Lloriqueos de oficina

Me encantan las sobremesas domingueras en casa de los suegros porque es el único momento de la semana en el que tengo tiempo -si los pliegos lo permiten- de espanzurrarme en el sofá y tragarme los dominicales y la prensa del corazón en vena, lo cual pone mi cerebro en estado Goofy con encefalograma tendente a plano. Tras informarme durante un buen rato sobre lo que NO podré ponerme este invierno por falta de presupuesto en unos casos y por exceso de sentido común en otros, tropiezo con un reportaje a todo color sobre el precio de llorar en la oficina. Entro a ese trapo sin dudarlo y me lo leo con detenimiento e incredulidad.

No pienso entrar en profundidades pseudo-psicológicas, primero porque no estoy cualificada y segundo porque aburren que te pasas. Ya sabéis que soy más bien práctica. El citado artículo de dos lacrimógenas paginas versaba, y para mi gran asombro justificándolo en cierta medida, y elucubrando sobre lo deshumanizado que es el mundo laboral, sobre la penosa circunstancia de derramar lágrimas en la oficina de forma involuntaria. Lo que me hizo llorar, pero de risa- fueron las estrategias para evitarlas o -en el peor de los casos- arreglar el estropicio. Prescindo de vincular este blog a tan infortunado escrito, que sigue colgado en la internés de las cosas para que la gente se siga confundiendo y aplicando sus consejos, y procedo a destriparlo adecuadamente.

Amo a vé. A la ofi se viene a currar. Y además se viene llorao. No sé, yo jamás he visto a un compañero o compañera derramar lágrimas en una sesión de account management, o en una apertura de plicas, o en una negociación de proyecto con un cliente, y mira que el tema lo justificaría sobradamente. Sí es cierto que en algún momento oyes a alguna llorando en el baño, quizá acompañada de alguna colega compasiva. Pero en el baño, jolín, no en la sala de reuniones o en el despacho del jefe.

Permitidme que traslade estas lamentables circunstancias al sector público, que es mi favorito, y veamos un caso práctico resuelto conforme el artículo nos aconseja.

Imaginad la escena, lectura pública de puntuación técnica en un ministerio cualquiera, te cascan una puntuación lamentable, con o sin razón, que te sitúa fuera de la carrera de ratas en que consiste cualquier licitación. Inmediatamente, te tapas la cara como un crío de cuatro años y comienzas a gimotear y lloriquear desconsoladamente como si te hubieran quitado todas las chuches de golpe. Ostras.

Veamos uno por uno los consejos del mencionado artículo para recuperar el control de uno mismo:

Consejo Uno: Trata de recordar algo agradable. Um… Es complicado seguir apuntando puntuaciones técnicas o seguir una presentación de presupuestos mientras piensas en las mariscadas del verano. Yo no puedo, me quedaría con pinta de oveja Dolly, y para los que no la conozcáis, ésta es Dolly:

ImagenConsejo Dos: Trata de contener las lágrimas fijando la atención en algún objeto de la sala. La leche. O sea, que con los ojos inyectados en sangre y con la cara de santa maría magdalena de todas las lágrimas, te pones a mirar el retrato de don juan carlos, la cara de la gachí de contratación o el carrito de los sobres. Dios. Que miedo. Yo veo a alguien en ese trance y os juro que salgo disimuladamente de la sala no vaya a ser que la llorosa criatura grite un alaaaakbar y se autoinmole junto con el resto de licitadores.

Consejo Tres: Si las lágrimas van a asomar, respira hondo para que al menos puedas hablar. No, jolín. Si ves que te vas a convertir en una fuente de lamentos y congojos, sal por piernas al grito de ¡¡dios mi lentilla me está mordiendo!! O algo. Lo que sea. Pero huye. Sal pitando al baño, que los servicios ministeriales están de lo más apañados y tienen de todo incluso kleenex.

Consejo Cuatro: No te disculpes ni te califiques de “tonta”. No, claro. Ni falta que hace.

