Jornada intensiva

Que no es lo mismo que jornada intensa (esa que comienzas a las 8 pensando en que a las 3 te piras a casa, y cuando miras el reloj desmayada de hambre, son las 6 pm y tienes cara de gilipollas).

Así que he cogido el metro hasta Moncloa y el autobús hasta mi pueblo (porque esto no es una urbanización, es una república independiente) para proceder a esas bonitas tareas domésticas que nadie más hace. Tengo la campana extractora jodida -hace un ruido que convertiría a Santa Teresa de Calcuta en un psicópata enfurecido- y el horno no funciona. La vitro tiene dos fuegos jodidos, y así se quedará hasta que me harte, comience a echar humo por la nariz y me empeñe en tirar la cocina abajo y rehacerla con un poco de sentido común y con eletrodomésticos simples, pero que al menos funcionen.

Yo pensaba darme un chapuzón en la piscina, pero casi que con tormenta no, así pues me preparo para ir a correos a devolver unos vaqueros que me sientan como una patada, llevar los otros vaqueros que sí me sientan bien a cogerles el bajo en la modista, recoger otro paquete en MRW, duchar a la peque -dios, le vuelven a doler los oídos-, revisar los deberes del enano y supervisar la operación cena -o sea, meterles el tenedor en la boca porque están perezosos, y a este paso, el ex-tragaldabas de mi hijo se va a convertir en un niño de Chernobyl modelo palillo-.

Mientras iba a Torrelodones con el Almera iba vigilando la aguja, ya sabéis que lo mío con la automoción es un amor imposible, y aunque ya habían dicho en el taller a mi suegro que se calentaba un poco -pero que entraba dentro de lo normal- quería asegurarme.

Joder. No es que se caliente, es que la aguja rozaba con impunidad la zona roja. Cuando tras 20minutos de marcha como mucho a 2.500 rpm he parado en la urbanización y he apagado el motor, he escuchado el inconfundible sonido del agua hirviendo -y os juro que ese ruido sí que lo identifico a la primera-.

De normal, lo que se dice normal, nada, machotes. Ni siquiera llega al concepto de “razonable”, a la categoría de “elevado pero tolerable” o simplemente al “bueno, vamos tirando”.

No, joder, un motor que hierve NO es normal, nos pongamos como nos pongamos.

Así que hala, al puñetero taller que nos crió a ver qué leches le pasa al carro.

Silcas

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