Deportistas terroristas

Muy felices me las prometía yo ayer domingo; mientras mi enano trata de retomar ese asunto de la equitación en el picadero de al lado de casa -donde tienen caballos más o menos decentes, y no el cruce entre mulo y perro del último lugar al que lo llevamos-, me calzo mis super-zapas Mizuno de la muerte y CORRO campo a través cual criaturica triscadora, que eso del asfalto de la urbanización se me antoja ya poco fashion y como que se me ha quedado pequeño.

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Así que allá que me voy, dejo al resto de la familia en el picadero y me adentro en la senda tenebrosa de la pista de tierra que conduce directa al pantano de Valmayor. Ahí estoy,  corretando subidas y bajadas, campo a través, tratando de no romperme un tobillo -o dos- y esquivando a los abusones montados en todo tipo de infernales artefactos cuyo objetivo preferente parecemos ser los bípedos del lugar.

Llevo algunos días sin correr, así que se me hace un pelín duro, pero lo voy consiguiendo. Me gustan las cuestas, sobre todo cuando son hacia abajo y el viento me pega en la cara. Hace un sol impensable para Noviembre, y bastante calor.

Llevo unos 20 minutos entre trotecillos y caminatas, cuando me noto francamente cansada. No imaginaba que correr por el campo agotara tanto. Lo peor sucede cuando me giro para volver, porque comienzo a temerme lo que va a ocurrir a continuación. La vuelta es CUESTA ARRIBA. La virgen. Estoy resollando cual locomotora. Aun así, no me paro. Sigo a paso ligero. Joder con la cuesta, esto debe ser parecido a eso de los “steps” del gimnasio. Ah, eso te pasa por lista. Así iba yo de “follada” cuesta abajo, que parecía la mismísima campeona mundial de triathlon. Lo achacaba a mis preciosas Mizuno, pero no. Era la cuesta.

La misma puta cuesta arriba que ahora mismo me está machacando los gemelos. Me cruzo con otros seres vivos, entre ellos un tío que corre en calzoncillos, por la cuesta abajo. Te vas a cagar, chaval, a la vuelta te vas a poner los gallumbos en la cabeza, ya lo verás.

Llego a una zona llana, sobrepaso a una parejita de PIJOS INFUMABLES, oh qué monos, que van a dar un paseo por el PUTO campo que está acabando conmigo, él con barriguita y bermudas, ella vaqueros y un niki rojo, con coleta, se van cogiendo de la mano y se dan besitos, claro, eso de pasear es lo que tiene, que “pone”. Mi amor propio exige que les obsequie con un sprint, más que nada para que él comience a darse cuenta de lo fóquido que está, y ella del culazo que tiene.

Tras la carrera, con la lengua fuera, me cruzo con un grupo de ciclistas, vienen mangados. Ya podréis, desgraciaos, en llano, si es que esta pista es un paseo, en bici me la hago incluso  yo.

Hasta que ya muy cerca del picadero, me cruzo con un grupo de 4 caballos, con cuatro seres humanos montados encima, que evidentemente debían estar comenzando su andadura equina, a juzgar por sus deportivas, los grititos de las aprendizas de amazonas y la forma atroz en que botaban sobre la silla de montar y que SEGURO derivarían en un dolor de culo inhumano.

Me pasan los hastiados caballos y sus despavoridos jinetes por el camino de la izquierda, y de pronto, un grupito de tarados montados en bicis -no les llamo ciclistas para no ofender a los que de verdad saben circular- van dando bandazos y gritándose entre ellos con voz de macarra de lagonés “a ver, por dónde pasamos a los caballitos???” Pues mira, cacho descerebrado, tal como pinta la seguridad y el aplomo que muestran estos ejemplares humanos a lomos de sus corceles, yo que tú NO les pasaría por ningún lado, más bien los evitaría y pondría toda la sierra del puto guadarrama de por medio, por eso de que lo normal es que si pasas con esos gritos y esas velocidades, los caballos se acojonen y te aticen un patadón en los radios y te manden la bici a la cuesta de Colmenarejo, como muy cerca, eso si no te patea la cabeza tras tirar a la gorda que lo pilota en la encina más cercana.

Dios, pero cuanto casho descerebrado hay suelto, que parece que tuvieran 15 años.

Después de comer un cocido en casa de mis suegros, me aticé una sesión de sexo duro, consistente en montar una comoda Hammas de Ikea, tamaño mamut, para guardar ropa, que ya me vale. Acabé de montarla a las 19:20, hora en la que procedí a cambiar toda la ropa de sitio, tirando un montón de mugre y mierda variada, no sin antes rebanarme un dedo con un cuter que alguien -presumiblemente la menda- dejó sin protección en la caja de herramientas amén de un martillazo en un dedo.

Así que hoy, aunque he podido salir de la cama, me duelen hasta las orejas. Son las 22:23, y creo que me voy al sobre, a ver si me recupero, que tanto deporte y tanto bricolage van a acabar conmigo.

Silcas

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2 comentarios

  1. Nunca me ha gustado correr pero ahora en este pueblo, con los caminitos que hay detrás de mi casa se podría hacer perfectamente sin que ningún capullo te estropee el día como esos que te has encontrado tú. 😀

    Por cierto: esas deportivas se parecen horrores a las mías. xD (pero en azul).

    Besos.

  2. oye, igual deberías dejar de correr, que te pone de mal humor!! con lo bonito que es el campo…

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