Carros de fuego

Pues sí.

Tras el fallido arranque vacacional del sábado, día en el cual nuestro vehículo familiar nos abandonó, sospecho que definitivamente, volvemos a intentarlo.

Domingo por la mañana, el anciano Scénic nos hace la merced de bajarnos a Madrid, a la oficina de Avis, donde el atento empleado me comunica que debido a la poca antelación de nuestra reserva no han podido conseguirnos un Laguna o un Passat -vehículos de la categoría G de Gilipollas-, así que pone a mi disposición un precioso A4 con turboboost y ondulador de melena incorporado, vehículo de la categoría superior, que creo que es M de Manirroto. Disimulo mi alborozo y la sonrisa de viciosa que se me ha puesto, y me dirijo al parking, donde el mecánico de Avis pone el trasto con todos sus caballos en mis peligrosas zarpas y lo deja a merced de mis pisotones. Jeje. Allá que voy, recojo a la troupe, sacamos maletas del Scénic, las metemos en el Audi, y para Marbella que nos vamos. Naturalmente, conduzco yo, dado que Cónyuge A tiene el carnet de conducir caducado -y además, añadamos que seguramente me negaría a cederle el asiento del piloto, con lo bien que me lo estoy pasando-.

El carro

El carro

Este carro vuela. Tengo que vigilar la aguja porque así de pronto me veo volando a 180 por la R4. Pero claro, la Autovía de Andalucía será otra cosa, aparte que tampoco hay motivo para correr, ni estoy acostumbrada a ir a esa caña. Pero claro, es que este mamón se lanza cosa fina, y cuando lo pones a 80 parece que se vaya a calar. Tampoco estoy acostumbrada a seis marchas, pero al final le coges el tranquillo.

Hubo algunas ligeras críticas de mi hija pequeña, que encontraba complicado jugar a la Nintendo mientras su madre se lanzaba como una posesa por las curvas anteriores a Málaga. También algunas quejas de Cónyuge A, sentado como un tiesto entre las dos sillitas -mi madre iba de copiloto- atado con un cinturón defectuoso que casi le corta la circulación de cintura para arriba. Mi madre iba sospechosamente agarrada a la manija del techo (siempre me ha hecho gracia que la gente se agarre ahí, total, si nos fostiamos, nos fostiamos todos)

En fin, que me mola este carro, y que hay muchas posibilidades de que el próximo carro de la familia sea de esta marca, eso si hay pasta, claro.

El día pasó sin novedad, llegamos, deshice las maletas en un visto y no visto, un poco de piscineo para despejarnos y cenita.

Y hoy -lunes- tenía lugar el gran acontecimiento.

VOY A EMPEZAR A CORRER POR LAS MAÑANAS.

Sí señores. Me levanto sigilosamente, voy al cuarto de baño a ponerme mis arreos de correr, consistentes en camiseta, pantalón de chándal y deportivas, cuando escucho un tímido toque en la puerta. Por supuesto, mis dos hijos, que vienen a hacer pis y caca respectivamente (eso dicen, en realidad ya están despiertos y vienen a ver qué demonios hace su madre a estas horas) . Mi hijo me mira y mira las zapatillas. “Mamá, ¿qué vas  a hacer?” “Voy a salir a correr, hijo”. “¿Pero tú nunca has corrido, ¿verdad mamá?” No hijo. Yo no corro, ni siquiera camino, sólo repto y me arrastro. Me he preparado la PDA con algo de música para la ocasión, aunque pensándolo bien, lo que más me viene a la cabeza es la canción de Rocky: Eye of the Tiger.

Eye of the Tiger- Rocky III

Eye of the Tiger- Rocky III

Porque esto va a ser realmente dramático, no hago deporte desde épocas inmemoriales y remotas, allá por mis 14 añitos hacía ballet clásico, natación y gimnasia rítmica, pero pronto cambié la barra de equilibrio por la barra que sirve precisamente para lo contrario y me desvié al lado oscuro.

