El hombre y la tierra

Esos bonitos documentales de Félix Rodríguez de la Fuente… esas ginetas, buscándose la manduca diaria, el LOBO, con mayúsculas, el perseguido e incomprendido lobo… el afán por la supervivencia, la lucha diaria, el ritual de la reproducción… todo eso y más me venía a la cabeza ayer por la noche mientras tomábamos copas -o eso parecía- en los garitos de Madrid.

Tuvimos suerte con el taxista del viaje de ida hacia el restaurante, y él tuvo suerte con nosotras, porque se descojonó tanto con nuestras conversaciones que se despistó del trayecto dos veces, y terminó haciendo un trompo para no volver a pasarse la calle. Aún así, nos dejó su tarjeta para que le llamáramos por si necesitábamos de sus servicio “miedo me da -decía-“, “y eso que aún no llevamos copas encima, respondí, eso sí que debería darte miedo”. Cuando salimos del italiano, llamamos al “Mambo Taxi”, que esto parece la peli de almodóvar, mientras algunas íbamos en coche.

Primer garito, Tex Mex. Barra, gintonic y tal, y entonces, sólo entonces, comienzas a mirar a tu alrededor. Me cago en la leche. Pero tía, le digo a mi amigota, nos miran mucho y no es por el escote, es que nos hemos metido en la puñetera guardería!!!!  Efectivamente, la mayor de las criaturas no llegaba a los 30, pero mira, estamos las seis juntas, nos reímos, a nuestra bola, y al menos el bombay saphire es bombay saphire, que era mi mayor temor. Aún recuerdo con espanto aquellas cogorzas de los felices 90, qué barbaridad, las bombas que te llegaban a meter en el cuerpo.

Sin embargo, dado que la pedofilia no entraba en nuestros planes, decidimos acudir a hábitats y ecosistemas un poco más aptos para nuestra edad, y que al menos, no destacáramos claramente como especímenes un poco lerdos que se han confundido de sitio. Como la canción, ¿qué hace una chica como tú en un sitio como ésteeee? que clase de aventura has venido a buscaaar? Pos ninguna, chato, que yo salgo de aquí como alma que lleva el diablo, que todavía tienes manchas del biberón de las 8 en la pechera…!!! Ñiiiuuuu….

Así que -tras sufrir dos bajas por parte del grupo, lo cierto es que ya eran casi las 2 de la mañana- aterrizamos en el Déjate Besar. La ORDIGA. Pero ésto qué es?? Tras esperar diez minutos en la puerta -la última vez que hice cola en un garito fue hace 20 años como poco- avanzamos en el antro o caverna, porque aquello se parecía más a la cueva de los australopitecos que a un bar de copas. La leche. Medio madrid estaba allí, apelotonao y espachurrao, pero joder, qué gracia tiene que te pisen, aplasten y estrujen??? si el tío está bueno, pues vale, pero si se trata de una churri fea y maloliente  la cosa cambia.

Pedimos las copas tras proteger a la hembra más bajita del grupo, que corría el serio peligro de ser aplastada por un grupo de treintañeras en evidente estado de celo y embriaguez, y nos retiramos a la esquina más distante del centro de visionado reproductivo y selección de parejas. Espeluznante. Sobre todo, la peña miraba, porque entrar, lo que se dice entrar, no entraba nadie a nadie. Yo creo que porque aunque quisieran no podían moverse de donde estaban. Nuestro escaso grupo de 4 hembras estaba guarecido al final de la barra, al lado de unos asientos tapizados en rojo pasión, con dos parejas a un lado, dos neandertales con poco pelo a nuestra espalda y un raro grupo formado por dos vacas, un mono capuchino y un tío que estaba francamente decente, visto lo que había por allí.

Ibamos apurando la copa, yo preguntándome qué hacíamos allí, con lo bien que se está en casa cantando karaoke o comiendo pipas o realizando cualquier otra actividad diferente a la de estar pegando codazos al resto de las hembras, que estaban más bien agresivas frente a cualquier tipo de competencia.

En un descuido del mono capuchino, que levanta el trasero del asiento, mi hermana y yo nos ubicamos en dicho sitio para descansar las pezuñas, justo pegadas a la manada en cuestión. En ese momento, la foca monje, que trataba por todos los medios de llegar a los asientos arrasando con todo lo que pillaba a su paso, cae con todo su peso sobre mí, espachurrándome contra la pared y dejándome encajada entre mi hermana y su culo. Joder, chica, tranquila, calma; tú ganas y yo pierdo, me pongo de perfil y consigo escurrir el bulto antes de acabar muriendo por asfixia.

En otras circunstancias, habría utilizado el tan socorrido truco de ponerle un pitillo en el culo, pero como ya no fumo no pude, y además dudo que se enterase de la maniobra porque la grasa -que yo sepa- no tiene terminaciones nerviosas. Además, que a mi eso de competir con otras hembras nunca me ha ido, pero menos aún ahora, que tengo mi propia manada y aquí no se me ha perdido nada, así que agarramos taxi de vuelta a casa, y a la muy respetable hora de las 04:00 zulú, aterrizamos en el hogar, donde los machos alfa de nuestros respectivos clanes acababan de terminar la partida de póker.

Hoy, a las 09:30, me despierto. Y se acabó el dormir. Joder qué sueño tengo. Al menos, gracias a dios, resaca cero (ya he comprobado que el nivel alcohólico provocado por cena con vino y dos gintonics flojitos es mi límite para no asesinar focas monjes, pisar monos capuchinos o ponerme a hablar con búfalos descerebrados)

Ouf. La próxima me pongo las botas de montar a caballo y me llevo un alfiler de los que usaba mi abuela para sujetarse la mantilla. Se van a enterar, éstas, de lo que es la supervivencia del más fuerte. Que me han pillao desprevenida, caramba.

Silcas

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