¿Ficción o realidad?

Os traigo esta joya literaria, a caballo entre el thriller psicológico, la novela negra y la cruda realidad, especialmente recomendable para azafatas, pilotos, controladores, y en general, para todo aquel que haya volado alguna vez.

Solo os diré que vais a flipar. Lástima que sólo se pueda comprar por internet!!! porque se merecería estar en la Fnac o similar.

http://www.sietemeses.com/Libro-Siete-Meses

Lo que más me ha gustado: el personaje, que va migrando de humano normal, rutinario y en cierto modo aborregado a una bestia sanguinaria sin el menor escrúpulo, el impresionante detalle técnico de todo lo relacionado con el control de vuelos  y el ritmillo de la novela, que combina la tensión más agobiante con las plácidas memorias de la criatura en cuestión. Son muchas páginas, pero se lee de tirón.

¡Que ustedes lo vuelen bien!

Risky Business – Aválame otra vez

El lunes pasado, me encontré con la confirmación de que en mi nueva compañía, las de recepción son exactamente iguales que en otros muchos sitios en los cuales he tenido el privilegio de trabajar.

Amebas unicelulares no-complejas.

Vamos a ver, si te llega una carta de un ministerio y firmas un acuse de recibo, DIGO YO que debe tratarse de algo con consecuencias legales, no? O como mínimo, más importante que una carta normal o un catálogo de productos de oficina. Pero no. Estas firman la muerte de manolete sin temblarles el pulso. Criaturicas. Debe ser que no lo comprenden, porque la puñetera carta -contenedora de una adjudicación que estaba yo esperando como agua de mayo- se quedó criando polvo en la recepción una semana.

Cuando me la trajo una compañera con cara compungida “¿ejem, oye, el ministerio de gallináceas reunidas lo llevas tú? “Pozi”  y me la entrega con cara de “huy huy huy mal rollo”, me tuve que morder la lengua para no soltar un “cagoenlaleche” y bajar a darle un sopapo a la de recepción. Porque el plazo que teníamos para entregar la documentación vencía el miércoles. Con la citada compañera, que coincide es la super-máquina de mandangas administrativas, ponemos en marcha toda la documentación, aval definitivo incluido, para poder recogerlo el día siguiente, sellarlo y entregarlo el miércoles.

Y así fue, tras ultimar una oferta que se entregaba ese día, llega mi precioso aval, y procedo, tranquila y relajada, a ese bonito trámite de entrega de documentación para una adjudicación.

Y allá que me iba yo derechita al paseo del prado a dejar la documentación – a saber, certificados de s.social, de agencia tributaria y aval definitivo- cuando me encuentro conque el parking de las cortes está cerrado (y los muertos lo guardan). Mejor dicho, el acceso a esa calle está cortado POOORQUE los indignados de los coxxnes han decidido que es un buen día para que no pueda aparcar en las cortes y me tenga que ir a donde cristo dio las tres voces a soltar el carro. Porqué no fumigan a estos zánganos es algo que no termino de comprender.

Resignada, aparco, pongo el papelico de la hora, me doy un paseo de 15 minutos y me presento en  la caja de depósitos a entregar el aval definitivo que garantiza cualquier pifia que mi empresa pueda perpetrar en el citado contrato.

Es la una de la tarde así que confío incluso en llegar a tiempo para entregar toda la mandanga en el ministerio y olvidarme del asunto hasta que firmemos el contrato dentro de un mes más o menos.

No hay ni zeus en la caja de depósitos, así que me acerco al mostrador, toda contenta con mi documentación, a cumplir con mi crucial cometido.

La funcionaria coge el aval y lo mira desconcertada. “Este aval está mal -la jibamos tía maría-, el CIF de la entidad financiera ya no existe”. Tócate los pies. Con tanta fusión y tanta gaita, al final lo que consiguen es liarle la neurona al becario que se ha quedado en agosto haciendo copypaste de modelos de aval para el personal.

