igual que mis colegas licitadores. Comienza la partida. Todos tenemos listas las armas y aguardamos con inigualable concentración los próximos acontecimientos.

Entonces, el croupier, es decir la mesa de licitación, comienza a repartir cartas. Yo las mías las tengo claras, por no tener no tengo ni una mísera pareja, obviamente. En realidad, por no tener no tengo ni una sola carta. Me callo cual geisha. Miro disimuladamente a los demás, que ponen cara de poker subastado, y nadie mueve un músculo.

Entonces, renqueando, llega un carrito, tipo camarera, donde se depositan las -habitualmente- voluminosas ofertas técnicas que presentamos con la esperanza de que sean el best seller del momento.

Un bedel, que se toma su tiempo, lo va empujando lentamente; un carro cuyas ruedas suenan ñiiic ñiiic, mientras avanza con su valioso contenido hacia la presidenta de la mesa.

Y entonces, sólo entonces, el SOBRE, porque sólo hay uno, es depositado enfrente de los ojos de la sufrida funcionaria, hecho del que procede a informarnos, diciendo, con tono de voz de croupier de casino, impertérrita ante el escasísimo éxito de su convocatoria, que sólo tenemos un licitador que ha presentado oferta.

Sí, por supuesto, lo habéis adivinado. ESE es el Primo. Herpes Pavícola, precisamente, en UTE con EasyHen, que han debido firmar la muerte de Manolete para presentarse a esta cosa que no salía ni en broma.

Los cinco jugadores -ninguno de los cuales hemos presentado oferta- comenzamos a mirarnos de reojo tratando de aguantar la risa. Estamos a punto de irnos a tomarnos unas cañas juntos para felicitarnos porque -efectivamente- confirmamos que este pliego estaba tan fuera de órbita, que no ha quedado desierto porque siempre hay algún PRIMO.

Ya sabes: En las licitaciones, como en el póker, si no sabes quién es el primo… ¡¡es que eres tú!!

Aventuras gatunas

Un domingo cualquiera, sin muchas mas cosas que hacer que ir a la piscina a disfrutar de los últimos días de agosto, e ir a buscar algunas viandas al Supercor, aparece mi hijo por la puerta con nuestro perro y, con el alborozo propio de los 12 años me espeta: “¡Mamá mamáaa! ¡He encontrado al gatito perdido!” 

Mientras consigo que me explique eso del gatito perdido, miro de reojo al perro. Por cómo se relame, debe ser cierto, con esa mirada perruna que parece decir “déjameee, tontaaa, déjame a mí, que yo le quito las penas al bicho ese y un problema menos”. Según me informa mi hijo, en la piscina de la urbanización se exponen varios carteles conmovedores de unos vecinos que describen angustiados la pérdida de dos preciosos gatitos, uno negro y otro gris y blanco, así como su tremenda ansiedad por recuperarlos.

Y por tanto, y bajo la insufrible presión de la mirada suplicante de mis hijos, me encamino al arbusto que tenemos a 10 pasos de casa y miro debajo. 

Efectivamente. Escondido bajo una azalea, tenemos un minino que cumple con todos los requerimientos técnicos de “gatito perdido”. Y por añadidura, adorable. Pelaje negro limpísimo, ojos verdes gatunos, tamaño y aspecto físico muy adecuado, apariencia saludable, incluyendo un collar antiparasitario cuyo olor se detectaba desde la puerta de casa.

Bien, tenemos un ejemplar clásico de “gato doméstico perdido”, que además acude a mi torpe llamada “bssbssbssbss” y se acurruca en mis brazos. Somos familia perruna, y no tenemos gran experiencia en rescatar gatitos, mucho menos en cómo se hace para cogerlos sin que te arañen de arriba abajo. Pero este ejemplar, con sus manitas suaves de pisar parquet no hace ni el ademán de sacar las uñas. Parece asustado y desubicado, mira hacia un lado y otro, y decido cargar con su cuerpo serrano hacia la piscina para consultar el cartel, llamar a sus desesperados propietarios y comunicarles que -al menos- uno de sus adorables mininos ha sido rescatado con vida.