Consejo Cinco: Trata de explicar sosegadamente los motivos de tu llanto. Cosa que a todo quisque le importa exactamente un pijo. En el mejor de los casos te darán un kleenex y te dirán que te vayas al baño a limpiarte los ojos o cualquier otra parte de tu cara que esté húmeda. El consejo Cinco tiene una derivada bastante divertida, que consiste en que trates de no abandonar la reunión. Y ahí estás, gimiendo como alma en pena y sonándote ruidosamente mientras el resto de los asistentes te observa con incredulidad y revisa la sala en busca de la cámara oculta. Hombre, no. Si te conviertes en un espíritu aullante, al menos ten la decencia de no abochornar a la gente con tu desbordamiento emocional. Retírate a tus aposentos, y además de inmediato. Dependiendo de la situación y de la gravedad y hondura de tus quejidos y lamentos, puedes volver y decir que te has acordado de un gatito muerto que has visto esta mañana o que te ha entrado un guasap informándote del fallecimiento de tu abuela o un sms anunciando un inminente e inevitable embargo de la AEAT. También vale -si eres un tío- decir que te acabas de enterar de que tu equipo del alma ha sufrido un percance aeronáutico sin supervivientes.

Consejo Seis: Si no te serenas, vete a casa. Hombre. Pues depende, si estás acabando una oferta y lloras desesperada porque el word se ha cerrado y has perdido de golpe cinco horas de trabajo, no puedes irte a ningún sitio, excepto a la farmacia a robar anfetaminas a granel para producir como en tu vida. Y no, no se llora. Se coge el portátil y se estrella contra la mampara más cercana, se le golpea contra la impresora o bien se maquina detalladamente un atentado contra la Sede Central de Mocosoft. Eso SÍ que relaja. Además, seguro que la oferta era una castaña, el destino te ha hecho un favor. Reduce las páginas a la décima parte, que el de compras te lo agradecerá.

Y por último, el séptimo consejo: Analiza el incidente. Y además, escríbelo. Este es el único que me parece de lo más terapéutico, porque si lo escribes, te darás cuenta de lo absurdo de la situación, de que nada que te pase en el trabajo merece ni la mas mínima de tus lágrimas, y que montar pollos en el trabajo, del tipo que sean, está feo y no se hace.

Y además, si a eso vamos, ¿qué diferencia hay entre berrear como un alma en pena y montar en cólera, en babieca y en rocinante y montarle el pollo padre a un compañero de trabajo? Pues es lo mismo, es una pérdida de papeles y de control emocional, que casi siempre deriva en una petición de excusas hacia el ofendido, sea por nuestros insultos o por las salpicaduras de nuestros líquidos corporales incontrolados.

Resumiendo, el único caso que justifica echar el moco en la oficina es por algo que NO esté relacionado con el trabajo:

– Muerte súbita de familiares queridos (no valen parientes lejanos), amigos y mascotas.

– Multa sorpresiva de tráfico con más de 4 puntos y 200 euros. Las de parquímetro no valen.

– Embargo inminente e inevitable de hacienda.

(y no nos olvidemos de una variante específica para ellos, que por supuesto también es aplicable a ellas, que de todo hay en la viña del señor):

– Pérdida de partido del equipo de fútbol, que justifica además llanto y gimoteo colectivo.

Y no, no incluyo el despido, como veréis. porque si te despiden, va a dar igual lo que llores y encima quedas fatal. Para esa ocasión, uno se marcha al baño, y además se pega el lujazo de no volver en un ratico largo. Agarrar el iphone del jefe y arrojarlo al inodoro es opcional y puede acarrear algún que otro disgusto, pero … ¿y lo bien que se queda uno?

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2 comentarios

  1. jajaja, me desorino con todo esto!

    Sabes? tienes razón, nadie se merece nuestras lagrimas y menos gente como esta

  2. Desde luego!!! anda que… un besazo reina!

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