De tomo y lomo

Llevamos ya varios días en las rias baixas y el cuerpo comienza a pedir carne. Estamos ya de pescados y crustáceos hasta las regomillas de las bragas. Nuestro insuperable José Manuel, de Casa Isolina, nos echó de comer unos manjares impresionantes: xoubas sin espinas en estofado (madre de dios qué patatas), garbanzos con bacalao, un bruñito (centollo pequeño) que tenía por ahí escondido, y unos grelos estofados. Todo de picoteo y compartido.

Hoy, día en el que hemos degustado una mariscada en La Guardia, seguida de un paseo en el ferry a Caminha, y un repaso por Valença para repostar elementos hogareños, hemos desembocado en el Carrefour de Baiona, con el objetivo de comprar algo de ternera gallega y hacerla para cenar, acompañada de esa maravillosa lechuga gallega que no encuentras en ninguna otra parte del país. Tras un infructuoso paso por el Froiz, donde lo que tenían en el mostrador deberían enterrarlo, no exponerlo al público, no me queda otra que rendirme a la gran superficie, que parece ser el único sitio donde los turistas pueden aprovisionarse sin riesgo para la salud.

A mí el carrefour de Baiona me deprime especialmente, primero porque soy carne de alcampo y en los carrefour no encuentro nada, pero es que además, éste está organizado con el trasero y encima tiene dos plantas.

Pero en fin, estamos de vacaciones, y yo en vacaciones no me estreso por nada ni por nadie.

Así que -como decía- aparezco por el mostrador de la carnicería. Es alucinante cómo lo tienen puesto, justo entre el mostrador de la carnicería-charcutería y un mueble refrigerador con los básicos de esta materia, una PEASO ISLA con embutidos. Resultado, es imposible pasar un carrito o una cesta, o circular con un mínimo de comodidad. Todo el mundo se arremolina en ese reducido espacio -zona caliente del hiper en cuestión- para esperar turno, coger una barqueta con pollo o perseguir a los infantes que huyen, todo ello aderezado con las señoritas azafatas ofreciéndote las más variadas degustaciones.

Pero bueno, qué le vamos a hacer, son las 7,30, no hay casi gente, y me atienden enseguida. La señorita de charcutería me pregunta amablemente qué quiero.

Pues mira, un par de chuletas de ternera gallega -señalo un trozo que tiene su hueso reglamentario, no por nada, es que no tienen de otro, y en el mueble refrigerado les queda un exiguo ejemplar, triste y solo como Fonseca, cortado el 18/4, si no antes.

Este trozo de canal -corte pistola-, es sonrosado, tierno y tiene muy buen aspecto.

La señorita charcutera se calza con mucha tranquilidad el guante de malla metálica, agarra el trozo de lomo con su t-bone, y con un cuchillo, comienza por separar una chuleta de tamaño medio, y hasta ahí sin problema. Luego repara en que ha llegado al hueso, y agarra un peaso cuchillo de estos de hoja grande, y ante mis atónitos ojos, comienza a SACUDIRLE UNAS HOSTIAS QUE NO VEAS, tratando de separar la chuleta del resto de la pieza a machetazos.

Finalmente, arranca la chuleta, pero el hueso se ha quedado ahí. La criatura, sudando tinta, gira la pieza hacia mí, y lo que veo es más propio de una película de gore que de una carnicería, madre de dios cómo ha dejado la pobre pieza. Le ha metido unas chufas que ni Conan el bárbaro.

Al menos ya ha conseguido dos chuletas más bien tirando a finústicas, pero veo que agarra de nuevo el cuchillo -supongo que insatisfecha por el resultado de sus maniobras- y esta vez comienza a producir una chuleta de tamaño Vilma, madre de mi vida, estoy a punto de interrumpirla y decirle que con dos me basta, y que además, no he invitado a pedro picapiedra a comer, y que deje en paz el infortunado lomo de ternera gallega, que lo está desgraciando pero bien.

Esta vez le mete un machetazo al hueso que me hace estremecer. Dios mío dios mío, cómo le digo que no quiero ese trozo de animal muerto, esta es capaz de perseguirme por todo el super con el cuchillo ese y me hace picadillo.