Tras consultar el cartel, verificar los datos del anuncio y depositar el animalito en brazos de mi hijo, llamo al móvil. Nada. Comienzan a entrar vecinos en el edificio de los vestuarios de la piscina. Tengo la misma pinta que Annie la huérfana con su perrito en brazos, con la misma cara de paisaje que el gato, y todo lo más, me miran con curiosidad.

Vale. En casa tenemos un ejemplar de braco alemán de 10 años que, siendo generosos, se pondría a gritar como una energúmena persiguiendo al pobre gato por toda la casa. Dejemos aparte la posible destrucción mobiliaria. En el caso mas extremo, pronostico holocausto gatuno con un final más bien sangriento y trauma para mis hijos para el resto de sus vidas.

Opto por subir a mis dos hijos y al gato al coche, excelente sistema de contención para gatos, perros y niños, y bajar todos a la garita de los conserjes a ver si encuentro ayuda. Y no, no la encuentro. Sólo un número de móvil en el cual me comentan que les parece fenomenal que haya encontrado al gatito perdido, pero que dado que no son la protectora de animales, que me busque la vida.

Así que, visto que los dueños del animalito no me devuelven mis sucesivas llamadas,  enfilo la carretera camino al veterinario, para que al menos le pasemos el escáner al chip, quién sabe, quizá ellos tengan algún otro teléfono o alguna manera de comunicarse con los titulares de la criaturita.

Y en ese momento, consigo que descuelguen el teléfono. Hola buenos días, buenos días, que he encontrado a uno de sus gatitos. Tras 30 segundos de conversación con un ser de sexo indefinido cuyo nivel de interlocución era semejante al del gato, me pasan con una chica -le calculo 16- que me comenta que ella está en otro pueblo a 20 kilómetros del mío y que los dueños del gato irán a mi urbanización por la tarde. Tras comentarle el riesgo extremo de conservar el animalito en mi poder hasta ese momento, a la vista de la nula capacidad de gestión de la adolescente, que mostraba un encefalograma tan plano como el de Goofy, y dado que mis hijos estaban escuchando la conversación por el manos libres, y me miran con la misma mirada que el gato de Shreck, decido acudir al citado pueblo a entregar el gato y quitarme de enmedio.

Tengo que bajar al super, hacer algo de compra y preparar la comida, pero bueno. Renuncio a la piscina de hoy. Los bichos siempre han sido mi perdición y no soy capaz de abandonar al animalito en la naturaleza salvaje de la sierra madrileña. Me explico. Vivimos en una urbanización donde las picarazas se pelean con los gatos monteses, las urracas comen gorriones, y solamente huyen cuando las espantan los jabalíes. Eso contando con que nadie exilie al gato a la dehesa de las vacas, en cuyo caso va bien jodido. El mundo es cruel, y la naturaleza una hija de malamadre. Pero aún así, no puedo dejar un gato doméstico y manifiestamente incapaz de cazar un pajarito caído del nido, al alcance de las picarazas.

Y ahí estoy, en el punto de encuentro acordado, cuando llega la chati del teléfono con su cani reglamentario y pelopincho made in Georgi, la cual, tras echar una ojeada al minino, me informa de que este gato no es el suyo.

Ostras. Miro a mis hijos. Miro al minino, que me observa con sus ojazos verdes abiertos de par en par, y por los cuales, se supone, visualiza el inframundo.

Nos hemos convertido en secuestradores de gatos. Tengo en mi poder, de forma totalmente indebida, un gato que no es mío, y es más, muy posiblemente sea propiedad de alguna viejecita que estará buscándolo desesperadamente y que ignora que tres vecinos descerebrados -dos de ellos menores de edad- se lo están llevando de tournee por toda la sierra.

