Emergencia!

Joder con los simulacros. Y menos mal que tenemos contactos criminales por aquí en la organización y algunas privilegiadas estábamos avisadas de que HOY, Dios mediante, iba a tener lugar un simulacro de emergencia en nuestras oficinas.

Esta mañana, tranquilamente, a primera hora, andábamos tres compis en el zulo que compartimos para vender motos, en espera de la hora del simulacro de emergencia de la muerte total.

Yo ya andaba dando la plasta desde primera hora. Que vámonos a tomar un café, que luego se pondrá el gallinero que no veas, no habrá quien salga. Y no, no me hacían caso. Hasta que escuchamos una alarma de incendios, claramente indicativa de que comenzaba el magno evento donde demostraríamos nuestra calma y buen estilo abandonando tacon en pie y bolsito en mano, nuestros puestos de trabajo, ordenadamente y con calma.

Cojo el bolso, la gabardina y abro la puerta de salida, que está a dos metros y tres centímetros de mi silla en diagonal.

Y no, no pude salir porque una cortina de humo brutal me bloqueaba la salida, joder, estos de Prevención, cómo se lo curran, con efectos especiales y todo. Aún así, con tal de no unirme a las mil quinientas personas que abandonaban en ese momento sus puestos de trabajo, hice un intento, pero imposible. Aquí no hay quien respire. Cerré la puerta y me volví por donde había venido.

Y allá que nos fuimos, a la campa a hacer cola para bajar por una estrechísima escalera junto con otras tropecientas personas. Hala, ahí estamos, todos y todas en fila india, que no quiero ni pensar si hubiera fuego en algún rincón del lugar. La gente saltando por las ventanas, pronostico. Tardamos una burrada en salir. Y eso que era el primer piso. Nos hubiéramos achicharrado fijo, o bien hubiéramos muerto aplastadas en las escaleras junto con el resto de gallináceas que huían de la campa.

Así pues, he optado por trazar mi propio plan de evacuación, que consiste en no pisar esta trampa mortal de oficina a base de andar libre por el campo viendo clientes, que es para lo que me pagan. O bien -si tengo la desgracia de que me pesque aquí, in situ-  agarrar la puta encuadernadora metálica, que pesa como un mulo muerto y atizarle una buena leche a la cristalera de mi zulo, procediendo luego a realizar un ágil salto sobre los arbustos al más puro estilo Sandokan. Mira, si al final, el puto cacharro va a servir para algo, y todo. Como mucho, me rompo una pierna, pero prefiero eso a morir en una piña de 200 gallináceas todas ellas cacareando llenas de horror.

Que muerte tan poco glamurosa…

Silcas

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