Vacacio ¿qué?

En plena vorágine de maletas me encuentro, sí señor. Ay cómo temo el inicio de vacaciones, me deja planchada.

Esto de preparar la logística vacacional agota. Y eso que sólo nos vamos una semanita.

De momento, ayer llevamos a lavar el coche, a press-car, donde por 50 euros le quitaron la roña acumulada desde épocas inmemoriales y remotas -joder, aparecieron hasta lápices de nintendo, gusanitos, chupachups a medio comer, pelos de perro, vaya ascazo-. Desde luego, ha quedado impoluto,  no parece el mismo tras dos horas de fregoteo intensivo.

La cara del chaval del press-car cuando fui a recoger el vinículo fue de traca “CACHO guarrrrrraaaaaaa!!!! pero cómo me traes este trasto, que las tapicerías se mantienen unidas por efecto de la mierda acumulada durante años”. O algo así debió pensar. El caso es que el carro está maravillosamente limpio -sospecho que no bajó de 5 litros el bidón de amoníaco que utilizaron para limpiar los salpicaderos y plásticos, a juzgar por el olor. De hecho, se conduce mejor porque la visibilidad ha aumentado notablemente al desaparecer la porquería de las ventanillas. Hasta me pego sustos cuando la visión periférica detecta cosas que antes estaban ocultas tras una capa de densa mugre.

Mientras apaño las maletas, cónyuge A se ha llevado a los dos enanos a la piscina, porque estaban tan histéricos ante la perspectiva del viaje que no hacían más que sacudirse. Luego me he acercado al super a por viandas para mañana, casi palmo cuando he salido por la puerta con las bolsas y ¡ploshhhhh! el bofetón de calor que casi me tumba. Dios qué horror. Casi hasta me hace feliz una galicia pasada por agua. Que llueva que llueva, la virgen de la cueva.

Así que mañana saldremos a comer a la carretera -sandwiches caseros, claro, es una tradición que no puede faltar- y llegaremos a  Vigo por la tarde, desembarcaremos en el hotel y luego a cenar a Jaqueivi lo de siempre: la super-tortilla de Carmen, un jamoncito y unos pimientitos de padrón. Y el domingo Dios dirá, si diluvia, pues a escoger: o Portugal o Santiago, si está medio-nublado, echaremos la bolsa de la playa en el maletero y nos iremos a dar un paseo por La Lanzada y comer en Cambados en el Bar Pintos. Es lo bueno de Galicia, que da igual que llueva, siempre hay mil cosas por hacer o por ver. ¡¡O POR COMER!!

Como la joía de mi hija, “mamá, yo quiero uñas” (por percebes). Claro, y yo, chati. Te vas a hartar de tortilla galega, que mira que están buenos los cachelos. Además, hemos cometido el terrible error de enseñarle a pelar percebes, la tía se da una maña con sus cinco añitos recién cumplidos que no veas.

Igual este año cambiamos un poco de tercio y exploramos la zona de la costa da morte para arriba, léase Sada, que no lo conozco.

Eso sí: de dormir puedo irme olvidando, porque ya tenemos comprobado que en una habitación de 4, lo normal es la jarana intensiva desde que aparece el primer rayo de sol. No sé si llevarme un antifaz y sacudirme un porrazo en la cabeza para poder dormir unas horitas más.

A Wandita acabamos de depositarla en la residencia perruna, así que dejamos la casa a disposición de mi sufrida asistenta, que dado que viene su hija de Rumanía, al menos que disfruten piscina, canal + y fresquito en general. De paso, nos hará de “canguro” de la población vegetal que tenemos en la terraza.

Esta mañana dejé instalado en el reposacabezas el enganche para el flamante DVD que compramos ayer porque mis hijos ya han jodido dos de ellos. Es muy mono, la pantalla se pliega y queda de lo más apañao. Eso sí, me tocó hacer bricolage con -otros- tornillos, porque nuestro reposacabezas tiene sus particularidades. Al final, conseguí enganchar el invento.

Y con eso, creo que queda únicamente apañar el neceser, los juguetes para el viaje y mañana, tras pegarnos un hartón de piscina mañanera para no echar de menos el sol en los próximos días, preparar los sándwiches para el camino, que eso no me lo perdonan.

A la hora de cenar, la enana se ha pillado una rabieta espantosa y se ha pasado la última hora llorando y berreando desde su cama. Si digo yo que los cambios de rutina, a los peques, les sientan fatal. Desayuna poco y mal, luego en el campamento -no se bien a quien demonios se le ocurre-  les dan chuches, patatas fritas y demás mierdas a la una de la tarde, no tiene hambre y -claro- no come, está cansada y muerta de hambre a las 5, luego está rota a las 8, y demasiado cansada para cenar, comienza a hacer el ganso y termina por sacarnos de quicio a todos. Lo de siempre: al final, la culpa es de los mayores. Menos mal que mañana vuelvo a cogerla por banda y trataremos de reparar los efectos del desmadre total.

Silcas

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