Me quito de encima a la teen-pareja y enfilo hacia mi veterinario de confianza, dispuesta a ver de quién narices es el puñetero gato que me está jorobando la mañana del domingo, pero bien, y que ya de paso, me ha convertido en delincuente.

Mientras tanto, mis hijos ya le están poniendo nombre y peleándose por quién será el primero en dormir con el gato. Vais listos, majos. Lo que me faltaba.  No podemos adoptar un gato, por muy adorable que sea. No por nada, si el bicho es muy majo, es por su seguridad física y personal.

El bicho se ha dormido en los brazos de mi hijo. Se estira a lo largo y comienza a coger confianza y poner su cabeza en mi pierna. Mi hijo se queja de que le ha enganchado las uñas en los “huichis”. Pues no te pongas en la postura del loto en el asiento, majete, resguarda las joyas de la corona cuando lleves un gato en brazos, que si no te veo explicando en un futuro a tu novia porqué tienes marcada la Z del zorro en los cataplines.

Como me pille la guardia civil, con dos niños, un gato indocumentado, y situado en una zona del automóvil completamente inadecuada para transportar un gato, y más si es un gato secuestrado, me van a quitar los puntos uno detrás de otro.

Llegamos al veterinario -estos chicos de Veterinarea son fantásticos, domingo de agosto y ahí están al pie del cañón, de guardia como debe ser- y pido que le pasen el escáner de chip al minino. Dada la abrumadora mayoría de población perruna, el gato entra en barrena psicótica y me clava las uñas en mi estupendo vestido de Flamenco, la madre que lo parió, gracias a dios que lleva lycra, y trata de subirse más allá de mi coronilla. Consigo contener al bicho sin sufrir demasiadas lesiones, pero el pobre está de los nervios. 

El veterinario consigue dar con la propietaria del animal. Sin embargo, la conversación va tomando matices insospechados, que escucho mientras, con un ojo intento vigilar que mi hija no se infle a chuches -le informo que son chuches para perros- y que mi hijo no destruya el recogedor de cacas automático que tienen en la tienda de mascotas y que le ha parecido fascinante. 

“Que sí, que el chip de este gato está a tu nombre. Sí, al tuyo. Cómo que el gato está en tu casa? Ah, que tienes ahí a tus dos gatos? Pues perdona, no puede ser, que aquí hay uno con chip y es tuyo. Ah. Que se escapó de casa? Ya… ah. Que igual bajaste del árbol al gato equivocado? Comprendo. Si, claro, negro negro. De arriba a abajo, sin una sola mancha blanca y con los ojos muy verdes. Ya… Sí, aquí tengo a una cliente con tu gato, que dice te espera.

Entonces el veterinario, tratando de no ahogarse de risa, me informa.

Que resulta que el gato es propiedad de una de mis vecinas y también paciente de la clínica.

Que según comenta la chica, hace un par de días, se le perdió, pero que lo encontró subido a un árbol, consiguió que bajara y se lo llevó a casa, y ahí sigue.

Que según todos los indicios, parece que el okupa se instaló cómodamente en su nuevo hogar, usurpando la identidad y residencia del verdadero gato doméstico que ahora se veía obligado a vivir bajo la azalea.

Y que sí, que ya venía corriendo a llevarse a su minino -ya bautizado como Micifuz por mis hijos- y dejarnos libres para partir a realizar nuestras gestiones dominicales como cualquier hijo de vecino, y nunca mejor dicho.

Y cuando ya enfilábamos hacia el Supercor, llenos de pelos de gato, pero al fin libres de la compañia gatuna, mi hija insistía: Pero mamá, ¿podremos verle alguna vez? Ya te digo, verle todo lo que quieras, pero a mí no me traigáis más gatitos perdidos, majos, que a estas alturas de la vida, confirmamos que no todo el monte es orégano, pero está claro que todos los gatos son pardos.

Candyman, funciones infantiles y el mito de Bourne

A dios pongo por testigo que no existe peor combinación que una profesora de danza deficiente mental y una madre ex-consultora, aguerrida profesional de los sistemas de información.

