Mojitos y huracanes

Debo reconocerlo, vaya semana de vagancia absoluta y vergonzosa que llevo. Me dedico a comer, dormir y resoplar en la tumbona. Como mucho, preparo comidas, cenas y  baño y visto peques. Fin. No ejecuto instrucciones neuronales de nivel 2 ni de coña.

Claro, que la culpa no es mía. Ha hecho un tiempazo de escándalo, llevamos haciendo vida de  playa  desde el sábado pasado y ya estamos a jueves. Me siento como si estuviéramos de vacaciones en pleno agosto.

Entre ayer y hoy, he adquirido un nuevo vicio a sumar al de la fumata -y fuga- de cachimba de tabaco de frutas, y es el Mojito del chiringuito Asucar beach. En realidad yo me conformaba con mi coronita, pero mi marido, que está vicioso perdido desde que no puede catar el alcojol, me tienta. Que me pida uno, que quiere verlo. Jopé. Pos fale. Se lo pido al colega morenito que gestiona las tumbonas. Tengo mis dudas. Previamente, la torda de dos hamacas más para allá, se dirige a él: Hola, me traes dos martinis -¿sabes qué es martini?, no acabo de bajar del puto arbol, unga unga-, en vaso bajo, con cubitos de hielo y dos aceitunas pinchadas en un palillo. Me trae a la memoria la frase de Meryl Streep en Memorias de Africa “Sabes qué es porcelana? Sí, Msabu, porcelana, se rompe”. El colega repite la comanda a la perfección, la churri se queda contenta y se enfunda las tetas en el tetero reglamentario. Le llamo, tímidamente. Me dice a lo lejos  ¿lo de siempre?, traducción: dos birras, una de ellas sin alcohol. No, traeme un mojito y un botellín de agua -mi hijo está conmigo y exige su peaje-, su padre está paseando con la “troll” de su hermana, a ver si la agota, cosa que parece imposible.

De pronto, oh escena incomparable, viene a lo lejos, igual que el Cid sobre Babieca, y aparece con un peaso trasto -modelo jarrón, lo juro- lleno de hielo, hierbabuena, lima en trocitos y mojito. Se me ponen los mismos ojos que a Scratch mirando la bellota, o que a una fashion victim mirando el último bolso de Prada.

Lo mejor, lo refrescante que estaba y lo poco cargado. Qué cosa más buena. Hoy, naturalmente, he repetido la jugada.

 

El super-mojito

El super-mojito

 

Mañana más. Me da igual que sople Mitch o que diluvie, yo voy a por mi ración de mojito aunque sea con la chupa térmica de decathlon con la que veo las procesiones.

Hoy hemos llegado a la playa sobre la una, un poco tarde, y ya cuando íbamos hacia la arena, notamos el levante, brutal y agresivo, taladrándonos los ijares. El único día en que abandono mi deshilachada cazadora vaquera en casa, es cuando precisamente la necesito. La verdad, en cuanto llegamos a la fila de hamacas, dudamos si quedarnos o no. Hace frío, literalmente. Lo siento, chata, es así, frío que te cagas. Tengo la piel de gallinácea total. El cielo despejado, una claridad abrumadora, ni una nube, claro, porque tenemos un viento hipohuracanado que tumba al mas pintao. El colega de las tumbonas nos pregunta si realmente nos vamos a quedar. Pues sí, nos quedamos. Sobre todo porque los críos necesitan expansión aunque sea con sudadera puesta. Yo me acurruco en la hamaca, vestida con mi camiseta Desigual recién estrenada que me he puesto todos los días, y mi pantalón blanco de algodón favorito para la playa, raído y roído. Me gusta la ropa cómoda, y al final, los contrastes son inevitables -y curiosos-.

De pronto miro a mi derecha, una familia -obviamente madrileña, ella mucho más blancucha que yo (te jodes jejejeje), está claro que acaban de llegar-, se acomodan a nuestra vera. Ante el panorama climatológico, cogen dos hamacas sin ocupar y se montan una especie de parapeto mirando al mar, que les quita todo el viento. Joder, cómo no se me había ocurrido antes. Naturalmente, les imito sin rubor y en cuestión de segundos paso de pollo albardado a punto de salir huyendo, a gallinácea en bikini dormitando en la tumbona. Y así hasta las 5,30 de la tarde, hora en la cual hemos disuelto la chiquillería que se había congregado en nuestra zona jugando con nuestros hijos, y hemos vuelto a casa para ducha, relax y cenita.

El Hipercor estaba abierto -jueves santo, caramba-, así como Zara. Me he dado una vueltecita, por eso de desconectar un poco con la excusa de comprar unos langostinos. Ahora estoy con una oferta (y en realidad también debería estar con una presentación que tengo el miércoles), mi buena voluntad va a terminar conmigo.

Están poniendo Gladiador -mi hijo está obnubilado, éste va para militar, le molan las batallas más que a un tonto una gaita- y tenemos una cachimba de tabaco de caramelo encendida. Vamos a ver qué oferta me sale. Si no, mañana me llevo el portátil a la hamaca y entre mojito y mojito, me la curro. No sé si la ganaremos, pero que el cliente va a flipar, fijo.

Silcas

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