Walking Deads en Mercadona

Un día van a terminar conmigo de un susto.

Yo creo que desde que la ¿crisis? hizo su aparición, las huestes se han echado a las calles y han terminado todos en Mercadona, convencidos de que es la solución a todos sus males. Y claro, ahí cabe de todo, gente normal, maris, chonis, e incluso walkingdeads. Y si no, pasen y vean.

Hoy teníamos una manada ingente circulando por el Mercadona, encima todo el mundo con su carrito reglamentario, menos la menda que iba a por cuatro cosas y agarró una cesta en la caja más cercana a la entrada, sacándola de entre las piernas de un humano que se obstinaba en impedir mi tarea.

Y así estaba, con mi bolso y mi cesta, eligiendo una coliflower, cuando de pronto oigo un bramido con el mismo tono que el de un rinoceronte a punto de embestir a una leona en celo.

¡¡¡OIGAA SEÑORAAAA!!!! Me vuelvo, asustada más que sobresaltada por el chillido, al igual que los otros humanos que estaban en la zona de frutería, quizá esperando ver cómo el motivo del grito era que yo llevaba un niño degollado arrastrado por los pies o bien que un alien estaba a punto de atacarme por la espalda y sorberme las meninges.

Entonces veo a un ser -creo que humano- muy parecido a la abuela de “Mars Attacks”, ya sabéis, esa encantadora señora que está a por uvas, y que se carga a los marcianos a base de sus vinilos insufribles, algo así:

 

 

Bien, pues esta inquietante criatura, blandiendo una bandeja con unos muslos de pavo como mi brazo, se me acerca amenazadora y me grita así como que le he quitado la cesta. Digo algo así porque gritaba tanto y con tanta indignación que no era capaz de entender lo que decía.

Trato de razonar, principalmente por su edad, y porque llevo tal susto en el cuerpo que tengo terror a que me ataque con uno de los muslos, que encima fijo que son congelados y me abre la cabeza.

Vale, no hay problema, la cesta es suya, y porque no me ha pedido el bolso, que si no se lo lleva enterito.

Ya puestos, le indico que le llevo la cesta al sitio del cual la he cogido, faltaría más, que es la línea de cajas. Y entonces la señora va y me suelta “Huy, perdón, me he equivocado, que mi cesta es ésta que está aquí” (eso sí, en un tono infinitamente más bajo no te jode!!!) Aquí la walkingdead esta que casi me liquida de un infarto, y ahora está cual cordera mansa pidiendo perdón.

Me da igual, señora, que sí, que acepto las disculpas, cojo la cesta y me marcho sardinas frescues, a por mi coliflor. Me tiembla el pulso, joder joder, como si no tuviéramos bastante con las licitaciones de las narices!

En fin, termino mi parca compra y enfilo a la línea de cajas, para pagar. Hay un gentío que ríete del metro de Shangai, lo dicho. Todas las maris de la zona han decidido que se van a juntar en Mercadona a eso de las 7 de la tarde, que es una hora estupenda para darse codazos con otras marujas y pegarse a ver quién estaba en la caja y quién llegó después.

Y eso es exactamente lo que sucede. De pronto, detrás de mi oreja, otro berrido inhumano, esta vez dirigido a otra compradora, pero que retumba en mi depauperado cerebro como una vuvuzela en mitad de un campo de fútbol. Tras una breve escaramuza tras la cual la gritona tuvo que volver a la cola y dejarse de leches, llego temblorosa a la cajera, la cual me atiende mientras dos chonis de raza auténtica tratan de devolver una bolsa de comida para gatos con tan mala pinta que fijo que el gato debió arañarles la cara antes de que la abrieran. Y así estaba yo, mirando la bolsa de los gatos, cuando -no hay dos sin tres- otro ente humano -o eso creo- escondido tras unas enormes gafas de la mosca, me sobresalta al pedirme si no me importa que se cuele, que sólo lleva unas putrefactas varitas de cangrejo y que como para hacer la cola. Otra. Que sí, que pases y ya puestos ¿en serio no quieres el bolso?

Porque dudo que un atracador monte tanto escándalo.

Me van a acabar matando, joer…