Llueve

Está jarreando a gusto en la sierra de Madrid. Imagino que comienza la temporada de tormentas de verano que nos aguarán las tardes de piscina de Las Matas para arriba.

Me encanta sentarme en la terraza con la lluvia de fondo, el portátil en las rodillas y el perro tratando de zamparse el aperitivo, mientras los niños cotillean descojonados cómo una pareja de novios que estaban dándose la paliza en el banco del paseo tienen que salir por patas para no terminar calados.

No sé a dónde voy con tanto bikini nuevo -entre unas cosas y otras, a base de ventas on line me he hecho con 4 ejemplares, pero hay que reconocer que los que tenía en casa estaban ya pelín viejos, y con la licra bastante cedida-. Eso sin contar con que los de hace 10 años ya no me valen, definitivamente.

Qué bien huele el campo cuando llueve, y sobre todo, cómo relaja ese olor. Se agradece la temperatura, sobre todo cuando comienza el verano -el verano de verdad, ese verano achicharrante que sufrimos los habitantes de la meseta- y acabamos con las pezuñas pegadas al asfalto maloliente. Hasta me gustan las tormentas.

Las tormentas dejan el aire limpio, libre de agobios. Hasta que estallan, se pasa mal, uno se encuentra incómodo, agobiado, estresado. Una vez que aparece la lluvia, jarrea a gusto y escampa, las cosas se ven de otra manera, generalmente de la manera en que son en realidad, sin ese velo agobiante que produce el calor.

Lo cual me recuerda que los peques acaban el cole el martes que viene, que no tienen clase y que el campamento no comienza hasta julio. Tampoco es que sea campamento a tiempo completo -comen con los abuelos-, pero al menos están entretenidos nadando, jugando al tenis o haciendo manualidades y juegos varios. Casi estoy por apuntarme, al menos me pondría en forma, que buena falta me hace. Ahora que me he convertido en usuaria de metro y bus para volver a casa por las tardes, lo noto. Vaya si lo noto, me falta el resuello en cuanto me pongo a subir escaleras.

Estoy contando los días para que llegue agosto y nos tiremos una semana en Galicia. Luego, las dos últimas en Puerto Banús, a lucir bikinis -ignoro en qué chiringuito, porque según parece se los van a cargar todos-, y dormir como una marsopa.

He dejado de pensar en qué traerá otoño, porque ya no me creo nada. Así que a vivir, que son dos días.

Silcas

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Una respuesta

  1. Sí, ya se huele el veranito. El puente pasado fue un buen aperitivo pero supo a poco, yo también estoy loco por que llegue agosto!!

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