Demolition women

Al menos ya se me han desengarfiado los dedos, y las ampollas de mis manos no me molestan demasiado para escribir en el teclado del portátil. Como tampoco me quedan uñas, es más fácil teclear.

Joder con el rodillo, el pincel, la cinta de carrocero, los guantes, los monos y -sobre todo- la puñetera y jodida alargadera de rodillo de leroy merlin, que se jodió en el momento uno y nos obligó a sacrificar el palo de la escoba y el de la fregona.

Igual que en  “Esta casa es una ruina”, el equipo de demolición compuesto por cuatro adultos y seis niños se presentó en mi casa con la sana intención de destruir dos habitaciones hasta los cimientos, pintarlas, y luego cambiar los muebles de una a otra.

Mientras la cosa iba de sacar muebles de una habitación y enviarlas a otra, pues no había problema, todo el mundo colaboraba, incluso los tres cónyuges masculinos -entre cerveza y cerveza- procedieron a descolgar la lámpara del techo sin electrocutarse, y sacar por la puerta la cama -me pareció prodigioso que no hubiera que desmontarla-. Y tal y tal hasta que quedó el cuarto despejado.

Y entonces se produjo un curioso cambio. Los enanos, mientras se tratara de arrancar la -ODIOSA- cenefa del cuarto de mi hijo, colaboraban encantados. Pero en cuanto había que recoger restos de papel del suelo -no coló lo de “Director General de Logística e Infraestructura”- salieron pitando y se dedicaron a poner patas arriba la única habitación que quedaba practicable, es decir la de mi hija.

Bueno, mejor, total, enseguida empezamos con la pintura y mejor criaturas fuera.

JAJAJA.

Un cojón de pato.

La maldita cenefa parecía pegada con mocos de uruk-hai, porque aquello no se quitaba ni con el abreostras -cómo ha quedado el pobre, por cierto-. Probamos de todo, a darle con el secador, a mojarlo -con lamentables consecuencias para el puto gotelé, maldito invento de las narices-, hasta que optamos por retirarlo a cuchillada limpia y pintar encima rezando porque no se notara mucho. A la mierda. Por la calle de enmedio. Nos hicimos la manicura a lo bestia y gratis.

Ah, el Aquaplast, gran invento, el aquaplast. Lo adoro. Qué mono, cómo tapa las pifias variadas que poblaban las paredes de la habitación de mi hijo. Tenía más agujeros que un queso gruyere. He cogido una práctica con la paletita que no veas. Me atrevo hasta con la capilla sixtina. Ya era la una de la tarde cuando comenzamos la tarea de pintura propiamente dicha. Y ahí estábamos, las tres Demolition Women, rodillos en ristre. Al principio, con nuestros monos, gorras y guantes. A los treinta minutos estábamos currando a ritmo de ipod, reclamando cervezas a los VAGOS de nuestros cónyuges, que se habían retirado prudentemente a “vigilar a los vástagos”, descalzas, con las plantas de los pies llenas de pintura, la cara manchada de gotas y las camisetas llenas de salpicones.  Los monos protectores habían sido desechados por insufribles -joder qué calor y cómo molestan-. Y encima traspasan!! Los putos monos traspasan!!! ¿Guantes? para qué, eso es para mariconas, gato con guantes ya sabes. Total, es pintura al agua, sale fijo. Mwhahahahaha. Al agua, eh?. Aún tengo las plantas de los pies blancas, al principio daba grima pisar la pintura que caía del techo, pero al final, casi mejor así que ir arrastrando calcetines de deporte viejos llenos de pintura que acumulaban cada vez más y más, convirtiendo el suelo en una peligrosa pista de patinaje.

Aquí va una imagen del campo de batalla en que se había convertido la habitación de mi hijo. Para mayor emoción, diremos que bajo la capa de plástico, había una estupenda moqueta de lana.

Comimos pizza en dos bocados y seguimos. Lo peor, los brazos, nos íbamos turnando porque eso de pintar techos, es de lo más jodido que hay cuando se tiene una forma física cercana a cero. Y para darnos la puntilla, la pintura de las paredes era de un tono beis claro, y por supuesto, la del techo, blanca.  Así que agarre usté la brochica, y hala, a subirse al taburete y a rematar techos.

