Piojos, deberes y leña al mono

La leña. Por fin llegó. Alucinante el tetris de troncos del trastero (pronúnciese cuatro veces seguidas hasta conseguir un nudo en la punta de la lengua).

Eso sí, toda la puñetera tarde perdida, primero atendiendo a los leñeros, que me traían la montaña de Sauron en formato de fresno y encina (pobre Barbol, lo han pillao fijo), luego a las 5 a por el peque al cole, donde tuve que abandonar a “criatura con ruedas” en un fangal porque no hay dios que aparque, y al final, a las 5,30 a por la enana a la ruta, que ha llegado frita, y en fin, que acabo de sentarme al ordeñador.

El peque con sus deberes. Joder. Las notas de la profesora son de traca. Se queja de que no atiende en clase -vale, me lo creo- y de que trae todos los días los deberes sin hacer. Y eso no es verdad, el pobre curra hasta la saciedad, pero ya sabemos lo que pasa: No copia correctamente de la pizarra lo que tiene que hacer, o bien se equivoca de libro y se trae el de mates en vez del de lengua. Y digo yo, si es un niño al que le pasa eso, ¿no tendría sentido revisar o apuntarle los deberes y asegurarse de que lleva en la mochila lo que debe??? Joder, es que es muy fácil echarle la culpa al niño, cuando está claro que es un despiste humano. Parece que hemos tenido mala suerte con la profesora, qué le vamos a hacer. Pues que se vaya mentalizando, que en ese cole se va a graduar.

Si de mi dependiera, lo sacaba del colegio y le ponía un preceptor en casa. Y ya veríamos si avanzaba, el enano. No tiene el menor sentido enviarlo al cole para que no haga ni el bolo, y luego de 6 a 10 de la noche tenga que currar todo lo que no ha hecho en clase más los deberes, estando cansado y hasta las narices de broncas.

Dios qué sufrimiento. Siento ansiedad cada vez que abro la agenda, por la forma brusca y arisca de escribir que tiene esta mujer, debe ser primahermana de la caradeajo de mi oficina, otra a la que le vendría bien un instalador que la instale como es debido. Joer, habiendo como hay sex-shop on line tan buenas, bonitas y baratas. Amantis acaba de sacar colección, creo que voy a bombardear a mi colega caradeajo con una buena dosis de spam sexshop a ver si se me anima y nos deja de amargar la existencia a los demás.

En cuanto a la enana, hemos resuelto el misterio del piojo verde. Ya sabemos de dónde salen los piojos siendo que no tiene huevos ni liendres en la cabeza. Ayer la veo jugando con una diadema ancha de color rosa que juraría no he comprado yo. Me entero de que la última afición de su clase es pasarse las diademas unas a otras. Cagontó. Ya sé de dónde coño salen los piojos, le prohibo que intercambie diademas, y que como vuelva a traer a casa una que no sea suya, la tiraré a la basura. Que coges piojos!!! le digo. Y la mocosa de 5 años me responde: Bueno, pues me los quitas y ya está.

Hala, mamá, a currar que es lo tuyo, y a mí me dejas con mis business.

Le he dicho a la profesora de la ruta, que haga el favor de comentárselo a su profesora, y que intervenga en el intercambio de piojos que se está produciendo a marchas forzadas. Joder, otras a las que les da igual que las niñas tengan o no piojos.

En cualquier caso, no quiero ni pensar en lo que será esta moza cuando tenga 12 años. Directamente me exiliaré en algún país cálido y los dejaré que se queden con la casa, el perro, los coches, o lo que les convenga, yo me las piro que quiero morir en paz.

Viviré de lo que encuentre por el campo y dormiré a pierna suelta hasta que los lobos me devoren.

Eso sí: con mi conjunto de La Perla y mi vestido de Custo, que esos no los suelto ni pobretona perdida.

Y ahora, en vez de currar en la presentación que me ha encargado mi jefe para el día 15, me voy al puto polígono a buscar un DICCIONARIO. ¿De qué marca, modelo, tipo o condición? Ni puta idea. Es rojo, dice mi hijo. Ya, hijo. Y tu profesora una nécora, que ya le vale;  podría al menos escribir la editorial del diccionario.

Silcas

* Nota de las 19:02 –> La librería del cole, cerrada. Una niña me ha dicho que la editorial da igual, que cada uno trae la que más le gusta. En la papelería del polígono no tenían diccionarios. Vuelvo a casa, me calzo las zapatillas y a correr, que estoy hasta las narices.

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