Los pisaorugas

Ah, qué bonito el campo, qué linda la primavera. Qué hermoso, ser testigo de la eclosión por doquier de todo tipo de seres vivos, bichos, bichitos y bichejos.

El domingo estábamos de comida familiar -en un restaurante, que no estábamos de picnic, no vayan ustedes a pensar-,  y al volver a casa, mi hijo me viene cabizbajo, compungido y dolorido. Tiene el cuello con  una urticaria brutal. Joder, hijo, pero qué has hecho.

Estuvieron jugando en los pinares que rodeaban el restaurante y evidentemente, las procesionarias debieron ser las auténticas protagonistas de los juegos. Prefiero no pensar en qué estuvieron haciendo.

Imagino que las tocarían, espachurrarían, o simplemente putearían.

Le doy al muchacho su dosis de polaramine correspondiente, tiene la piel hipersensible y es muy alérgico al veneno de los bichos, tiene la nuca hecha una pena. Me imagino cómo estará su primo.

Cuando se estaba poniendo el pijama, viene a verme y me enseña el pie. Lo tiene hecho un globo. Lo miro. Su hermana, a su lado, disfruta del espectáculo. “Pero a ver hijo, cómo demonios te has podido hacer eso en el pie, te has rascado o te lo has tocado con las manos, o algo???” No me imagino cómo demonios ha podido ponerse así, llevaba calcetines y zapatos. Conociendo a la bestezuela tártara que tengo en mi hogar, y los antecedentes genéticos de sus ancestros, comienzo a olerme cualquier cosa. Sigo con el interrogatorio, “pero a ver hijo, ¿te quitaste los zapatos??” “¡¡¡noooo!!!”

La enana, chivata al 100%, aprovecha la ocasión: “Mamá, es que Juan -su primo- y él estuvieron pisando orugas!!” “Mentiraaa!!” salta el otro. “¡¡Yo no me quité los calcetines!!”. Hale, ahí estamos, el pie empapado en “juice d’ oruge” durante toda la tarde, bien maceradito en sustancias urticantes.

Pero será mamón. Así tenía el pie, como un dirigible.

A partir de ahora, no quiere ver una oruga ni en pintura. Si al final va a tener razón mi madre: si no es a base de golpes, no aprendes. Efectivamente. Me sé de uno que no va a volver a pisar una oruga en su vida, ni acercarse a ellas a menos de 10 kilómetros. Por no querer, no ha querido ni dibujarlas en el trabajo de “cono” de ayer”! 🙂

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2 comentarios

  1. jejejeje, es que los críos son así. Lo llevamos en algún código genético por ahí escrito.

    El mío no puede evitar coger todos los bichos que ve, incluso los más asquerosos y algún día, en el pueblo, nos va a dar un disgusto cogiendo alguna escolopendra o así.

    Un saludo y buena semana santa!!!

  2. Pobrecitos, ellos y las orugas. Mi mujer es alérgica a la procesionaria, así que se que no las pisará descalza, jajaja. Que chicos estos.

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