Comparto con vosotros la carta abierta que jamás le enviaré, no vaya a ser no sólo que suspenda a mi hija sino que le rompa las dos piernas para que nunca pueda convertirse en la versión hispánica de la Pavlova.

Queridísima xxxxxx (omito el nombre porque tampoco os lo ibais a creer y perdería toda mi credibilidad como blogger)

Me ha llamado poderosamente la atención el hecho de que para la función de danza de final de curso hayas escogido nada menos que CINCO bonitos bailes. No uno, ni dos, ni tres, que ya hubieran sido la pera, es que has tenido el cuajo de montar cinco bailes, cada uno de su padre y de su madre y de escasos 4 minutos de duración cada uno. Aunque en tu circular no lo mencionas, sospecho que no dan para más, principalmente porque entre uno y otro vas a tener que vestir a 30 niñas de segundo de primaria que obviamente no van a tener la soltura necesaria para cambiarse ellas solitas por mucho que nos hayas indicado que cada vestimenta vaya en una bolsa aparte rotulada con el nombre de la criança. Dado que la “muestra” como has llamado a la función escolar de fin de curso de toda la vida de dios, dura aproximadamente una hora, estoy por esconderme con una cámara con enganche directo a facebook para ver al hada madrina que sin duda tienes escondida entre las mamellas y que te auxiliará en semejante cometido. Prime time mundial asegurado.

Respetuosamente, una madre ex-consultora y hastiada de la vida.

Vayamos por partes, que me he anticipado a la historia. Y perdón a los lectores por mi dinosauriez y absoluta ignorancia sobre modas bailongas pre adolescentes. Yo pensaba que había apuntado a mi hija a “danza”, entendiendo como tal una mezcla de ballet clásico y moderno, y ya veo que ni de blas, error que pienso corregir el año que viene porque mi criatura camina como una camionera de pro que ha heredado sus andares de un encofrador cruzado con un usuario habitual de los andamios (con el debido respeto y profunda admiración a ambos gremios)

Baile uno: tik tok

http://www.youtube.com/watch?v=UDsI8kMYq7o&feature=related

Vestimenta:

Ropa de colores (camisetas  brillantes, pantalones cortos, complementos cómodos para bailar, zapatillas tipo converse), etc

Bueno, hasta ahí nada del otro mundo ni que no se resuelva con un ligero vistazo y revolcón al armario. Converse no tiene, pero tiene unas playeras con lucecitas que se activan al andar que irán al pelo para esta cosa cursi-cutre-macarril que me van a bailar en vez del demi-plie y el relevé que yo me esperaba.

Pero esperen, no se vayan todavía que aún hay más.

Baile 2: Candyman

Camiseta blanca, chaleco negro, pantalón cortito negro y zapatillas blancas o negras. Importante gorro negro.

¿Gorro? ¿De qué tipo? sombrero tipo bombín, boina calada al estilo sabina, sombrero de copa, gorro con pompón en la punta, gorro de hobbit… A mi por candyman sólo me viene este pájaro de bastante mal agüero y que da más bien susto.

Pero debe ser que una vez más mi ignorancia musical juega en mi contra, porque localizo en youtube un vídeo de christina aguilera que -supongo- será lo que bailen las criaturicas y no un degollamiento en grupo que es lo que sugiere el tío del garfio. Pero me parece rarísimo porque aguilera y sus secuaces van de marinerito y esto del chaleco negro y el gorro cuadra más con la Liza Minelli de Cabaret que con la rubísima cantante.

http://www.youtube.com/watch?v=-ScjucUV8v0

En cuanto al gorro, me acerco al chino de turno y pesco un sombrero de copa negro con purpurina que ha hecho las delicias de la cursi de mi hija. Se le cae la purpurina, como buen sombrero procedente de un chino, así que trato de remediarlo con laca con relativo éxito.

Me comienza a llamar la atención la falta de sinergia entre ambos bailes, cosa que ineludiblemente va a obligar a las mamás del colegio a elaborar dos conjuntos totalmente diferentes e incompatibles de vestimentas variadas.

