Jefes

Una vez escribí un post llamado “Quiero ser Jefe”, en relación a ciertas criaturas cuya única ambición profesional era la de mandar a otros seres supuestamente inferiores en la escala evolutiva empresarial. Y claro, semejantes seres no sólo no estaban preparados para dirigir, es que además se les veía el plumero a kilómetros de distancia. Mi actitud con estas criaturas es la de ignorar por completo sus quejicosos emails pretendiendo meterme en cintura, respondiendo al final con tal contundencia con copia a todo Cristo que se terminaban por conforman con pilotar criaturas menos problemáticas que la menda -eso sí, guardándomela en sus mugrientos calcetines para cuando se presentara la ocasión-.

Pero estaba hablando de Jefes de verdad. Hace bien poquito, se ha jubilado mi primer jefe. Dios mío, si parece que fue ayer cuando pasé por la entrevista de trabajo -con unos nervios que te cagas, me entrevistó nada menos que un comité de dirección, para un curro del montón- y comencé mi andadura procedente de una universidad y una escuela de negocios, sin tener la más remota idea de en qué consistía eso de currar. Que santa paciencia tuvo conmigo, jamás, jamás, jamás ni un mal tono, ni una mirada de suficiencia, del tipo “eres gilipollas” (cosa que me merecí doscientas mil veces). Creo que para un primer empleo (¡y para cualquier empleo!) no se puede pedir nada mejor. Ya quisieran muchos haber tenido la suerte de tener un jefe de verdad, de esos que no tienen problema en enseñarte porque sencillamente ya están de vuelta de todo, pero que te enseñan de verdad, que te dejan probar, que confían en tí, y que te enseñan a tomar decisiones. Y eso que mi curro no era precisamente de astronauta de nave espacial -era Adjunta a Dirección-, pero aún así tenía mi margen de autonomía, cosa que le agradecí siempre en el alma porque en entornos profesionales soy un puto electrón libre bastante imposible de controlar, y menos con actitudes de por mis santos huevos que pasas por el aro. A que no.

La verdad; he tenido jefes de todos los colores. Jefes, Jefas, Joputas, Japutas, Blanditos, Duros, Esponjosos, Difusos, Animosos, Sarnosillos y -en general- yo creo que he pasado por todo tipo de liderazgos -o faltas de él- que uno pueda tener.

Hasta ladrones, he tenido, gentuza que no dudaba en avasallar y amenazar con tal de hacerse con una información que no le correspondía tener en su poder. Y le mandé al cuerno. Aún recuerdo su tono “Como miembro del Consejo te exijo que me entregues el documento”. Silencio administrativo por respuesta. Me río de tí y ya puestos del Consejo que tan incautamente te ha admitido en sus filas. Ladrón. Ven a por el documento si tienes huevos.

Y echando la vista atrás, me pregunto qué es lo necesario para ser un buen jefe, y siempre me acuerdo de Manuel. Y qué poquitos hay como él. En cuanto a las tías, jamás he tenido una JEFA buena. Nunca. Lo siento, girls. La mayoría, o tienen complejo de inferioridad o -efectivamente- son inferiores. Tanto da si era una vendedora ascendida a jefa de ventas (craso error) más fea que Bob Esponja y entrada en años, como si se trataba de una ingeniera jovencita con aires de grandeza y pretensiones de escalado más allá de sus posibilidades. Puaj, aún recuerdo cómo le molaba hablar en frances bien alto por los pasillos, para que se notara -cacho palurda- que hablaba idiomas. Nécora.

Lo cierto es que para que alguien sea mi jefe, tiene que ganarse mi confianza. Es así de triste y de sencillo. Por un jefe de verdad, mato. Por uno que esté en cuarentena, y cuyas virtudes esté probando, quizá me rompa una uña tecleando, pero poco más, hasta que me demuestre que es digno de ser mi jefe. Y por los que sólo quieren trepar, aprovecharse de mi trabajo y ponerse medallas, sencillamente, no hago nada excepto preparar mi huída a tierras mas fértiles. No soy capaz de currar a las órdenes de gente que no respete, es un puñetero fastidio, y ójala pudiera ser de otra manera, pero no puedo cambiar a estas alturas de mi vida.

Por un lado me alegra que se jubile Manuel, que ya le toca disfrutar de la vida, de sus hijos y nietos y hacer lo que le dé la gana con su tiempo, con lo que ha tenido que lidiar este hombre. Por otro, me da pena que el mundo empresarial pierda a un tío como él. Ya podrían poner una escuela de Jefes, joder, y que fuera Manolo el decano. Tanto Instituto de Empresa, y tanto IESE, ya podrían hacer un programa titulado “Master en Jefe”. Y punto. Ni directores ni líderes, ni management ni CEOs, CFOs, ni demás gaitas. Cómo ser un buen Jefe. Lo malo es que para ser un buen jefe hay que nacer. Yo creo que no es fácil nacer inteligente, humilde, agradecido y empático y además ser un líder nato. Yo creo que el Jefe nace, no se hace.

Claro, que con un poco de práctica, una monja puede parecer una buscona.

Al menos le quedará la dignidad de haberlo intentado.

Silcas

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4 comentarios

  1. Estoy contigo un buen jefe pocas veces se hace, son de otra clase.

  2. Ay… cuánta razón tienes!

  3. Mi primer jefe era un gran tipo, algunos de los siguientes no tanto. Jefashe tenido un par, una mala y otra buena.
    Hay un refrán que es un tanto cruel pero que a algunos jefes les viene de perlas:

    El que siendo servilleta llega a mantel, ¡dios nos libre de el!.

  4. Y otro refrán genial: “no pidas a quien pidió, ni sirvas a quién sirvió”.
    también aplicable a jefecillos y otras especies…

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