Animales de compañía

No, no voy a hablar del pulpo, animal de compañía por excelencia, sino de los animalitos de dos pies y cuatro patas que nos encontramos ayer por el mundo.

Teníamos noche de casino, que consiste básicamente en que los churris, que son los que saben, se dedican a apuntar números que van saliendo en la ruleta, deciden estrategia de juego y apuestan, y generalmente ganan lo suficiente para cenar en el bufet del Casino, que es bastante presentable. Mientras, las tres marías nos apostamos en la barra con unas cervezas y patatas fritas y contemplamos el panorama. Es encantador, el Casino. La virgen, cómo se viste la peña. Pero que no vas a la boda de tu tía Enriqueta, por dios.  Dónde irá esa con Mantón de Manila!! y encima blanco. Pues anda que aquella otra. Una octogenaria, con peluca pelirroja ataviada con un vestidito corto de Custo, perfecto para una quinceañera, no para una bisabuela que además se inclinaba sobre la mesa para colocar sus fichas y nos enseñaba sus blancas y esqueléticas piernas y parte del culo, que había arramplado con toda la celulitis de la provincia. Dios qué grima. Así estábamos, entretenidas criticando al personal, que es el deporte favorito de las churris mientras los gachós se ganan el parné para poder hincarle el diente a los platos del bufé.

Pero ayer no les acompañó la suerte. Los veíamos desde la barra, cuales almas en pena, apostando una y otra vez, y palmando el patrimonio familiar y conyugal, rodeados del frente de juventudes, la gran reserva y el club de las panteras grises. Vaya peña la que había en la mesa, qué colección de glorias. Y allí estábamos las tres, cerveza en mano, observando y comentando la jugada. Huy, que ha salido el 28, ese nos viene bien, no? Pues no. ¿Pero no decías que íbamos a 30 y “vecinos”? Sí, pero ese precisamente NO es vecino, está justo en la otra punta de la ruleta. Ah. Vale. Con lo que ignoramos de la ruleta se podría llenar una piscina. De pronto, comienzan a salirles los números. Hacemos ademán de irnos a dar una vuelta. Que no, que no os vayáis, quedaos ahí sentaditas y a ser posible con la pata cruzada en la misma posición, que ahora empieza la racha, a ver si os vais y se nos jode el invento. Y cuándo se supone que cenamos, que son las 11 y tenemos más hambre que el perro de chewbacca. Nos acercamos al bufé a pedir mesa. Nos dan el nº 177. Van por el 157. Ah genial. Casi que podemos ir mirando cuándo cierra el telepizza, que entre la suerte de éstos y el overbooking, no cenamos.

Tras perder los gallumbos, nos  vamos a cenar (qué malo el bufé del lado de la izquierda, joer, nada que ver con el del otro lado ) y entonces las churris decidimos tomar una copa mientras los cónyuges hacían un último intento al blackjack. Y mira tu por dónde, comenzaron a ganar algo de pasta, que hizo que por lo menos no salieran del casino con la cabeza gacha.

Llegamos a casa a las 2 de la mañana, para encontrarnos con que teníamos visita, un murciélago había entrado en el salón y totalmente despistado, giraba dando vueltas buscando una salida. Fantástico. A ver cómo leñes se atrapa un murciélago, o al menos, se le echa fuera. Ni de coña. Ahí estaba,el  draculín, girando desesperadamente y moviendo las alitas. A ver si hay suerte y es el Cullen, que se ha colado en casa.

Va a ser que no. Opto por cerrar la puerta del salón y meterme en el sobre, paso del bicho con alas, que haga lo que le venga bien, y ya veremos si mañana el perro se lo zampa o no. Cónyuge A, preocupado. Oye, que estos bichos transmiten la rabia, a ver si la perra lo va a atrapar y tenemos un disgusto. Claro. Me imagino a la perra con capa de superman volando rauda en pos el bicho, atrapándolo con sus fauces y cogiendo la rabia por mordisco de murciélago. Pues mira, precisamente la perra es la única que está vacunada, así que no hay problema, que haga lo que quiera.

Vuelve cónyuge A de sacar al perro con otra historia de terror. Que hay un jabalí suelto por las praderas, y que el Seprona y varios osados y corpulentos vecinos armados con palos casi palman del susto al ver a nuestra perra girando una esquina. Claro, como es tan enoooorme el chucho. Tiene una pinta de jabalí que te cagas, sobre todo por la enorme lengua que le cuelga al lado de las orejas. Joer con el Seprona, vaya con los hombres de harrelson. Y vaya vidilla que tiene esta urbanización en cuanto cae la noche.

El chucho es un braco alemán, una raza especializada en la detección de jabalíes. Estos bichos suelen bajar en verano y se cuelan por los muros que nos separan del mundo de la fauna ibérica, para destrozar las praderas de césped y hozar en las raíces, que es lo que les mola. Cuando nuestra perra localiza a uno de estos ejemplares, se para en seco y se queda tiesa como un palo apuntándole con la pata. Cuando eso sucede una noche de verano a las 3 de la mañana y apunta a un arbusto oscuro y mal iluminado, sencillamente te haces caca encima. Porque una cosa es que lo detecte y otra que sepa cómo coño meterle mano a un jabalí en pleno ataque, no digamos si es una hembra con su piara.

En fin, que entre el murciélago, el jabalí, la colección de hormigas invasoras que entran desde la terraza y la población del casino, esto parece Jurassic Park.

Ya veremos si el murciélago sale esta noche de su escondite y se dedica a girar sobre el salón. Si sucede durante el partido, no quiero ni pensar en lo que hará mi suegro con él. Se lo echará de comer al pulpo, supongo.

En fin, que Dios reparta suerte y que ganemos el mundial.

Silcas

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