Y que digo yo que hasta aquí hubiera sido más que suficiente para una “muestra” de las evoluciones de nuestras futuras artistas en el escenario.

Pues no. No debe ser suficiente.

Porque a continuación leo con incredulidad “Grease”.

Es lo que tiene, la frustración de no haber podido ser Olivia Newton-John. Ay, esta obra maestra ha causado estragos ¿Vestimenta? Tipo “la peli”, pone. Jejeje, a ver qué hace una madre menor de 30, se va a tener que visionar la cinta enterita, eso si es que la encuentra en el mediamarkt. Mwwhahahaha… Vaya, una hebra de esperanza: Sólo las niñas que se la sepan. Pregunto esperanzada a mi hija si se sabe Grease. De cabo a rabo, mami, me responde. Esperanzas frustradas, móntale un conjuntico Grease sin demasiadas alharacas y que además sea modular,  a menos que esté dispuesta a prepararle a mi hija el baúl de la piquer con personal assistant plegable, en cuyo caso vamos pero que muy remal.

Y me creía que había terminado la historia.

NO. Sé que no lo vais a creer. Pero sí. Esto continúa.

Porque ¡de qué otra cosa se podrían vestir niñas de 7 años! Pues de piratas del caribe, hombreeeee… que preguntas tienes! ¡Naturalmente! A estas alturas, se me han salido los ojos de las órbitas y los tengo montados al aire como las cigalas.

Aquí tengo por primera vez la suerte de cara, porque su hermano tiene el disfraz de jack sparrow, que además le encaja a la perfección a la criatura porque es de hace 3 años. En vez de los pantalones de fieltro polar, que se me podría cocinar la niña, unos leggins grises y san serenín del monte. De zapatos, las zapatillas negras del Candyman, reaprovechemos y reciclemos que me veo sacando la samsonite del sótano.

Mientras me estoy acordando de la madre de la profesora, sigo leyendo. Y no, no doy crédito. Otro baile más, en esta ocasión denominado “percusión”, y para el cual tienen que llevar un vestuario totalmente diferente a los de los bailes anteriores, consistente en vaqueros camisetas blanca o roja y accesorios variados, pero “que vayan monas”.

TOCAME LOS XXXXXXXX (perdonad, pero es que esto supera a la ficción)

Todo este avío, ajuar y vestimenta, prepárese un lunes a la salida del curro, pillando el pantalón negro en decathlon (y encima dando gracias a haberlo encontrado, porque en las tiendas de la vaguada ni de coña y me he pateado desde hm hasta el alcampo), el chaleco negro extraído de mi armario (y que no veré más), el disfraz de pirata robado a mi hijo (ha puesto el grito en el cielo cuando además ha tenido que donar una de sus espadas corsarias para el atrezzo), y montando todo el asunto en bolsas individuales con el nombre de la niña grapado en la bolsa (así como instrucciones para la vestimenta, porque me niego a enviar 5 conjuntos completos de baile con sus zapatos -o botas corsarias, que sugería la criaturica- con espadas, pelucas, y si me apuras, el tupé de danny zukko o los aretes criollos que la insensata amiga de Sandy le cuelga de las orejas tras manchar de sangre el baño de su madre).

Y por supuesto, NO tengo la menor esperanza de que ninguna de estas prendas retorne a mi hogar, porque si tengo que esperar que mi hija vuelva a depositar sus pertenencias en la bolsa -amarilla y grande por más señas- voy francamente lista.

Y cuando ya estoy acabando, viene la criaturica y me dice “mamá, me tienes que enseñar a dividir”.

He tenido que ir a la nevera a por una cerveza. Y yo que quería ponerme en plan operación bikini, a este paso acabo alcoholizada antes de que les den las notas de fin de curso.

