Primavera en el box

Pues no es 21, pero en la sierra de Madrid ya es primavera.

Hemos tenido noche toledana, con un magnífico ataque de gastroenteritis por parte de nuestra hija pequeña. Vómitos, lloros, mocos, más vómitos, rabieta cuando vio que la íbamos a llevar al médico, más lloros, más mocos, mas vómitos… en fin, ya sabéis, el círculo vicioso del enano enfermo, que parece no tener fin y que te pone de los puñeteros nervios.

Así que, a eso de las 4 am, cónyuge A se la ha llevado a urgencias y yo me he quedado en casa con el otro peque. Naturalmente, no he conseguido volver a dormir. Me he levantado a las 6,30, he preparado desayuno, he puesto en marcha al otro enano, que no hacía más que preguntar por su padre y por su hermana y -tras sacar al perro- he ido al hospital a coger el relevo a mi husband. He llegado justo a tiempo para asistir al magno momento de “no tolera líquidos, vomita cada 15 minutos, así que le vamos a enchufar una vía para que no se deshidrate y poder ponerle medicación”. Genial.

Salgo del box de pediatría -te echan fuera cuando les van a hacer alguna perrería- con el corazón encogido. 

No oigo ni un triste quejido mientras dos enfermeras le ponen la vía. Qué jabata, a veces esta niña me deja de piedra. Es más fuerte que un toro. Cuando llego a su lado, las enfermeras están rematando la faena y preguntándole qué quiere de premio. “Un sugus”, dice. “Hija, con qué poco te conformas, así da gusto”. Tengo que acordarme de coger una bolsa, porque la verdad, sugus en casa ahora mismo no tengo.

Así que desde las nueve, nos pasamos el rato jugando a veo veo, poniéndonos vaselina en los labios, hurgando en mi bolso, jugando con la pinza del pelo, contando cuentos y buscando fotos de “pinsesas” en la PDA. 

 

via

Da penita, el box de pediatría. Mi hija, cual esponja, comienza a aprenderse los nombres de los otros niños; uno de su edad que lleva ya 3 aerosoles en el cuerpo, con una tos horrible, otro niño más mayorcito, también con gastroenteritis, pero lo peor, el bebé que llegó cuando llevábamos allí dos horas, y al cual trataban desesperadamente de cogerle una vena. Misión imposible, pobre bebé, no hacía más que llorar. Mi hija, por supuesto, no se perdía detalle, y en una de esas me suelta un “mamá, nos vamos de aquí??” mientras miraba aterrorizada cómo el bebé le metía una patada a la bandeja con el instrumental y la enviaba al suelo con el consiguiente escándalo. 

Tras dos horas de líquido en vena, a las 11 conseguimos que se tomara un vaso de suero, poco a poco, y al ver que no vomitaba, a eso de las 12 le dieron el alta. Eso sí: dieta blanda y suero. Aquí la tengo, en casa, tumbada en el sofá con una mantita y tragándose una de sus pelis favoritas. Hace un día increíble, precioso. Ha llegado la primavera, sin duda, las plantas ya están brotando, los bichos eclosionan y la vida sigue. A veces me pregunto qué coño hago encerrada en una oficina, con la de cosas que suceden durante el día, que consisten básicamente en la VIDA real, y que me pierdo por un triste salario. Algo tan simple para algunas como pasar la mañana con mi hija es para mí un lujo asiático, jugar juntas a lo que se nos ocurra, sin pensar en nada más es algo que me ha ocurrido en contadas ocasiones. La rutina de llegar a casa, comprar algo de carne en el super de la puerta, preparar una sopa -aunque la pobre no tiene nada de hambre- y sentarme con el portátil a su lado, es algo desconocido para mí.

Luego, a las 6 llegaría su hermano del cole, como hoy tengo una reunión importante a las 4, llegaré justo a tiempo, con un poco de suerte. Lo malo de este país es que cogerse jornada reducida implica ipso facto renunciar a tu carrera profesional. Te arrinconan y relegan, porque en ese mundo absurdo de machos hispánicos donde lo único que importa es el tiempo que pasas en el curro haciendo que curras o conchabeando con los demás machos, las mamás sobramos. Hacemos unos malabarismos impresionantes para intentar tener ambas cosas, pero sólo se consigue a base de sacrificio personal. ¿Tiene sentido lo que estamos haciendo, sobre todo ahora que la gente se está quedando en el paro a montones? Las empresas no tienen memoria ni corazón, sólo un puto balance y una cuenta de resultados llena de fríos números. 

Creo que será mejor no pensarlo y tratar de disfrutar de la primavera al máximo, que ya tendremos tiempo para el invierno. 

Alguien debería contárselo a la pobre Amy Winehouse, que por lo visto está de capa caída porque su churri se está poniendo tonto.

 

 

Amy

Amy

 

Mándalo al cuerno, chata. ¿A qué estás esperando? Vales 100 veces más que ese pobre patán.

Mi hija acaba de quedarse plácidamente dormida. Pobre. Llevaba en pie desde las 4. Sólo se oyen los pájaros y el tintineo de un móvil de alabastro que tengo colgado en la terraza. Comeré algo y a las 3 la dejaré con mi suegra para irme a la reunión. Mañana creo que la dejaré con mis suegros, no la veo fuerte como para ir al cole, además, qué narices, es viernes. Ya tendrá tiempo de ir a currar con gastroenteritis, con trancazo o con un pinzamiento en el esternocleidomastoideo, como su madre o muchas de sus compañeras, que las mamás no nos ponemos enfermas, ya sabéis.

Silcas

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