“Estee… oye, mira, que este trozo -no me atrevo a llamarlo chuleta- es gordísimo, que prefiero las otras dos que ya has cortado, que esto es una barbaridad”.

Entonces comienza a explicarme. “Es que con este hueso, claro, hay que cortarla así, ¿lo ve?”. Me muestra el espacio intercostal entre ambas costillas. Claaaro, entonces, de una pieza de lomo sacas CUATRO CHULETAS y ni una más.

No hija. Ese hueso, efectivamente, lo dejas cuando es un PUTO CHULETÓN DE BUEY DEL NORTE DEL PAÍS, pero no cuando estás cortando dos chuleticas de ternera normales y corrientes, que por supuesto no tienen el grosor de mis muslos.

Mira compungida el peaso trozo que ha perpetrado, mientras su compañera se escaquea bajo el mostrador.

Lo pone en un papel encerado y lo echa al montón de carne que tiene ahí, esperando ser masacrada.

Bueno, dice, alguien se lo llevará.

Ya. Vilma Picapiedra o el jefe de sección con los cuernos, cualquiera de ellos. O quizá el cabrón que te seleccionó y no se tomó la molestia de procurar que te enseñaran cómo  se trocea un vacuno con un mínimo de competencia, que tú no tienes la culpa, criaturica.

Salgo por patas a la caja, a pagar y reunirme con la unidad familiar, que espera pacientemente en el carro a que mamá pájaro vuelva con la manduca.

Uuf. Qué peligroso se está poniendo ésto de hacer la compra.

Mañana, jueves santo, volveremos a Isolina. Creo que toca bacalao. O más xoubas. Lo que sea, pero que entre por la puerta por favor, a ser posible, bien muerto.

Silcas

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Los pisaorugas

Ah, qué bonito el campo, qué linda la primavera. Qué hermoso, ser testigo de la eclosión por doquier de todo tipo de seres vivos, bichos, bichitos y bichejos.

El domingo estábamos de comida familiar -en un restaurante, que no estábamos de picnic, no vayan ustedes a pensar-,  y al volver a casa, mi hijo me viene cabizbajo, compungido y dolorido. Tiene el cuello con  una urticaria brutal. Joder, hijo, pero qué has hecho.

Estuvieron jugando en los pinares que rodeaban el restaurante y evidentemente, las procesionarias debieron ser las auténticas protagonistas de los juegos. Prefiero no pensar en qué estuvieron haciendo.

Imagino que las tocarían, espachurrarían, o simplemente putearían.

Le doy al muchacho su dosis de polaramine correspondiente, tiene la piel hipersensible y es muy alérgico al veneno de los bichos, tiene la nuca hecha una pena. Me imagino cómo estará su primo.

Cuando se estaba poniendo el pijama, viene a verme y me enseña el pie. Lo tiene hecho un globo. Lo miro. Su hermana, a su lado, disfruta del espectáculo. “Pero a ver hijo, cómo demonios te has podido hacer eso en el pie, te has rascado o te lo has tocado con las manos, o algo???” No me imagino cómo demonios ha podido ponerse así, llevaba calcetines y zapatos. Conociendo a la bestezuela tártara que tengo en mi hogar, y los antecedentes genéticos de sus ancestros, comienzo a olerme cualquier cosa. Sigo con el interrogatorio, “pero a ver hijo, ¿te quitaste los zapatos??” “¡¡¡noooo!!!”

La enana, chivata al 100%, aprovecha la ocasión: “Mamá, es que Juan -su primo- y él estuvieron pisando orugas!!” “Mentiraaa!!” salta el otro. “¡¡Yo no me quité los calcetines!!”. Hale, ahí estamos, el pie empapado en “juice d’ oruge” durante toda la tarde, bien maceradito en sustancias urticantes.

Pero será mamón. Así tenía el pie, como un dirigible.

A partir de ahora, no quiere ver una oruga ni en pintura. Si al final va a tener razón mi madre: si no es a base de golpes, no aprendes. Efectivamente. Me sé de uno que no va a volver a pisar una oruga en su vida, ni acercarse a ellas a menos de 10 kilómetros. Por no querer, no ha querido ni dibujarlas en el trabajo de “cono” de ayer”! 🙂