Gestionando la barca

Que conste que durante los sucesos que voy a describir a continuación, no hacía más que sonarme en los oídos la cancioncilla de “Ay quien maneja mi barca”, que vete tú a saber qué clase de conexiones -o desconexiones- neuronales debo tener después de 8 años en consultoría.  Dicen los entendidos que es el máximo que un humano normal aguanta en el sector, claro que entonces que alguien me explique porqué no estamos acogidos al régimen especial de los trabajadores del Mar, que sigo sin ver porqué es más peligroso pescar bonitos en plena tempestad fuerza 7 que asistir a las aperturas de plicas en ciertos organismos.

Pero lo de la cancioncilla tiene su sentido, señores, porque esto de las aperturas de plicas comienza a parecerse cada vez más a Eurovisión. Lo aconsejable es ir para enterarse, cotillear o puramente, por interés científico. Lo malo es cuando vas porque participas en el sarao, en cuyo caso será mejor que te tomes una tortilla de lexatin en el desayuno, que el corazón ya no está para muchas bromas.

¿Y en qué se parecen? se preguntarán ustedes

Bueno. En que sólo puede ganar uno, y el resto se queda poniendo cara de póker. Además, las canciones suelen ser más bien chungas, y casi siempre tenemos identificado un ganador, y si no, a ver porqué ganan casi siempre Irlanda, Francia y Reino Unido. Por si fuera poco, las cosas se ponen muy complicadas si te toca cantar en ultimo o penúltimo lugar, porque inevitablemente, te roes las uñas durante la votación.

¿En qué se diferencian? En que aquí, el público no jalea y vitorea, sino que tiene la misma vitalidad que una colección de tiestos de geranios y sólo pían si se les pregunta.

El lunes tuvimos apertura de sobre económico y lectura de puntuación técnica para la muchedumbre de proveedores que -una vez más- habían decidido presentarse al concurso de turno a ver si había suerte. Ya sabéis: organismo grande y lleno de funcionarios, licitación millonaria por concurso abierto y mucha jambre en los mercados. Combinación explosiva, se masca la tragedia, se anticipa la tempestad.

Digamos de paso que el cliente se había dedicado a animar a presentar oferta a las empresas de cierta solvencia y pulmón financiero, y que por tanto pudieran soportar sus exigencias técnicas y acomodarse a sus plazos de pago. Por tanto, teníamos llenazo en el peaso salón donde reinaba la mesa más grande que he visto en toda mi vida, la del anuncio del Pronto y el paño se hubiera quedado boquiabierta ante semejante espécimen. La sala de juntas que protagoniza nuestra historia, era como el triple de gigantesca de la que os pongo en la imagen, y podría nadar por allí Remedios Amaya, la barca y un petrolero del mar del norte. Si no estábamos allí 40 cómodamente retrepados en los super-sillones, no estábamos ninguno. Yo creo que debe formar parte del Patrimonio Nacional.

Así que allí estábamos sentados en la monstruosidad, esperando pacientemente a que comenzara el cántico de las puntuaciones técnicas, que ríase usted de la complejidad de los marcadores de los juegos olímpicos. En esta ocasión, eran grácilmente recitadas por una funcionaria ante cuyo mérito hay que descubrirse, porque se pasó hora y media cantando los resultados con ritmo y sin desfallecer. Casi esperábamos oir “ciento cincuenta miiil eeeurooos” (esta mujer desciende de niños de sanildefonso FIJO)

Y afortunadamente, nos habían facilitado unas hojitas con la relación completa de las empresas participantes en el sarao (virgen santa, otra vez me toca la penúltima, por Dios señor, porqué a mí) y los huequitos para ir apuntando las siguientes cifras:

– Puntuación técnica A, B y C.

– Oferta económica total por lote, sin iva, con iva y arremezclá.

– Oferta económica por categoría y lote, sin iva y con iva y al tresbolillo.

Trece empresas participaban en el asunto, cada una de ellas licitando por uno o varios de los 6 lotes, hagan ustedes las cifras que yo soy de letras y paso de andar haciendo los cálculos porque me mareo.

