Adjudicatus interruptus

Hoy teníamos un precioso y soleado día de febrero, perfecto para cualquier cosa  menos para abrir sobres económicos. Aun así, somnolienta y acatarrada pero dispuesta a cumplir con mi deber, me encaminé a mi cliente favorito para ver cómo abrían las plicas de la última licitación que habíamos presentado.

En esa ocasión, estábamos en modo “And the winner is“, porque a la vez que te daban la puntuación técnica te cantaban la económica. Y contrariamente a mis costumbres -posiblemente debido al exceso de trabajo y al trancazus máximus que dejaba las dos neuronas que me quedan fuera de órbita- no había preparado el ya tradicional excel donde tecleas los resultados para conocer al momento el ganador, así que me conformé con la hojita impresa que -gentilmente- pone el organismo a disposición de los asistentes para rellenar las puntuaciones.

Yo creo que el ciudadano en general no es consciente de que estas cosas son públicas, que si no ésto estaría de lo más entretenido. Tu coges a unos cuantos mendas ociosos por la calle y les dices que hay un sitio donde reparten millones, y aquello cogería más ambiente que Las Vistillas en San Isidro. Yo montaba un reality, tipo “Licitadores por el Mundo” y nos lo íbamos a pasar teta.

Pero bueno, que me estoy enrollando. En esta ocasión, nos sentamos junto con el “caballo ganador“, el representante -a la par que amiguete y eventual compañero de UTEs- de Ingenieros Evisceradores, y entre chanzas y cachondeos, esperamos pacientemente a que comience el acto. Según nos sentamos y nos dan la hojita con las puntuaciones técnicas, observamos con creciente asombro que “caballo ganador” figuraba en el último puesto. No es que importe mucho, dado que el peso de la oferta técnica tiene el mismo que el de La Coquito en el consejo de administración del banco Santander. Francamente: 75 puntos son el precio y tampoco importa gran cosa siempre y cuando pases el corte.

He acudido a muchas aperturas de plicas, pero debo reconocer que jamás a una donde leyeran tan rápido las ofertas económicas. Creo honestamente que a este organismo hay que reconocerle el Guiness de lectura de ofertas, lo cual es de agradecer, porque al menos el trago es rápido. Lo jodido era apuntar a la misma velocidad.

En cuanto comienzan a cantar las ofertas económicas, notamos un cierto tembleque en “caballo ganador“, que sentado a mi vera empieza a menearse inquieto en la silla y musitar por lo bajo “os lo habéis llevado, os lo habéis llevado”. No sé yo. El actual titular de la cosa y con la mejor puntuación técnica tampoco va tan lejos en cuanto a oferta económica. Unos 100K le separan de la nuestra. Finalizada la ultra-rápida lectura, comienza el run run post-lectura, nuestro amigo el “caballo finalista” comienza a teclear tembloroso en la calcu de la galaxy, indicándonos que somos ganadores.

Mi escepticismo queda eclipsado por el alborozo de mi compi, de Super Hen, que vistos los lloros y lamentos de “caballo ya no ganador“, sus besos de felicitación y emplazamiento a que le invitásemos a unas cañas, da por hecho que hemos ganado el asunto.

Bueno. Pues a veces pasa. Una vez, mi cocker spaniel pilló una paloma en la plaza de Olavide y se quedó pasmada, estupefacta y con la boca llena de plumas. Naturalmente la paloma se libró por el puro atontamiento transitorio que sufrió el perro, que no terminaba de creerse que había cazado algo.

Me encamino a mi cuartel general, donde, por si acaso la noticia se ha empezado a extender, doy puntual traslado a mi jefe de que “a lo mejor” hemos ganado esta historia.

Con dos personas encaramadas a mi chepa -mira que odio que no me dejen currar en soledad- abro mi excel y comienzo a volcar la -en esta ocasión sencilla- fórmula de cálculo de “the winner is”.

Y no. No hemos ganado. Ha ganado el lloroso caballo ganador que se ha retirado a sus cuarteles de invierno gimoteando y lamiéndose las heridas.

Le llamo.

-Oye, campeón. Que has ganao tu.

-Que dices. Que no que no. Que hagas bien los números.

-Que si, que sí. Que te cojas la página 5 del pliego y que hagas la fórmula CON PORCENTAJES DE BAJA, no con los importes.

-Joder joder, que me estás poniendo nervioso.

-Ya te digo.

-Bueno, déjame que mire la fórmula a ver.

-Mira lo que quieras, rey, pero has ganao tu, y no te creas que me hace feliz decírtelo.

Mientras mi jefe roe el pliego administrativo con la ansiedad de un cernícalo al que le han arrebatado un topo gordo, buscando a ver si había algún escondrijo o recoveco donde pudiera haberse escondido, vuelvo a revisar las cifras. Nada que hacer. Hemos perdido por 3 puntos. 87 frente a 90. La peor oferta técnica, ganadora. Es lo que hay. Luego llorarán cuando se les caigan los SAPs o cuando les envíen como analista al hombre de Atapuerca con gorra de rapero.

Me llama al móvil “caballo ganador“, le ha cambiado la voz. Que efectivamente, ha ganado él. Que mil gracias. De nada hombre. Si total te ibas a enterar igual. Te toca pagar cañas.

