Vacaciones en Galicia – Domingo 2/8

Yo no sé qué demonios nos pasa con Galicia; todas la previsiones aconsejaban llevar paraguas, chubasqueros, botas de agua y una buena dosis de paciencia climatológica, cuando nos hemos encontrado con un domingo de solazo espectacular. Naturalmente, hemos cogido niños, bártulos, ropa de repuesto y nos hemos largado con la sana intención de no volver al hotel hasta después de cenar.

Y optamos por la playa de La Lanzada, afoto que os engancho aquí para que veáis que no miento y que -efectivamente- ha hecho día de playa.

Playa de La Lanzada

Playa de La Lanzada

Pasamos por delante del puesto de la cruz roja y presenciamos escena dramática típica de veraneo: un crío de 8 años llorando a moco tendido con un pie metido en un barreño -sospecho que con amoníaco-. Había gente alrededor, y nos acercamos. Resulta que -oh amigos- hay fanecas -también conocidas como salvarios, en la playa, y el pobre crío ha pisado una. Para aquellos que no sepan lo que es, se trata de un pez más bien cabrón que se entierra en la arena y cuando lo pisas, te clava una especie de aguijón múltiple con un veneno más bien urticante y doloroso. Yo les tengo pavor, desde que veraneaba en Oriñón -Cantabria- he visto a tíos hechos y derechos llorando de dolor por una picadura de este bicho. Entonces caigo en que los escarpines de playa están en Marbella y pienso en los desprotegidos pezuños de mis hijos. A punto estoy de irme a Sanxenxo a por unos escarpines cuando caigo en la gran verdad: da igual que lleves escarpines o no, en realidad a mi prima Beatriz le picó el bicho en la mano, porque estábamos jugando con marea baja haciendo el ganso y se apoyó en la arena. Hubiera sido el caso de mi hijo, más conocido como “el increíble hombre-croqueta”, es decir, que hubiera resultado completamente inútil proteger sus pies porque lo normal es que esté retozando con la tabla de surf en la arena, y lo más probable es que el puto bicho le picara en salvas sean sus partes. Fijo que sí. Así que en fin, dejémoslo estar.

Los pinchos de la faneca de los coxxnes

Los pinchos de la faneca de los coxxnes

Pegaba el solete que no veas, y mientras los peques + cónyuge A se iban a dar un paseo, me quedo gustosa a vigilar el campamento base mientras dejo que el sol me quite el color de lechuga verdosa que luzco últimamente. Mientras estoy tostándome boca abajo, reparo en un grupo de Australopitecos compuesto por 1 macho + 3 hembras cuyo comportamiento procedo a estudiar con interés científico.

Primero, la hembra Alfa, con bikini negro, tumbada, se desata la parte superior del bikini, y se la coloca aproximadamente a la altura del gaznate, mientras el macho único del grupo procede a untar crema protectora en sus ubres con generosidad y regodeo.

Yo flipo. No sólo le está poniendo crema, es que le esta metiendo un sobeteo mamario de tres pares de narices. Las otras dos hembras -ambas con bikini rojo- contemplan la escena de refilón y sin moverse de sus toallas, que están totalmente pegadas entre sí. Fijo que estos cuatro follan en grupo.

Entonces, para mi gran sorpresa, una vez la hembra alfa ha recibido su ración de crema en las tetas, procede a colocarse con parsimonia y esmero el bikini sobre sus generosas ubres, que digo yo que para qué narices le han untado los pectorales si -total- no le iba a dar el sol ni de coña.

Una vez untada -o sobeteada- la hembra alfa, el macho se sienta en posición típica de los machos dominantes de un grupo de mandriles, ofreciendo la espalda a las hembras y oteando el mar, procediendo entonces la hembra alfa a reventar las espinillas de la espalda del macho, el cual tras un par de intentos la aleja con un gruñido y se dedica a tomar el sol tumbado entre las tres chatis. La hembra beta nº 1, aprovecha la transitoria caída en desgracia de la hembra alfa y se pega una carrerita hasta las olas entre grititos de excitación, meneando el culo y el pelo, lo cual hace que el macho de la manada se incorpore y se introduzca en el agua, donde permanece un buen rato con la hembra beta, para cabreo de la hembra alfa, que no le quita ojo ni loca.