Pero que íbamos a estar entretenidos eso seguro, y además así contribuíamos a la pensión de la amable señorita del parquímetro, que se iba a inflar a poner multas pero bien.

Así que comienza la cantinela, como decía, y van desgranando resultados. Guayominí, du pua, iunaited kindom, tu poins. Llega a hacerse tedioso, todos apuntando a toda pastilla, hasta que de pronto, llega el turno del nuevo en el lugar, una inesperada UTE denominada GallyNew y TwoFriends, que licitan nada menos que a TODOS los lotes. Con dos asteriscos, viva España.

Nos parece realmente asombroso, entre otras cosas, porque se trata de un pliego para reorganización de corrales, y estos de GallyNew se dedican al pienso y forrajería, y a los de Two Friends no los conoce ni Harry. Por la complejidad del corral en cuestión, y la falta de experiencia de estos paisanos, resulta de un cierto atrevimiento el haberse presentado a todos los lotes, principalmente porque ni los actuales adjudicatarios del invento se habían atrevido a hacerlo, a saber: Industria De Reabastecimientos  Agrícolas, Suministros AGroalimentarios ni tampoco la todopoderosa Ingenieros Evisceradores Corraleros Incorporados S.A.

Pero bueno, allí están, sentados -suponemos- entre todos nosotros, que el mismo derecho tienen a licitar que el más pintado. Co-Cot.

Como decía, la gentil funcionaria continúa recitando cifras, y de pronto, con un tono de voz como de “toma bofetón niño malo” anuncia que la newborn UTE GallyNew y TwoFriends ha obtenido CERO puntos en el apartado técnico en todos y cada uno de los lotes presentados.

Vamos, un rosco, un cero pelotero, un cate, un coscorrón, un revolcón, una calabaza gigante, una Ruperta; lo mismo que si estos pobres hubieran metido en los sobres técnicos el dibujo de un mango madurico perpetrado por mi hija pequeña  con la ayuda de las clásicas ceras Manley.

Válgame, que papelón. Y entonces nos comienza a entrar el canguelo a los demás, porque no son los únicos, y comienzan a caer más puntuaciones bajas. Como siempre, la cosa no va de ganar o perder, que es lo de menos, sino de quedar en una posición medianamente decente en la tabla de participantes y que nuestros jefes no nos psicoanalicen con el sacudealfombras que tienen escondido para golpear a los consultores que se atreven a suspender sus ofertas técnicas. Anda, que si tuvieran esos métodos en RTVE, otro gallo nos hubiera cantado en Eurovisión.

Comienza a descubrirse la estrategia del cliente: está penalizando en la puntuación técnica a los que pueden ir a precios mucho más bajos que el resto, poniéndoles un rosco melonero para evitar que su oferta económica pueda ser puntuada, con lo cual, a la vista de la colección de suspensos que se están produciendo, la shortlist será más bien short.

Nos toca. Tengo a mi lado a mi super-consultor-de la muerte total-, coautor de la oferta técnica, más blanco que una lechuga y con cara de paisaje. Yo represento a Gallináceas Reunidas, y si me cascan una torta en la técnica, pues tampoco pasa ná porque para eso estamos, para recibir, pero mi colega es de SuperHen, nuestra orgullosa hermana mayor del grupo, todopoderosa y sabia, y un rosco equivaldría a una patada en las gónadas y en el orgullo tan enorme que mejor no me la imagino. De hecho, como soy zurda, dejo la mano derecha disimuladamente en la falda, presta y alerta para agarrar la manga del traje de mi compañero, no vaya a ser que le casquen un cero y salte por encima de la super-mesa, con la velocidad de un Cullen sediento de sangre y le muerda en el cuello al que tenemos enfrente, que sospecho es de la dirección de contratación.

Me pregunta bajito a qué precio hemos ido nosotros. No me acuerdo, pero tu tranquilo que ya nos lo dirán. Pero ¿tú te piensas que desde que hemos presentado esta historia he tenido ganas de revisarla? Esto se olvida según lo presentas, hombre. Me mira perplejo. Tranquilo, si lo van a cantar en voz alta y con soniquete, ¿qué mas te da saberlo media hora antes? ¿Para agobiarte todavía más? Ganas de sufrir, Jesús.