Las dos -mejor dicho tres, porque otra funcionaria aburrida decidió unirse a la fiesta- decidimos que efectivamente, un aval constituido por una entidad financiera que no existe, tiene la misma validez que un tiesto de geranios.

Entonces -póngase la musiquilla de misión imposible-, salgo por patas, me tiro encima de un taxi y lo enfilo a la oficina central de la susodicha entidad bancaria, que por suerte para mí está a 10 minutos en taxi castellana pa arriba.

Llamo a mi compañera -la máquina que prepara estas cosas- y le informo de mi penosa situación. Tras acordarse del padre de los de la sucursal, me confirma que va a llamar a ponerles un juego de pilas para que lo arreglen como mejor les parezca. Llamo también a contratación del ministerio de gallináceas, donde me informan, con sumo pesar, que el aval tiene que llevar sello de hoy, o estamos jodidos. Y que no se puede hacer nada, la tía es comprensiva y me dice que no me preocupe, que puedo llevar la documentación el miércoles, pero que el aval tiene que estar depositado HOY. Y chinpun.

Mientras en la sucursal perpetradora de la catástrofe tratan de lidiar con el marrón, entro como una tromba en la oficina de empresas de la entidad (tienen la mala pata de estar justo debajo de los jefazos de la sede central, los cuales mean colonia y por supuesto no se relacionan con el vulgo) y les cuento mi triste caso a ver si pueden ayudarme. Hay cuatro chusquis pasando como pueden el sopor cercano al mediodía, y ya casi casi que preparando el bolso para salir por la puerta. Una de ellas trata de sacudirse el marrón diciendo que eso es cosa de mi sucursal y que vaya para allá.

Pos va a ser que no, corazón. Primero porque está en quintopino y este aval CORRECTAMENTE REDACTADO debe estar dentro de 40 minutos en la caja de depósitos, y si no, mi empresa pierde una adjudicación de 60k pavos. Claro, que siempre se puede descontar del bonus del director de la sucursal (o ya puestos, del tuyo por no mover un dedo al respecto, zorrón). Segundo, porque el aval lo firman en este edificio, y si el firmante está aquí, qué puñetas hago yo yéndome al fin del mundo a llorare al director de la sucursal. Tercero, que me importa un huevo quién haya hecho la pifia, vos veréis como lo solucionáis.

Pasan  varios seres encorbatados que escurren el bulto en cuanto huelen el brown. Son las 13:37 y aquí sigo, cual alma en pena amargándoles tan bonito martes, último de agosto.

Por fin, llama a mi móvil la sucursal causante del problema. Que ya está firmado por el firmante y lo tengo listo y preparado en el piso de abajo. Boing, la pelota a mi tejado otra vez.

Salgo pitando como una loca, recojo el maldito aval -esta vez supongo que con el CIF bien puesto- y asalto otro taxi conminándole a llegar a la caja de depósitos en 10 minutos máximo contándole mi triste situación y las consecuencias de no entregar el puñetero papel a tiempo.

“¿Sabe?” -me decía el taxista – “Yo tuve una empresa con 400 trabajadores, y trabajé mucho con la administración pública. Al final, lo mandé todo a la mierda y aquí estoy, en el tasi, encantado de la vida”. ” Se gana menos, pero por dios, que se gana en salud”.

Pues oiga, no me tiente que yo a este paso voy a hacer lo mismo. Que ya son muchos años y esto comienza a cansar.

A las 13:55 estoy asomando de nuevo por la puerta, joder, una viejecilla entrando a la vez, lo siento señora pero tengo una prisa del demonio, le hago un quiebro, la adelanto y tiro el bolso en el escáner de bombas variadas y corro al mostrador enarbolando el aval, entregándoselo a la funcionaria que lo estaba esperando con gran ansiedad.

Dios mío. Que entre unos y otras siempre me la acaben liando.

Que estoy mayor para estos trotes, por dios.