Operación Ciénaga

Son las 20:00 y declaro finalizada la Operación Ciénaga.

Desde las 16 hs hemos estado desbrozando, trasplantando, tirando, podando, destruyendo y limpiando el repugnante espacio supuestamente denominado terraza para convertirlo en un espacio digno de pasar la cédula de habitabilidad.

Ecosistemas enteros han salido por la puerta, en fila india o en manadas. Las plantas muertas han sido eliminadas, los rosales trasplantados en macetas de barro, y las flamantes jardineras han recibido con júbilo a sus nuevos huéspedes, cuatro geranios que -a falta de pelargonios, no he podido encontrarlos- han pasado a formar parte de nuestra plantilla de seres vivos en nómina.

No hay nada que motive más que pasar por verdecora o por un vivero a comprar tres plantujos, dos cuadros y tres velas, porque al final, aunque sea por verlas colocadas, te suponen una cierta motivación para la PALIZA de la muerte que supone poner la terraza en orden tras el invierno. Madre de dios, qué de mierda ha salido del suelo. He tirado de todo, sin piedad, la inútil manga de riego, velas cochambrosas llenas de polvo, macetas de plástico con restos de ser vivo, mugre y más mugre. Han salido por la puerta algo así como diez bolsas de basura, macetas rotas y la dichosa estantería metálica que llevábamos arrastrando de mudanza en mudanza, vaya trasto inútil -y feo de collons, todo hay que decirlo-.

Esta noche la estrenamos con una copita, eso sí; con manta zamorana, que la sierra madrileña no está como para cenar en la terraza, aún no. Pero cuando comience la temporada, esto es una maravilla. Cómo me alegro de no haber cerrado la terraza, por eso de arañar unos pocos metros a una habitación. Es media vida, poder salir a respirar aire fresco, o cenar con la compañía de los pajaritos.

De algún modo, mis ancestros agrícolas prevalecen y se notan. Me cuesta tirar una planta si veo que está viva (y no, no soy nativa del planeta de la película Avatar, es que os juro que noto cuando una planta está muerta, aunque tenga hojas verdes).  Qué pena me ha dado la enredadera; no soportó el crudo invierno tras casi 7 años de resistencia a las heladas y las nieves. La trajimos cuando era apenas un brote, recuerdo vivo de la casa solariega de mi marido allá por tierras mañas, el último recuerdo de sus días felices de los veranos de su infancia. Y no, no sobrevivió. Lo supe esta primavera; inmediatamente. Los cabrones de los rosales, que echan de todo menos flores y que sobreviven a los pulgones estaban comenzando a brotar, las malas hierbas comenzaban a pulular por doquier, medrando en las macetas llenas de alelís y geranios fosilizados. Y la enredadera, no. Silenciosa y contraída. Comprendí al instante que ya no estaba entre nosotros. Hoy lo hemos constatado, arrancando con facilidad las ramas que cruzaban por el techo de la terraza (asombroso, lo rápido que brotó y que se acomodó al lugar). En su lugar hemos puesto uno de los rosales -peaso cabrón incombustible que no echa flores así lo maten, ¿¿¿será marica???-. El olivo de la esquina, otra reliquia que brotó de un hueso de aceituna arrojado descuidadamente en una maceta. Ahí está, como un campeón. Vamos a tener que buscarle alojamiento en tierra firme, porque este plantujo en maceta no aguanta.

No soy capaz de hacer jardinería con guantes, no sé porqué pero no puedo. Es como coser con dedal o fregar con guantes, tampoco. Así termino, claro, con las manos de los labriegos de la señorita escarlata y las uñas llenas de tierra -que no mugre, es bien distinto-. Después de lavarte las manos, te las miras y están llenas de arañazos, astillas y pinchazos que no llegaste a notar mientras desbrozabas el cepellón de un rosal con las manos. Parece mentira cómo hay plantas que resisten y otra, aparentemente más fuertes, no. La clavelina, que amaneció un día con tres dedos de nieve. Quemada, me dije, esta planta se me ha quemado enterita. Y no. Es cierto que tiene algunas mochas marrones y cierta pinta de ente extraterrestre, pero al final, ha vuelto a brotar y a echar sus flores con insultante afán de supervivencia.

Aquí os paso algunas pruebas de cómo ha cambiado la ciénaga. Ahora sólo nos queda contratar algún destructor de madrigueras que nos pinte la casa y pensemos qué hacemos con la cocina, que eso no es la ciénaga de Shreck, es el despacho del notario de drácula. Joder, cómo la odio. Os recuerdo cómo estaba la terraza antes de meterle mano:

La Ciénaga, antes.

Y así es como ha quedado, a falta de algunos retoques, como llenar dos jardineras (son enormes, las joías)

Y con esto y un bizcocho, voy a desmayarme un rato, que estoy mayor.

Silcas

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