Nos dan una puntuación técnica bastante decente, pero muy baja en las prestaciones complementarias. La traducción del concepto es básicamente trabajos gratuitos, Nosotros íbamos sacando pecho con 40 gallifantes, pero comprendimos nuestra puntuación después de que un colega de EggsPlus me comentara que en su caso habían presentado prestaciones por valor de 200 gallifantes. Qué barbaridad. En cualquier caso, mi compañero consultor comienza a revolverse en la silla como si tuviera ganas de ir al baño y mi mano derecha sigue alerta y presta a agarrarle de los calcetines en caso de emergencia.

Cantados los puntos técnicos, comienza la emoción de la apertura del sobre económico, y por tanto, en vivo y en directo, se podrá saber quién ha ganado la licitación. La gente comienza a abrir los portátiles para poder ir rellenando las hojitas excel con presteza y poder conocer con exactitud el momento de tu derrota. Que prisas, tú.

Y entonces oh sorpresa, oh emoción, comienzan a cantar las ofertas económicas de los que han resultado suspendidos en oferta técnica. En teoría no deberían ni abrirse sus sobres, pero… bueno, aquí sí. Muchos alzamos el cuello como gallináceas y alguno se atreve a carraspear. Entonces, ¿las tendrán en cuenta para los rebuscados cálculos de “the winner is”? ¿y cómo? ¿Ganará el concurso en todos los lotes la ute GallyNew y TwoFriends aunque hayan metido en el sobre técnico el retrato de la Madre de Whistler por Mr. Bean?

Oh intriga, oh emoción.

De pronto, un sonoro PIIIIIIIII inunda la sala, la batería del portátil del comercial de Aguiluchos, Cernícalos y Cormoranes Venture se ha muerto y su sonrojado dueño procede a cerrarlo pidiendo disculpas, consiguiendo recordarnos  a todos que llevamos ahí metidos cerca de dos horas.

Y ya por fin, con el recuento de votos finalizado e identificados los flamantes campeones de PliegoVisión, nos vamos a compartir la amarga cocacola de la derrota con la semi-llorosa concursante por la humillada UTE GallyNew-TwoFriends, que nos confiesa que “tenía sus esperanzas”. Nadie dice nada, pero todos bajamos la testuz y picamos patatas fritas como buenas gallináceas que comprenden que pa qué le vamos a dar picotazos, si total… from lost to the river. Además, la animamos a recurrir la adjudicación, que eso de darle cero puntos en todos los lotes, queda feo y no se hace. Podrían haberle puesto un 2 en algo, caramba. Raza cruel, la del funcionariado.

Tras sesudas deliberaciones entre los derrotados, llegamos a la siguiente conclusión:

– El cliente quería participantes de nivel, para que en el peor de los casos -que no saliera su favorito- al menos quedasen gentes solventes y serias, y por tanto, nos dio alas y ánimos a todos los semi-decentes para que nos esmerásemos en el asunto. Ya me extrañaba a mí el alto grado de amabilidad, solicitud e información. Por interés te quiero Andrés.

– Para librarse de los inexpertos, kamikazes, locos y desesperados, decidió ponerles un ROSCO absolutamente letal a sus ofertas técnicas (y ya veremos si valoran las económicas, que el sentido común dice que no deberían)

– Para protegerse de posibles bajadas desesperadas por parte de nosotros los “buenos”, nos puso unas puntuaciones técnicas más bien mediocres.

– Y a sus favoritos, pues toma notable y sobresaliente en la oferta técnica, que para eso eres el que se conoce aquí el percal y quiero que repitas.

Buena jugada, compañeros, PERO una y no más santo Tomás, que a la próxima te pasará lo que a Pedro: que vendrá el lobo y se te zampará las gallinas, pero bien.

¡Luego no te quejes!