La hospedería de Guts Muths

Con valentía poco usual y desoyendo los consejos de la AEMET, que presagiaban un fin de semana lleno de nieve, ventiscas, frío helador, hielo en las carreteras y todo tipo de tragedias romanas, allá que nos fuimos seis adultos, seis niños y dos perros. DOS CÁNIDOS. Sí señores. Nubita, alias el bebé de foca, y rebautizado -dadas las circunstancias- como el “indomable buey blanco”, venía con nosotros, a pasar su prueba de fuego, su primer fin de semana lejos de su hogar, en un hotel y compartiendo los mimos de los humanos con su comadre Wanda.

 

Santiago Millas

 

Así pues, “zorro 1”, “zorro 2” y “zorro 3”, se pusieron en marcha a eso de las 4,45, cada uno saliendo desde un punto diferente de Madrid y sus alrededores, para alcanzar las gélidas -y bellas- tierras leonesas, más concretamente el pueblo de Santiago Millas, donde se encuentra la Hospedería Guts Muths, lugar remoto, apartado del mundanal ruido y sin cobertura GPRS -doy fe- en el que habíamos reservado para pasar el fin de semana descansando, paseando, durmiendo y cebándonos con las maravillas gastronómicas del lugar, entre ellas el famoso cocido maragato.

Veníamos ya calentitos, intercambiando sms a cual más desconcertante y pasado de rosca, cuando por fin, a eso de las 8 alcanzamos destino, nos instalamos en nuestras respectivas habitaciones y descubrimos, con sumo placer que ¡estábamos solitos! Caramba caramba, toda una casa maragata para los mendas, así que acampamos (invadimos) a nuestras anchas, soltamos a los dos monstruos en el patio bajo las palmeras,  y nos dispusimos a cenar.

El comedor es bastante grande, y estábamos a nuestras anchas, nos tenían preparada sopa de cocido, una suculenta crema de puerros casera y un pollo guisado que devoramos sin dejar ni las plumas. Mari Paz nos había preparado incluso una tarta de queso buenísima. Un 10 a esa cocinera.

Luego, chimenea, y copita -y digo copita porque incluso me la dejé a medias, comencé a cabecear sobre las 12,30 y bajo los abucheos de “setaaaaa”, me retiré a mis aposentos, no sin antes tratar de convencer al perro de que me siguiera a la habitación y dejara de montar el pollo padre en el patio de la hospedería tratando de bajar los gatos de los árboles a base de ladridos lastimeros. Tuve que recurrir a la ayuda de cónyuge A para conseguir atrapar al puto perro, que no me hacía el menor caso mientras yo le perseguía bajo los copos de nieve, helándome las manos y resbalándome con las piedras. 

Al final, cagándome en la maldita idea de traer al puto can, perro y yo entramos en la habitación, calentita y amplia, donde ya estaban roncando a pierna suelta totalmente K.O. nuestros dos vástagos, y entonces pasó que el perro decidió hacer guardia pretoriana durante toda la noche, porque no dejé de oír en ningún momento las uñas de sus patitas golpeteando -clacclacclacclac- el suelo de barro. Sin embargo, a eso de las 7, y cuando el maldito cánido decidió que ya estaba bien de hacer guardia, mi hija de 4 años le cogió el relevo, comenzando a cantar muy bajito el “TunaMix” que llevamos en el coche “yo no me caso compadre queridoooo aunque me pongan en el pecho un pistolooon pistoloooon pistoloooon….”.

Tras recibir la correspondiente amonestación paterna, la criatura se volvió a dormir, y todo hubiera estado en una paz relativa de no ser porque el de 7 años decidió levantarse al baño y “tentar” al perro -que había salido de su colchoneta  estaba turnándose entre la cama de uno  otra- para jugar, así como tratar de despertar a su hermana, que estaba ya enganchando el segundo sueño.

Pues hala, visto lo visto, a desayunar. Y tras atizarnos huevos, fiambre, una miel y unas mermeladas extraordinarias y otras exquisiteces lugareñas, comenzamos nuestras actividades de fin de semana.

Así pues, visto que el día estaba despejado y el suelo totalmente blanco, decidimos dar un PASEOOOO!!!! Oh, Madrileños por el Mundo. Qué intrépidos. Ahí estábamos los catorce, perros incluidos, que ya comenzaban a tolerarse, triscando por los helados páramos de Santiago Millas, convenientemente pertrechados con nuestros gorros, guantes, bufandas, forros polares y mallas térmicas para llevar debajo de los pantalones. Y gracias a eso, porque madre de mi vida ¡¡QUE PUTO FRÍOOOO!!! Uno piensa en el Cid y sus huestes, cabalgando con sus heladas armaduras y arreos y NO SE CREE que tuvieran arrestos para sorber los mocos a la vez que sacaban las espadas de su funda y le arreaban al infiel en donde más les doliera. Bastante complicado resultaba sacar un kleenex para quitar mocos a las múltiples criaturas como para pensar en manejar armamento pesado.

Tras inmortalizar fotográficamente tan idílico momento -que dudo vuelva a repetirse a semejantes temperaturas-, volvimos hacia la hospedería para zamparnos EL COCIDO MARAGATO, nos pusimos absolutamente TIBIOS, críos incluidos por supuesto, pero es que los perros también recibieron su ración de sobras de cocido y gimoteaban de pura felicidad.

