Operación bikini

Ay, la operación bikini. Reconozco que mi fenotipo de piel no ayuda mucho, que a estas alturas de la primavera hasta las endivias tienen mejor color que yo.

Llega la semana santa, y con ella los madrileños huimos en manadas a la playa, invadimos las costas y nos instalamos en las hamacas de los chiringuitos aunque sea tapados con mantas, boqueando por un rayito de sol.

Tenemos un mono de sol y mar enorme, sobre todo al final de este invierno que ha sido frío, húmedo y hasta nevado.

En mi caso,  lo de las mantas no es coña, porque soy friolera hasta la médula. Hoy soplaba levante, y aunque hacía un día espléndido, no se aguantaba en la tumbona simplemente con un bikini. Los pocos habitantes del chiringuito parecíamos momias, envueltos en sudaderas y cazadoras, y con las toallas tapándonos las piernas.

Menos la mala bestia tártara de mi hijo, que se ha metido en el agua y no ha salido hasta pasados 15 minutos. Animalico. Eso sí es genético, porque exceptuando cuatro franceses  enfundados en neopreno que iban de rodillas en sus tablas de windsurf remando hacia sabe Dios dónde, era el único humano que se atrevía a meterse en el agua. Luego salía y -helado como un polo de limón- procedíamos a cambiarle el bañador, y plantarle una sudadera con capucha, hasta que entrase en calor. Porque encima el tío es un “huesetes”, como me llamaba a mí mi abuelo, es alto, larguirucho y fibroso. Pasado el mediodía, después de comer, ya se podía uno despelotar, y se aguantaba perfectamente en la hamaca, holgazaneando al sol.

Esto de la tumbona me permite curiosear los periódicos con tranquilidad. Hoy, me entero de que una periodista -presumiblemente loca- se ha enfundado en un corsé y se ha dedicado a describir su experiencia durante toda una jornada de trabajo. Ahí estamos, que campeona. Y porqué tanto sufrimiento, digo yo. Que el corsé, si eso, se lo pone una para veladas románticas o circunstancias asimilables, pero no para conducir, lavar al perro, pegarte carreras entregando ofertas o hacer la compra. Vaya sandez. A ver si la señorita escarlata encorsetada hacía algo más que abanicarse con magnolias a la luz de la luna. Y va esta nécora y se empeña en hacer una especie de gynkana. Bueno, vale, es cierto que también hay una carrera sobre tacones que se celebra en nueva york, pero coñe, que no va de eso la cosa.

Qué tendrán las revistas en primavera, que consiguen deprimir a la más pintada: su objetivo es dejarte bien claro que tu guardarropa es una castaña, y vaya si lo consiguen. Nos se cómo lo harán, pero la ropa de la temporada pasada parece un trapo viejo comparado con las novedades, los tonos no combinan ni de coña (cómo coño consiguen dos turquesas que no peguen entre sí??), los accesorios son radicalmente diferentes, los collares se llevan grandes, los pendientes largos, los cinturones anchos y bolsos pequeños, y al año próximo, exactamente al revés y en otros colores, en fin, que los gurús de la moda consiguen grabarte en las meninges que cada temporada NECESITAS comprarte cosas nuevas. Como soy perra vieja, no pico, he aprendido a tener un fondo de armario decente -gracias sobre todo a las ventas on line- y picar alguna cosilla de temporada que actualice el look. Y ya está, paso de comprar cosas que al verano siguiente “cantan” de puro rancio y huyo como de la peste bubónica de los colores “de moda”.

Por si tu armario fuera poco motivo para la desazón, te bombardean con los argumentos estéticos de siempre: los culos (representados por fotos de niñas de 13 años), la celulitis, el láser vela, la mesoterapia espacial, los rellenos de hialurónico, las super-tetas, el po-tox, y los estiramientos. Resumen de su mantra: convencerte de que tienes el cuerpo hecho una mierda, y una cara que no saben cómo te atreves a salir a la calle con ella, y que necesitas con urgencia la ITV pre-primaveral, una revisión completa de bajos y juntas de culata y pasar por todas las máquinas de los institutos y clínicas estéticas para tener una pinta decente. Todas las primaveras igual, casi estoy por llevarme a la playa las memorias de Nabucodonosor para no pillar una depresión nerviosa. Qué pesadilla.

Y encima, las tiendas de Marbella, que casi mejor ni entrar. Algún cambio curioso esta temporada; han cerrado el Zara de puerto banús (ooohhh…), y han abierto un Marks&Spencer en La Cañada, que pese a su estilo inglés y pelín rancio, tiene cosas que están muy bien, sobre todo la lencería (geniales las medias) y la ropa de niña (qué monos los bañadores). A mí el Zara me gustaba porque estaba justo enfrente de unas tiendas carísimas, donde no podías comprar ni las etiquetas del maniquí; pues bien, tras deprimirte por tu insolvencia, entrabas en Zara y te llevabas los tops y camisetas de cuatro en cuatro. Lástima de terapia.

En cuanto al M&S, lo he descubierto hoy, al salir del cine, donde hemos llevado a los enanos a ver Como entrenar a tu dragón, en 3D, y han salido flipando a colorines. Cómo se lo han pasado, no sólo ellos, sino todos los peques del cine. Era cachondo oírles gritar cuando las imágenes se acercaban.

La verdad es que la peli es entretenida, y está bien hecha, me ha encantado. Y vaya diferencia con el 3D de los antiguos y gloriosos tiempos de aquellas gafas en verde y rojo, en los que salías del cine tropezando con tus propios pies.

Me va a tocar currar, ese es el único punto negro. Y estoy vaga perezosa total, al menos me he propuesto correr todos los días, a ver si lo cumplo. A mí el nivel del mar me deja con la tensión por los suelos, sólo me apetece dormir y zampar. Claro, así vuelvo yo a los madriles, rellenita y perezosa como yo sola. En fin, ya tendré tiempo de estresarme, que a mí la estepa me pone como una mona.

Silcas

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