Estoy a punto de llamar a la redacción de national geographic cuando llegan mis hijos de su paseo, mojados y con un buen puñao de arena en el bañador.

He reservado para comer en Cambados, en el Bar Pintos, así que a eso de las 14:30 salimos en dirección a Cambados para encontrarnos con que el pueblo está de fiestas y no hay manera aparente de llegar al Pintos. Joder. Encima conduzco yo. Es el trato: en vacas me toca conducir; a cambio disfruto de la paz de la toalla los días de playa.

Cagontó. Cónyuge A dice que mejor buscamos otro sitio para comer, pero yo no renuncio a mis zamburiñas, que hemos quedao y ya llego tarde. Tengo pocos dones naturales, pero el sentido de la orientación he debido heredarlo de algún antepasado tipo “de la cuadra salcedo”, porque al final, tras pasarme el código de la circulación por donde ustedes se puedan imaginar,  consigo llegar al Pintos bordeando el pueblo sin pasar por el puerto, que es precisamente la zona cortada por los festejos.

Nos ponemos tibios de zamburiñas, berberechos, pulpo y bacalao en caldeirada. No les quedan almejas al natural -aayyy- ni merluza ni raya. En fin, qué le vamos a hacer.

Zamburiñas y ole

Zamburiñas y ole

Después de comer nos vamos a estirar las piernas a La Toja, donde -definitivamente- se nota que hay crisis, porque las vendedoras de collares, en cuanto detectan un ejemplar comprador te tratan de clavar 4 euros por una mierda de collar de mini-conchitas para niña. Qué le vamos a hacer, de algo hay que vivir. Me hago la loca y le compro un collar de palo a mi hija, collar que no tardará en destripar.

Eso sí, en el centro comercial están de rebajas, pero bien. Compro un bolso Hilfiger rebajado de 120 euros a 20. Caramba, es que además me hacía falta, no lo creeréis pero de bolsos negros ando muy escasa. En uno de los puestos, me hago con un pez-globo disecado para mi hijo -va a flipar con el bicho-, otro bolso super-rebajado para mua (10 euros, no se vayan ustedes a creer) y una bruja para mi hija, la cual -además- ha mangado un pendiente con el precio puesto de la primera tienda en la que hemos estado, y que procedo a devolver para que mi hija comprenda de una vez por todas que las cosas o se hacen bien o no se hacen: es decir, chati, si mangas unos pendientes, que sean los dos, porque tenemos dos orejas, y si no, déjalo estar.

Digo yo.

Después nos vamos a cenar a Combarro, donde atacamos unas sardinas, chipirones y  mejillones al vapor.

Son las 23:30 cuando aterrizamos en el hotel, con dos niños completamente agotados, con las pilas fundidas. Eso sí: garantizo que mañana a las  09:00 los tenemos en pie diciendo “mamá, ya es mañana”.

Tengo a toda la manada roncando y yo estoy aprovechando la wi-fi del hotel, así que procedo a ensobrarme, que mañana llega más bien prontito toca playa del Cabío + Santiago y hay que regenerar las fuerzas.

Silcas

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3 comentarios

  1. Lo primero que me dí cuenta al llegar a Galicia es que la gente sabe comer, y muy bien 🙂
    Yo me llevé de vuelta 7 brujillas para amigos y familiares. (todas de tamaño pequeño excepto la mía, más grande! XD)

    Besos y felices vacaciones!

  2. Me ha encantado tu relato, Silcas. Tienes una forma de expresarte realmente simpática y original. Más parecía que te estaba oyendo en lugar de leyendo… Soy de Pontevedra, de ir a La Lanzada desde crío y, por desgracia, sufrí en mis carnes (pies) más de una pìcadura de las famosas fanecas. también he sufrido más de un grupo de primates en la playa, así como los atascos veraniegos típicos de las fiestas gastronómicas que nos asedian durante todo el año en esta mi tierra. Un consejo para los visitantes: Galicia no solo son sus costas. El interior, con sus ríos, bosques y aldeas también vale la pena ser visitado. Un saudiño…

  3. muchas gracias Almenbe! efectivamente, Galicia es mucho más que playa, los montes son una pasada. y lo mejor es ir fuera de temporada, que está todo mucho más tranquilito y se disfruta más!
    un besiño!

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