Un cuento

Del blog de mi amiga Jugue tomo prestada esta bonita historia…

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Hoy os quiero contar, más que un cuento, un romántico y viejo romance anónimo, que a medida que pasa el tiempo, más me conmueve y mejor comprendo…

Él se levantó del banco, alisó su ropa y estudió a la muchedumbre que hormigueaba en Santa Justa.

Buscaba a la chica cuyo corazón conocía, pero cuya cara no había visto jamás, la chica con una rosa en su solapa.

Su interés en ella había empezado trece meses antes en la Biblioteca de un Instituto. Al tomar un libro de un estante, se sintió intrigado, no por las palabras del libro, sino por las notas escritas a lápiz en el margen.

La suave letra, según él mismo contó, reflejaba un alma pensativa y una mente lucida. En la primera página del libro, descubrió el nombre de la antigua propietaria…

Invirtiendo tiempo y esfuerzo, consiguió su dirección.

Le escribió una carta presentándose e invitándola a cartearse. Al día siguiente, sin embargo, fue destinado a Barcelona.

Durante el año y el mes que siguieron, ambos llegaron a conocerse a través de su correspondencia.

Es hermoso sentirse protagonista de un romance de la generación de los poetas, en el siglo de la tecnología. Cada carta era una semilla que caía en un corazón fértil; un romance comenzaba a nacer.

Él le pidió una fotografía, pero ella se rehusó.

Ella pensaba que si él realmente estaba interesado en ella, su apariencia no debía importar; y esta vez, no cedería como siempre había cedido en historias anteriores surgidas de encuentros casuales vía internet… Esta vez no… Se trataba de un romance a la antigua… ¡Era una romántica insufrible!

Cuando finalmente llegó el día en que él debía regresar, ambos fijaron su primera cita a las siete de la noche, en la estación.

Ella escribió, absolutamente inmersa en su papel:

“Me reconocerás por la rosa roja que llevaré puesta en la solapa.”

Así que a las siete en punto, él estaba en la estación, buscando a la chica cuyo corazón amaba, pero cuya cara desconocía.

Él relata:

“Una joven venia hacia mí, y su figura era armoniosa y suave. Su cabello caía hacia un lado en semiondas, sobre sus delicadas orejas; sus ojos eran marrones como almendras. Sus labios y su barbilla tenían una firmeza amable y, enfundada en su traje verde claro, era como la primavera encarnada.

Comencé a caminar hacia ella, olvidando por completo que debía buscar una rosa roja en su solapa. Al acercarme, una pequeña y provocativa sonrisa curvó sus labios.

“¿Vas en mi misma dirección?” murmuró.

Casi incontrolablemente, di un paso para seguirla y en ese momento vi a otra dama.

“Estaba parada casi detrás de la mujer de verde.

Era una señora de más de cuarenta años, con cabello entrecano que asomaba bajo un gracioso sombrero. Era bastante llenita y sus pies, anchos como sus tobillos, lucían unos zapatos de tacón bajo.”

“La chica del traje verde se alejaba rápidamente. Me sentí como partido en dos, tan vivo era mi deseo de seguirla y, sin embargo, tan profundo era mi anhelo por conocer a la mujer cuyo espíritu me había acompañado tan sinceramente y que se confundía con el mío.

Y ahí estaba ella. Su faz pálida y regordeta era dulce e inteligente, y sus ojos grises tenían un destello cálido y amable. No dudé más. Mis dedos afianzaron la gastada cubierta de piel azul del pequeño libro que haría que ella me identificara. Esto que siento, quizá, no sea amor, pensé, pero es algo precioso en todo caso; algo quizá aún mejor que el amor: por lo cual yo estaba y estaré siempre agradecido.

La saludé y le extendí el libro a la mujer, a pesar de que sentía que, al hablar, pudiera delatar el reciente desconcierto, y mi duda, ante el innegable desencanto, que dio a lugar mi error y la inevitable comparación, entre el bellísimo aspecto de la dama de verde, que dejé pasar, y el suyo, por el que opté, conocedor de la esencia que guardaba aquel envase sencillo en su forma, que era su cuerpo.

“Soy fulano de tal, y tú debes ser zetana de cual. Estoy realmente contento, que finalmente hayas podido venir a nuestra cita. ¿Puedo invitarte a cenar?”

La cara de la mujer se ensanchó con una sonrisa tolerante:

“No sé de que se trata todo esto, fulano de tal,” respondió, “pero la mujer del traje verde que acaba de pasar me pidió que pusiera esta rosa en la solapa de mi abrigo. Y me pidió que si tú me invitabas a cenar, por favor te dijera que ella te está esperando en el restaurante que esta cruzando la calle.”

Fin.

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