Y así, a eso de las 4 declaramos finalizada la Fase 1 -vaciado y pintado de la habitación A- y aprovechamos a tomar un gintonic, que nos habíamos quedado bajo mínimos.

Entonces, comenzó la Fase 1a, consistente en MOVER los muebles de la habitación B a la habitación A.  Aquello parecía una matrioshka, no habías acabado de mover un mueble cuando salía algo de debajo o de dentro, las cómodas pesaban como burros muertos, y eso sin contar con la cantidad de mierdas acumuladas durante años y que habían sido amontonadas por falta de espacio. Quién iba a pensar que detrás de la cortina había siete pares de botas en sus cajas. Suficientes para toda la población gatuna de mi urbanización.

Lo más acojonante, la cama de matrimonio. La desmontamos claro. Y la pasamos al recién pintado cuarto. Y así hasta vaciar por completo la habitación B, que sería objeto de la Fase 2.

Al día siguiente, apenas podía mover las pestañas. Lo peor de todo, las manos, y lo más curioso, la capa de pintura blanca que cubría mis pezuñas y no se quitaba ni de coña. Menos mal que no tengo que lucir sandalias, porque quedaría que te cagas. Esto no se quita ni con acetona, hasta pruebo con la maquinita de pedicura, que es una lima eléctrica que te arranca hasta los pensamientos. Nones. Joder joder. Voy a fundar la tribu de los pies blancos.

Pero en fin, qué mas da. Volvemos al ataque, esta vez solamente dos demolition women y algo de trabajo infantil del que prohíbe la Onu. Mi hijo se emperra en pintar. Mono al canto, y rodillo. Parece un científico nuclear enfundado en un traje anti radiación. Pero el control de calidad enseguida detecta irregularidades y lo envía fuera de la obra, desperdicia muchísima pintura -la mayoría termina en mis pies con serio peligro para mi estabilidad sobre la lámina de plástico que protege el parquet, y los trazos dejan mucho que desear. Lo sustituye su prima, que consigue unos resultados bastante más aceptables, pero que se cansa enseguida, y para remate, se ensucia el pantalón de pana nuevo para cabreo de su madre. No compréis monos protectores para pintar, son una estupidez. Mejor poneos leggins de zara y una camiseta de ExpoLearning o cualquier otra feria (para eso están, para proveernos de camisetas para trabajos domésticos).

Esta vez me como yo el techo a pachas con mi hermana. Joooder, qué barbaridad, tengo las manos y los hombros hechos un asco. Y el pelo lleno de  pintura, que me cae a pesar de la gorra, me importa un huevo, lo asombroso es que no nos haya caído en los ojos.

Parece mentira, una habitación que te parece blanca, pero que cuando la pintas de blanco de verdad, resulta color nicotina, caca de bebé o huevo podrido. Vaya diferencia. Aquí se ve a mi hijo vestido de agente Mulder, dándole caña al rodillo.

Rematamos la faena, y dejamos que nuestro ejército de demolición se vaya, agradeciendo los servicios prestados. Entonces llega lo peor, que consiste en DEVOLVER los malditos muebles que estaban en la Habitación A a la Habitación B.  Y digo lo peor, porque resulta que la habitación de destino es más pequeña, y por tanto, incluye una reingeniería total de componentes que dan lugar a discusiones totalmente aburridas y baldías. Desmontar la mesa del ordenador, lo peor. Volver a colocar el pc, impresora y escáner en su sitio, criminal.

La casa parece la Zona Cero, un campo de batalla o el zulo de un enfermo de síndrome de Diógenes. Hay mierda por todos lados. Nadie sabe dónde está nada. En pleno caos, agarro el aquaplast y me pongo a reparar la pared del recibidor. Pero no encuentro los pinceles para pintarla. Coño. A que están en la basura. Correcto. Cónyuge A, en su papel de Jefe de Demoliciones, ha cogido TODO lo que ha pillado y se lo ha llevado al cubo de la basura, incluyendo la bolsa con los trastos de pintura. Se lo hago notar, y le comento que necesito el material de obra civil, sí o también.

Vuelve cabreado como una mona y con cara de conejo después de que una vecina lo pescara con medio cuerpo dentro del contenedor rescatando los pinceles, rodillos, cubetas, cinta de carrocero y demás mierdas de pintar.

