Gestión de manadas

Deberían existir cursos de economía doméstica de examen obligatorio para todo aquel que pretenda criar humanos. Que digo yo, que si me propongo montar -por ejemplo- un criadero de chinchillas deberé estar en posesión de determinados conocimientos aunque sólo sea por conseguir la ISO; qué comen, cuántas horas duermen, cuidados médicos básicos, y un sinfín de detalles que van desde el tamaño mínimo de la jaula a los entresijos sociales de los mencionados animalitos, comenzando por si tienen la inquietante costumbre de matarse entre ellas a dentelladas si se ponen juntas o no. Aquí, cualquier pareja humana que tenga intención de tener descendencia no recibe la menor instrucción en cuanto al manejo técnico de cachorros humanos, y prácticamente dependen de la crianza que la hembra de la pareja haya recibido de su madre -la cual podría tener sentido común o no- y de la buena disposición del macho, el cual tiene una alarmante tendencia a dormirse como un lechón en cuanto se instala en la hamaca de la playa.

Hace dos días tuvimos visita playera; nuestros primos de Zaragoza, él, ella y sus 4 vástagos. Hasta ahí, todo bien, nada que no se resolviera con un poco más de pollo empanado, croquetas y unas raciones de nuestras amigas las Cuchis. Con lo que no contábamos era con sus acompañantes; sus hermanos: él, ella y sus 5 criaturas. La leche. Trece humanos se dirigían a toda velocidad hacia nuestro inexpugnable feudo de Puerto Banús, en sus respectivos manovolúmenes. Por supuesto, se perdieron en la salida de la autopista, y Cónyuge A consiguió rescatarlos en la rotonda de acceso a puerto banús y enfilarlos hacia la playa de las Cuchis, concretamente hacia un  chiringuito con hamacas que estrenábamos este año.

Y ahí estaba yo, envuelta en mi cazadora vaquera -joer, lástima de día, el ÚNICO que ha hecho un poco de frío y nubecillas variadas-, en pose idéntica a la de la señora de Gladiador, con la mano haciendo de visera y oteando con paciencia el horizonte a la espera de su fiel esposo. Y no, no llegaban. Acabé volviendo a acurrucarme en mi hamaca. Mis hijos, con mas moral que el alcoyano, se habían aposentado en la zona limítrofe de la arena y me iban retransmitiendo la jugada. Mamá, que ya han abierto el maletero, pero no salen!! Muy bien hijo, será que los tienen amarrados dentro para que no se escapen. Anda, vuelve a ver. A los 1o minutos, Mamá, que ya se están bajando de los coches, ya vienen!!! Poco a poco, cuales huestes de atila, iban desfilando sobre la arena; los 4 adultos arrastrando unas bolsas de tamaño más bien considerable, una adolescente, dos bebés menores de 12 meses -uno de ellos en sillita- y el resto, criaturas de uno y otro sexo  de altura y peso variable que oscilaban entre los 3 y los 12 años de edad.

A la hora de comer, y dado que con semejante volumetría encajábamos mucho mejor en la categoría “bodas y banquetes” que en la de reservas corrientes, optamos por comer en las tumbonas para poder vigilar a la jauría; los peques bocatas y pollo empanado, y nosotros unas racioncitas variadas junto con un vino blanco estupendo que te ponen en una cubitera. De postre, mojitos. Bueno, hubo una que pidió un cortado, pero enseguida entró en razón. No quedaron ni las galletas, zumos y chuches que llevábamos para la merienda, porque los enanos se lo trapiñaron TODO!!

En realidad, el único estrés era controlar a tanto crío, cada uno con una trayectoria errática, excepto la solitaria adolescente, que acunaba pacientemente a uno de los bebés. El resto, corría, jugaba, se remojaba, se clavaba astillas en los pies o se metía arena en los ojos, tropezaba, se rebozaba como las croquetas, gritaba, lloriqueaba, moqueaba y todo tipo de acciones aleatorias que suelen realizar los enanos en edad escolar.

De pronto me giro y veo a una enana de 12 meses jugueteando con sus manitas llenas de arena… ¡¡con mi blackberry recién hurtada de mi bolsa de la playa!! (esas bolsas pesan dos toneladas y que llevamos las mamás LLENAS de todo tipo de cosas aparentemente inútiles, como bakugans, gormitis, docenas de conchas, kleenex, toallitas, cuentos de blancanieves, restos de chicles y sabe Dios qué más).

Una de las cosas que debería comercializar algún sesudo -porque la tecnología propiamente dicha, ya existe- es una pulsera que lance una alarma a nuestro móvil cuando el vástago se aleja más allá de una distancia previamente programada. En el caso de los adolescentes, debería incorporar la posibilidad de soltarle una descarga moderada de voltios cuando se retrasan en la hora de la llegada a casa o cuando se hacen los longuis a la hora de coger el móvil (que pooor supuesto tiene cobertura y saldo de sobra para atender las llamadas de sus padres).

A eso de las 6 decidimos retirarnos de la playa y -previo paso por urgencias para revisar a una de las peques, que tenía fiebre- realizamos un honrado intento de dar una vuelta por el paseo marítimo de Marbella, pero se quedó en eso. La manada visitante decidió replegarse a sus cuarteles en Málaga y nos dejaron abandonados a los pies de nuestro restaurante favorito, donde procedimos a cenar con tranquilidad.

Luego, procesión marbellí: mi hijo, encaramado en una barandilla y agarrado a la farola, me avisa con entusiasmo de la proximidad de cada Paso. ¡¡¡Mamá, mamá, ya viene, ya viene la Virgen con sus “compinches”!!! Hijo, por favor, cofrades no compinches!! La señora de al lado lloraba de risa. Mi hija; Mamá, ¿porqué hay niños? Y mi hijo empeñado ¡¡mamá, ya vienen los generales! (si es que le sale el alma rusa: todo es intenso, bélico o dramático; entre los compinches, los generales y los enmascarados, esto más que la procesión del Cristo del Calvario parece el cuartel general de Atila)

Hoy, otro insoportable día veraniego. Caramba, qué suerte hemos tenido este año con el tiempo. Mañana, playita, y después de comer, a Madrid.  Qué pereza. Pero en fin, más pereza da viajar y al día siguiente, ir a currar.

Silcas

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