Terror en el Hipermercado – Capítulo I

De camino a la ofi, volviendo de comer, decido pasar un segundo por Lidl -es una hora muy rara y no habrá ni zeus- a por unos yogures, quesos y barrilitos de chocolate rellenos de licor, por eso de que como acompañamiento para el café están pero que muy bien.

A ver, todos sabemos que Lidl está en el primer peldaño de la escala evolutiva en cuanto a supermercados se refiere, barato barato, pero no pidas servicio que no te lo van a dar, y hasta hace bien poquito no se podía pagar con tarjeta. Pero eso es una cosa, y lo que voy a contar, otra muy distinta.

Llego a la línea de cajas. Escojo -mal, por supuesto, como siempre- una caja donde únicamente hay una señora -mal peinada, fea, con visón y zapatillas rotas, primera mala señal- y un niño de unos 7 añitos. Paso un minuto dudando si ponerme en esa cola, la colega del visón (es la primera vez que veo a una señora con visón comprando en lidl)  ha hecho la compra para el jodido ejército chino, incluyendo pollos de chernobyl, whisky “la araña”, anis “space rat”, congelados dudosos y todo tipo de mierdas de marcas inidentificables.

 

lidl

Va colocando las cosas en la cinta con una parsimonia que no presagia NADA BUENO (ya sabéis, coger las cosas del carro de una en una y con muuucha calma). Ya tiene llena la cinta, y todavía tiene cosas en el carro. La cajera va pasando la compra, pero como no hay sitio material para depositar las cosas, la va amontonando como y dónde puede.

Ya por fin ha pasado toda la compra, la señora ha llenado algo así como dos bolsas de las treinta y cinco que va a necesitar -al menos-, y la cajera le dice “son 147 euros”. Respuesta del espécimen, en un tono brutal: “Pagaré cuando haya terminado de meterlo todo en las bolsas”. La cajera, educada, trata de hacerle comprender que puede ir cobrando al resto, comenzando por mí, que sólo llevo unos yogures. La prójima insiste en su actitud, y además le comenta que ya está harta, que no le den el día, y que no le suelten el rollo, que lleva todo el día aguantando gente (¿será mujer forzuda en el circo de Angel Cristo?). El cliente que va justo detrás de mí comienza a decirle lo que opina de su actitud. Llevamos algo así como 10 minutos viendo como la interfecta se dedica a meter las cositas en las bolsas, una detrás de otra, sin apresurarse LO MAS MINIMO.  Yo -debe ser la sobredosis de diazepam que llevo en el cuerpo- me limito a contemplar a la colega, fea como ella sola, embutida en un visón y colocando las cosas en bolsas con una parsimonia impresionante. Parece llevar un cartel colgado que diga “apaléame, por favor, lo necesito”. Me da penita el niño, pobre hijo, mira el espectáculo de “su madre contra el mundo” con un miedo en los ojos… Claramente, debe haber una cámara oculta o algo, porque no lo entiendo. El resto no hacemos más que despotricar, pero “light”, no vaya a ser que este ser desequilibrado saque del abrigo de visón un AK-47 y nos de un repaso a todos.

La cajera está cabreadísima. Y tiene razón, qué mas le dará, qué problema hay en irnos cobrando a los demás. La susodicha ésta debe tener un problema terrible para comportarse de una forma tan desconsiderada. El resto de la cola comienza a cabrearse, estamos próximos al linchamiento. Trato de calmar a la cajera, que está al borde de las lágrimas, debido principalmente a la frustración por no poder arrearle un soplamocos a la gilipollas. Tú tranquila -le digo- si el mundo está lleno de locos.

Esta subnormal del visón quiere guerra, y está a punto de conseguirlo. Por fin, mete en el puto carro la última de las putas bolsas. Pobre mujer, os lo digo en serio, qué mal debe estar por dentro para mostrar tanto odio, y rabia hacia el mundo en general.  Pobre niño, vaya madre desequilibrada.

Total: 20 minutos para comprar 12 yogures, unos barrilitos y algo de queso rallado.

Podios. Dices tú, si es que el mundo está lleno de grilladas.

Ahora bien, os juro que el diazepam hace maravillas. En condiciones normales, hubiera saltado por encima de la cajera, hubiera cogido todas sus tristes compras y se las hubiera capuzado en el carro sin ningún miramiento, tras vaciarle la docena de huevos en el visón de los cojones.

Silcas

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2 comentarios

  1. Di que sí, coñooo yo estoy harta de señoras que cuando una va a la cola del carre4 esten 2 horas pa una comprita de ná…o las cajeras incompetentes..me saca de quicio…
    Mejor que el diazepam…creo que la de 1 gr de melasudatodo…funciona 😉
    Miles de besos y PACIENCIAAA! (Todo el dia matando tontos y siempre queda alguno xDDD)

  2. Por suerte (o desgracia) tengo una considerable paciencia y eso me ha pasado tantas veces que ya ni me inmuto… XD
    Pero sí, es para soltarle dos hostias y ponerle las orejas del mismo lado.
    Un saludo.

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