Todo lo más, algo de equitación hace algunos años, cuando los críos aún no habían irrumpido en la vida matrimonial y uno tenía las mañanas del sábado y el domingo para hacer lo que quisiera.

Termino de prepararme en un momento y me cuelgo en la cintura la pda con los auriculares. Hala, ya estoy lista. Salgo a la calle de la urbanización, está bastante desierta. Mejor, porque me da bastante vergüenza que alguien me vea intentando el trote cochinero que presumo desarrollaré, eso si tengo suerte.

Mi plan es rodear la urbanización, son 1.400 metros, corriendo, naturalmente. Comienzo por un simple trotecillo, cambiando a paso ligero en el momento en que me canso, momento que tiene lugar con sospechosa y triste frecuencia. Joder con la PDA, cómo pesa la joía. No es que pese, en realidad es que se menea muchísimo, bong bong bong. Al final, opto por llevarla en la mano. Lesson learned #1: házte con un mp3 ligerito o algo así, que a este paso acaba la PDA en la luna de un caderazo.

Llevo medio recorrido y parece que ya comienzo a levantar las rodillas y talones, caramba, menos mal. Me corto cuando me encuentro a algún vecino sacando al perro, o peor aún, a alguna panda de guiris volviendo de marcha. Ataco una recta, voy correteando, y al fondo veo un vecino, un espécimen que está de pie, mirando en mi dirección. Joder. No sé qué coño mira, porque en estos momentos de sexy tengo MUY POCO. Camiseta con mangas, un estupendo sujetador deportivo y pantalones largos. Ni siquiera llevo ropa deportiva molona, me parece un poco patético ir super-equipada de la muerte y no ser capaz de dar dos carerritas de mierda. Así que ahora me fuerzo a -por lo menos- rebasar esa marca, quedaría ridículo que te cagas demostrar mi patética forma física parando en mitad de la calle, prácticamente con la carrera recién empezada. Qué pasa, macho, no tienes nada mejor que hacer que estar ahí plantado como el puto angel de la muerte, o qué. La tecnología viene en mi ayuda: quiero pasar la canción que suena y para eso tengo que sacar la PDA de su funda. Mientras resoplo, y recobro algo de fuelle, le doy al forward. Qué tramposa.

Comienzo a sudar cuando llevo 3/4 partes del recorrido. Esto no se acaba nunca, pero me voy “encontrando”. Paso por la puerta de casa, decido repetir, pero por el caminillo interior, el de las piscinas. Es mucho más agradable corretear entre césped que con el asfalto de la calle. En realidad no sé si medirme en tiempo de estancia fuera de casa o en kilómetros recorridos.  Creo que me mediré por vueltas a la urbanización, calculando cuánto tiempo lo cubro corriendo y cuánto andando rápido. Eso sí: sólo me he sentado una vez, en un banco del caminito de la piscina, del cual me ha echado el sol abrasador que -pese a lo temprano que era-, comenzaba a prometer un día de calor de justicia.

Doy por finalizada mi primera sesión de correteo y vuelvo a casa. Habré estado por ahí unos 20 minutos, no más. Me meto en la ducha, estoy sudando como un pollo al horno. Salgo de la ducha, me pongo el bikini y la camisola y de pronto me doy cuenta de que ¡sigo sudando!. Imagino que debe ser un indicativo de mi penosa y patética forma física. Mañana más. A ver si pronto consigo recorrer el kilómetro y medio de tirón, o por lo menos, no parame tanto.

Puerto Banús nos obsequia con un día de playa espectacular: hace un calor terrible, pero en la playa corre una brisa estupenda, y encima el agua está como nunca: nos tiramos algo así como media hora con los críos haciendo el ganso entre las olas. Lo nunca visto.

Así estamos ahora, claro. Cocidos como gambas, si es que esto del sol marbellí no es como para hacer tonterías. Y eso que he pulverizado a la tribu a placer con protección 30 mínimo, pero aún así.

En fin, a dormir, que mañana toca la segunda carrerita, y luego más playa -sospecho-.

¡Que lo paséis bien!

Silcas

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