De resaca

Ay, las fiestas de cumpleaños a determinadas edades.

A las 5 nos hemos ensobrado hoy -menos mal que los enanos estaba ubicados en casa de los abuelos- y hemos abierto el ojo a las 12. Qué horror. Solo de pensar en que hubo una época en la que salía jueves, viernes, sábado y domingo, se me ponen los pelos como escarpias. Qué barbaridad. Hoy, recuperarme de una juerga me lleva dos días, y eso como mínimo. 

 

Me he arrastrado fuera del catre a meterme ibuprofeno en vena, comprobando -de paso- que la casa estaba gélida. He localizado un tronco, y tras valorar cuidadosamente si iba a ser capaz de sujetarlo con las manos, lo he metido en la chimenea, donde ha comenzado a arder con los rescoldos del día anterior.

Para comprobar si “cónyuge A” seguía vivo o no, nada como abrir la puerta de la cocina, dejar que el monstruo de cuatro patas salga a galope tendido, y se suba a la cama a manifestarle a su amo su alegría y regocijo. Un breve gemido me ha bastado para llegar a la conclusión de que había signos de vida en él.

El desayuno ha consistido en una tostada con la piara, un poco de longaniza y zumo de piña. Qué cosas raras hace el estómago resacoso. Ducha rápida. A comer a casa de mis suegros, dos calles más abajo. Eso sí, dado que el otoño de la sierra madrileña ha tenido a bien obsequiarme con una mañana espléndida y radiante he tenido que calzarme las gafas de sol hasta la tranca izquierda.

Una vez allí, una cervecita ha conseguido que al menos fuera capaz de decir “hola” e incluso de preparar los cafés después de comer sin romper nada. 

 

 

Pero claro, luego a casita, donde había que gestionar lavadoras, caldear un poco la casa, secar ropas, coser el babi de mi hija, que tenía el bajo suelto, preparar los menús de los peques [mierda, tengo en el fuego el caldo para la sopa y un cazo para cocer los huevos de codorniz y acabo de acordarme. El caldo estaba casi consumido, le he añadido más y he puesto los huevos en el cazo. Vuelvo al blog, cierro corchetes] recoger un poco la casa, que estaba hecha una pena, doblar ropas de la colada de ayer, entre ellos los calcetines oscuros de mi marido, cosa que detesto con toda mi alma porque no son todos del mismo modelo pero CASI, con lo cual o lo haces a la luz del día o los mezclas. Y no. Otra cosa no, pero hoy luz, mejor que no. Ahí se quedan. No tengo hoy los ojos como para agudezas.

Vuelvo de la cocina. Los huevos de codorniz -me encanta echarlos en la sopita- se están suicidando en masa. No sé. Igual es porque caducaban hoy. Debe ser que la cáscara ha adelgazado hasta convertirse en una cácara. Los voy a tirar. Coceré dos huevos de gallina que espero no se autodestruyan, y los echaré picaditos con un poco de jamón de york. Después de las palomitas que se han atizado de merienda, no tendrán mucha hambre para cenar.

 

sandiwich-con-huevos

 

[y fijaos qué maravilla acabo de encontrar al buscar una imagen de huevos de codorniz, espectacular. mañana compro más huevos!!]

Y nosotros lo mismo, una sopita y al sobre. El problema está en que hoy a las 11 no tendré ni pizca de sueño, ni a las 12 ni a la 1. Y mañana, a las 6,45 arriba, y estaré hecha unos zorros todo el puñetero día.

Así aprenderé a irme de farra. Por lista.

Ahora, voy a ver si rescato algún post de la mamá de “Nubita” y lo voy metiendo en algún histórico que me invente, sería una pena perderlos.

Que comencéis bien el lunes,

Silcas

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