 

Cocido maragato

 

Perros devorando cocido

Perros devorando cocido

 

 

Luego vino un lamentable intento de siesta colectiva, que terminó derivando en una serie de actividades paralelas:

a) Tres impresentables tapados con mantas, delante de la chimenea durmiendo como bellacos, uno de los cuales terminó potando después de la cena, completamente incapaz de digerir la sopa de cocido -más- y los huevos fritos, tarea en la cual se empeñó pese a los nada despreciables avisos de su cuerpo de “tía, que aquí no cabe nada más”.

b) Otros dos viendo cómo los niños jugaban con Nuba a arrancarle de las fauces un trozo de reja de plástico. Naturalmente, mi sobrino Suco terminó con la cara hecha un poema por las heridas autoinfligidas.

 

 

Nuba y niños

Nuba y niños

 

 

c) Otro leyendo en el saloncito -al lado de la chimenea- y las dos niñas mayores en sus aposentos, jugando a sus cosas de niñas mayores, que para eso son niñas mayores.

De pronto, yo, que me encontraba en ese momento encuadrada en el grupo c), con cónyuge A roncando a mi vera, comienzo a oir a los dos perros rascando con insistencia perruna la puerta de madera y cristal que da entrada al saloncito. Nos levantamos como impulsados por un resorte -lo que nos faltaba, que los malditos canes destruyan la casa rural- y nos encontramos con los dos perros con el hocico y el lomo lleno de copos de nieve, los cuales con sus miradas perrunas nos imploraban que los sacáramos del puto infierno blanco en que se había convertido el patio; ¡¡joder, pero si estaba nevando a lo bestia!! Nada nada, esto hay que aprovecharlo, gorros, guantes y a triscar, los niños, a la voz de “chicos, que esta nevandooooo!!!!!”, aparecieron como malas bestias de varios e insospechados lugares y se pusieron a jugar con los perros en una campa al lado del patio, rebozándose y llenándose de nieve helada hasta los ijares.

 

 

Revolcándose en la nieve

Revolcándose en la nieve

 

 

Luego vino un paseíto por el pueblo, y por fin, a las 8,30, la cena. Y cenamos, sí señores, parece mentira pero entró una cena de huevos fritos con patatas, todos menos una que casi muere, pero potó a tiempo y -salvo por una intensa palidez- no sufrió mayores daños excepto un asco inmenso a cualquier cosa que empezara por la palabra “cocido”.

Pasamos luego al salón, a tomar una copilla frente a la chimenea, y degustar las “piruletas de la risa”, recién traídas de Amsterdam,  y que levantaron una gran expectación como novedad. Sin duda, a cáñamo sabían, o al menos me imagino que si chupas la suela de una alpargata, el efecto puede ser parecido, pero risa, lo que se dice risa, pues no más de la que se deriva del hecho de juntar a estos seis especímenes. 

 

Las piruletas de la risa

Las piruletas de la risa

 

Esa noche, al menos, dormimos. El perro estaba completamente DERROTADO, instalado en su colchoneta, hecho un burruño, y no se movió hasta que -en algún momento de la noche- decidió compartir la cama de mi hija, en la cual fijo que se estaba bastante más calentito que en el suelo.

No hubo cánticos regionales, ni tunas, ni na de ná. Todo el mundo DERRENGADO. Así que esta mañana hemos conseguido levantarnos, desayunar, salir por la puerta y visitar la catedral de Astorga, el Museo del Chocolate, y finalmente, acabamos por dispersar la tropa; unos dirección Madrid y otros dirección Castroverde de Campos, donde está el Mesón del Labrador en el cual por supuesto NO había mesa para nosotros por haber olvidado reservar con una cierta antelación.

Oh cielos, qué horror. Estamos a 30 kms de Benavente, qué hacemos?? Rápido cambio de planes, guía campsa en mano, próximo pueblo con pinta de tener algún restaurante, Pobladura del Valle. ¿Qué hay en Pobladura del Valle? Bodegas. Bodegas tipo “cueva” donde se puede comer algo. Pues hala, allá que nos vamos. A la Bodega La Gruta, donde deglutimos con hambre (dios mío, quién lo diría después del fin de semana de empacho) cecina, morcilla leonesa, ensalada y parrillada de carne.

Llegada a Madrid sobre las 5, desembarco de normandía, lavadoras, poner la chimenea, hacer algo de cena, preparar los bártulos para el día siguiente, etc etc etc.

Pos eso. Que lo hemos pasado muy bien. Eso sí, niños y perros están en el sobre completamente fritos, y nosotros a punto de meternos en el sobre a roncar como posesos, que mañana hay que currar.

Eso sí. Creo que antes de desmayarme en el sobre, me voy a dar un baño calentito porque aún tengo la punta de la nariz congelada. O eso o hago como el perro y me tumbo en la alfombra enfrente de la chimenea.

Feliz comienzo de semana

Silcas

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Una respuesta

  1. mmmm, cocido maragato, hace tiempo que no disfruto de uno. Anoto coordenadas de GutMutsHaus para posible escapada futura.
    Todavía recuerdo como si fuera ayer el cocido maragato que me calcé en Astorga, restaurante La Peseta, cuando pasé por ahí haciendo el camino de santiago. Que no todo han de ser penares en la vida del peregrino!

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