Por tierras vomitivas – IV

Ay, plan de Moncayo, el de hoy. Para los que no lo sepan, en mi familia un “plan de Moncayo” es aquel que comienza mal, evoluciona de mala manera y termina de puñetera angustia. Como el de hoy. La historia surgió en una excursión a la cima del Moncayo, -años ha- a la cual acudimos tres gatos en cuatro coches, en época de la fiesta de la virgen del lugar, donde había más gente que margaritas y -para colmo- sólo pudimos echar mano a unos bocatas grasientos en un bar de carretera. Plan de mierda; ir, ver y volvernos.

En esta ocasión, pensábamos ir hacia Fisterra y similares, pero dado que hemos salido a las mil y monas de Vigo, recalamos en Corrubedo City, para ir a las dunas magaviyosas y rodar como croquetas por la Duna Mayor del reino.

Parque Dunar

Parque Dunar

Eso pretendíamos. Pues no.

Hacía un pelete que no veas -y yo, como buena descerebrada, con minifalda vaquera, camisa de flores y cazadora, chinpun, que parecía que me iba de compras a puerto banús más que de excursión por tierras galaicas con temperaturas más bien invernales-. Parezco de Madrid.

Mi hijo se bajó del coche, con la melena rubia al viento -vendaval más bien-, y con su tabla de surf, cuando reparamos en las instrucciones para visitar el parque dunar: no salir del camiiinooo -porque los muertos lo guardan se supone- y NO -repito- NO andar por encima de la duna mayor -ni de ninguna otra-. Entonces, ¿¿para qué coño vamos??

Mierda. Con los rodamientos que hicimos -años ha- por las dunas, cayendo de lado, de cabeza, de espaldas… fue genial. Claro, hace ni se sabe de aquéllo.

Así que tabla de surf de vuelta al coche, paseíco corto y al Faro de Corrubedo a echar un ojo, que iba a ser el máximo exponente de aventura del día de hoy. Fue entonces cuando a Cónyuge A se le torció el hocico. Mal rollo. Plan de Moncayo, repito.

Bueno, da igual: paseíco por el Faro, mientras los niños me asaltan a preguntas obsesionados con el cuento que me inventé ayer -el viejo del faro de la isla del fin del mundo- comemos algo en el puerto de Corrubedo -recuerdo unos calamarcitos encebollados muy ricos, hace mil años-, y luego Dios dirá.

Faro de Corrubedo

Faro de Corrubedo

Comimos divinamente por cuatro perras -calamarcitos, pulpo, chinchos y pimientos-, y decidimos poner rumbo a Noia.

Con eso de hacer un poco de turismo ilustrativo, paramos en el Petroglifo de nosequé, y no fuimos capaces de dar con él, ¿¿dónde coño anda el puto petroglifo?? Porque bajo el cartelón no está, lo juro.

Vuelta al coche, paramos en otro extraño paraje lleno de chinches y de frikis, y mientras mi hija se pegaba una siesta del nueve y yo trataba de luchar contra el bajón de tensión que llevaba en el cuerpo por falta de café y vitaminas, los dos machos de la manada se dedicaron a pasear por el Castro de nosequé leches, enfriándose hasta las meninges. Yo aproveché para tirarme por encima un polo de vainilla y chocolate, poniéndome hecha un cristo y liquidando la última de las toallitas de bebé que llevaba en la guantera.

Al final, pasamos Noia y tras intentar incrustar el scénic un par de veces entre las callejas de piedra caliza del pueblo, pongo el GPS rumbo a Santiago con la excusa de comprar unas tartas de almendra. Esto está empezando a desmadrarse, y a este paso acabamos en Nueva Gales -del Sur-.

Y sí, llegamos a Santiago, mientras mi hija comienza a quejarse de dolor de tripa. Nos la conocemos: si no le duele la tripa, son los oídos, y si no, le pica un pie, y si no, pues le duele la oreja. En cuanto se aburre, sus dolores se multiplican.

Así que ni puñetero caso, sobre todo cuando paseando por el casco viejo de Santiago se emperra en que quiere unos “fantasmitas”.

Fantasmitas

Fantasmitas

Compramos un par de recuerdos en las tiendas locales y ponemos rumbo a Vigo.

Mi hija comienza a emperrarse y enrabietarse -en plena autopista- ¡¡que me duele la triiipaaaaa!!! Su padre: no seas mentirosa, bla bla bla.

¿Bla bla? BLOAAAFFFF peaso vómito en fuente continua. Sudadera, vaqueros, sillita, tapicería del coche, suelo del vehículo y funda del DVD. Te cagas. Jo-Der.

Su hermano se tapa la boca y pega una arcada. Lo miro con mirada de odio fulminador. “Como vomites tú también, te tiro por la ventana”. Abre la ventanilla y saca la cabeza.

Comienzo a hacer inventario mental. Hoy, precisamente, hoy, es el día en el que NO he salido con ropa de repuesto para la tribu. Al menos tengo toallitas, una bolsa de plástico para los hediondos vaqueros de mi hija, así como algún bañador en la bolsa de la playa por si las bragas se han empapado de vómito y toallas.

De momento, elimino los restos mas contundentes -y visuales- con kleenex, un spray de limón que llevo encima y que evita que mi hijo eche la primera papilla, y una bolsa de plástico donde encierro los primeros vómitos. Qué ascazo.

Paramos 20 kms más adelante. Saca niños, quita sillitas, airea aquéllo, cambia a la mari, que ahora se encuentra divinamente, y limpia tapicerías -o al menos elimina los restos de contenido estomacal-, desmonta la funda de la silla y confínala en el maletero para que no nos apeste.

La peque ahora viaja comodísima, con una toalla mullida en vez de la funda de la sillita; en camiseta, bragas, cazadora vaquera, calcetines y deportivas. Ahora que ha echado lo que le sobraba, se encuentra de maravilla y cotorrea con su hermano mientras miran la peli de turno.

Gracias a Dios que me he traído detergente líquido.

Llegamos al hotel, limpio la funda de la sillita -si no se seca me importa un bledo, pero ese olor es insufrible-, pongo a remojo el vaquero y limpio la manga de la sudadera, que lleva vómito por dentro.

Nos vamos a cenar al Chino del lugar, el cuerpo nos pide comida basura y nos atizamos arroz tres delicias para la peque -no le dejamos comer otra cosa-, y guarrerías orientales variadas para nosotros tres.

Mañana es el último día, el sábado nos vamos a Madrid tras una breve parada técnica en Páramo del Sil a ver a la familia, que veranea en zonas sin cobertura de móvil. Hacen bien.

Así que a ver qué pasa, justo llegamos hoy a Vigo y nos encontramos con una tarde de playa de escándalo, para redondear el día de hoy, que sinceramente podía haberse quedado en el calendario de los coxxnes.

Silcas

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