La pared está llena de arañazos del cabrón del perro, que se ponía a rascar la pared como un loco cada vez que alguien pasaba por el pasillo. Además, aquí no hay gotelé, la pintura es lisa, con un bonito efecto de estuco o de como cojones se llame eso. Los arañazos son tan profundos que tengo que emplearme a fondo, esmerarme, esperar a que seque un poco, darle otra capa. Alisar una y otra vez. Mientras se seca la pared, me animo y comienzo a darle aquaplast a todo lo que se menea, incluyendo un boquete que hizo el chispas del lugar tratando de asegurar una estantería, y vaya si la aseguró, que atravesó el tabique de lado a lado. Ya sabéis, si todo lo que tienes es un martillo, todo lo que veas te parecerá un clavo.

Pero ah, amiga, no todo iban a ser éxitos. Descuelgo el cuadro que tapa el boquete, del tamaño de un cráter lunar, lo dejo mal apoyado contra la chimenea, y mientras estoy dándole a la masilla, oigo como el cuadro cae y se rompe el vidrio en mil pedazos. La órdiga. No me inmuto. Concluyo mi obra de arte y compungida, recojo los vidrios y los meto en una bolsa entre periódicos.

Inspecciono la pared del recibidor. Está perfecta. La lijo amorosamente, y después comienzo a pintarla artísticamente. Ha quedado QUE TE CAGAS!! Soy la reina del aquaplast, la masilla no tiene secretos para la menda. No reparo en que los cristales del cuadro están en la entrada, a mis pies. Limpio algunas gotitas de pintura, y entonces, al empujar la bolsa con el dedo, me lo rebano. Genial. Hala, a por una tirita, estoy sangrando como un cerdo -o cerda-.

El resto de la tarde concluye con una sesión especial de sexo duro -todo lo que jode pero con el cuerpo en malas condiciones-, incluyendo arrastre y tumbe de tres librerías billy, movimiento de libros y enciclopedias y juguetes variados. Estamos reventados. Paso de cambiar los armarios, otro día será.

Llegados a este punto, decido que me voy a pegar un baño de espuma y aceites aromáticos de dos horas de duración para ver si por fin consigo liberar mis pies de la capa de mierda blanca -más bien grisácea- que los cubre. Y entonces abro el grifo y veo con espanto que no hay presión de agua, joder joder, meto la cabeza debajo de la ducha para -al menos- poder lavarme la cabeza aunque sea el lavao del arañao con agua fría -gélida-, me enjabono desesperadamente para tratar de eliminar la pintura del pelo y aclaro con los últimos restos.  Parezco el yeti. En este momento, llena de manchas en la ropa, con los pies blancos y  los pelos mojados y de punta, mi cónyuge piensa que he respirado demasiada pintura, o que se me ha producido un problema de riego cerebral de tanto mirar al techo con el puto rodillo, hasta que le comento que -directamente- NO HAY AGUA.

Mierda. Pero porqué cojones me pasa ésto a mí. Y mañana -hoy- a currar. Agarro una botella de agua mineral, la caliento en el microondas y me doy una medio ducha durante la cual me congelo hasta las meninges.

Y hoy he ido a currar porque tenía una licitación entre manos, esa era la excusa, la realidad es que he querido huir de la zona cero en la que se ha convertido mi hogar.

A las tres he vuelto -cargo de conciencia- y he comenzado a mover mierdas de un lado a otro, al menos he conseguido dejar lista -a falta de cuadros- la habitación A y prácticamente la B. Ahora queda lo peor. El cuarto de los trastos -futuro vestidor-, lleno de restos, cadáveres y mierdas variadas que o bien se van al sótano, o directamente a la basura.

Pero eso será otra historia, y no sé si entrará dentro de este año o será cosa de dos semanas. Lo que os garantizo es que los armarios no los va a montar la menda.

Ostras. El árbol y el belén. Que me había olvidado yo del árbol y del belén, y que ya toca montarlo.

Joder, me voy a hacer budista y que les den a todos.

Silcas

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3 comentarios

  1. Lo que no te mate te hará más fuerte… aunque tú debes de ser ya de titanio!!!

    Ánimo, campeona!!!

  2. Juas! Qué bueno!! Podrías escribir un manual de cómo pintar paredes y no morir en el intento xD

  3. Estamos hechas pa sufrí…

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