Entonces me toca lo peor. Hablar con mi compi de Super Hen para decirle que el caballo ganador no somos nosotros. Nos hemos quedado rozando la línea de llegada con las bridas. Ainsss…

Eso sí, nuestros diez minutos de gloria bien que los hemos disfrutado…

Lecciones aprendidas:

1) A una apertura de plicas llévate el excel con las fórmulas. No te fies de las calculadoras, que las fórmulas a veces se las traen.

2) Nunca des por hecho que has ganado.

3) No lo comuniques ni a tus ropajes íntimos hasta haberlo verificado al menos diez veces. No hay nada peor que desmentir una adjudicación, es como intentar quitarle una loncha de jamón a mi perro.

4) Siempre, pero siempre, recuerda al caballo ganador que tiene que pagarse unas cañas.

Felices plicas, amigos.

Anuncios

¿La crisis, por favor?

De poco sirve decir que el Gran Plaza 2 estaba plagaíto de humanos haciendo compras, porque eso lo sabe todo el mundo. Y que aún sabiéndolo, sigan intentando acudir con sus vehículos y personas, en solitario o en manadas, me sigue dejando pasmada.

plaza

Yo confiaba en que -siendo las 5 de la tarde- todavía no habrían llegado las huestes de Satán, y quizá podría hacer un par de compricas que tenía pendientes. Y bueno. Las huestes de Satán no, pero sí los orcos de Saruman, arrastrando consigo a sus jaurías, representadas por dos o tres criaturas que correteaban por los pasillos y un cónyuge o pareja que se dedicaba, alternativamente, a mirar culos o escaparates. Opcional, hardware asociado en forma de carrito de bebé-orco lloriqueante. Me parece una gran crueldad arrastrar humanos de sexo masculino a los centros comerciales, pero si encima se hace en período de rebajas y en hora punta, es acumular papeletas para el divorcio.

Una de estas criaturas, además, circulaba por el Primark como Ben-Hur, subida a sus tacones de charol rojo 16 válvulas. Válgame, cómo es posible irse de compras emulando a Sarah Jessica Parker. Jesús. Debe de haber hecho una promesa a Santa Belén Esteban.

taconazos rojos

Llevaba consigo un par de criaturas adolescentes cargadas de presuntas gangas barateras, pero carecía de cónyuge-sherpa, habitualmente encargado de acarrear las bolsas, abrigos y bufandas, que más que un ser humano los pobres parecen un cruce entre un perchero y un camello que los Reyes Magos se hubieran olvidado por ahí.

Y las cajas. Dios mío las cajas. Yo que sólo quería hacerme con unas perchas, que precisamente están allí, al fondo de la línea de cajas de la segunda planta. Eso no es gentío, es una colección de walking dead, a juzgar por lo despacio que se mueven. Seguro que te pones allí y se te comen. Y luego, están los de los carritos. Deberían crear el carnet de portador de carrito de bebé. ¿Por qué se empeñan en meter carritos de bebé/niño/vago de 6 años entre los percheros y mostradores? Acaban pareciendo ratas en un laberinto de pruebas, tratando de encontrar la salida, pasando por encima de tus pies sin el menor disimulo y arrastrando perchas y ropas en su avance. Por no hablar de los bolsazos que los cónyuges-sherpas te sacuden con entusiasmo. Zas, toma leche. Pa que aprendas.

Luego están esas bonitas parejas que obviamente son fruto de las webs de contactos, y más concretamente de los errores de diseño de sus base de datos: él con cara de estreñido pensando “y porqué narices marqué yo en la casilla de me encanta ir de compras“, mientras la candidata escogida entra y sale frenéticamente en las tiendas convencida de haber encontrado a su pareja ideal. Criaturicas. Lo que tienen que hacer algunos para echar un polvo.

Y ¿se puede saber, en el nombre de los testículos del Minotauro, porqué ponen la calefacción en las tiendas en modo infernal? Que una entra a mirar, y según pisa la tienda, le viene de frente un siroco marroquí que consigue que comience a sudar a chorros. Lo normal es que huyas de allí a los treinta segundos y salgas a tomar aire a los pasillos, no vaya a ser que aquello sea la antesala del infierno, venga Satán y se te lleve de los pelos. Y tampoco puedes dejar el abrigo en el coche, porque en el parking te congelas.

Y qué bonito cuando entras, toda contenta, a ver las gangas, y te encuentras eso de “Nueva Colección”. Lo de la nueva colección lo inventó un espabilao que decidió rebajar sólo la mitad más chunga de la tienda y sacar los restos del año anterior mezclados con la mitad menos chunga al mismo precio.

Pero lo peor no es eso, no. No es entrar, dar tres vueltas y no comprar nada. Lo peor es salir. Abandonar el lugar, rescatando tu coche del parking, donde hay tal cantidad de tráfico que deberían poner rotondas. No hay ni un hueco. La gente está loca. Son capaces de matar por un sitio, y no digamos ya si a algún otro humano se le ocurre colarse y quitarle el hueco. Buf.

Y sin embargo, una vez que ya estás fuera, te encuentras con la pescadilla que se muerde la cola. La cola para entrar casi se junta con la de salir, de hecho, cuando me acerco a la rotonda principal, veo con espanto que la ruta que pretendía tomar estaba llena de lucecitas rojas a lo largo de varios kilómetros. ¿Por qué? Porque la salida de este centro comercial -ojo, tres rotondas más allá- coincide con la entrada del rozas village, donde hay otra cola de coches esperando entrar que acaba en la república de Krasnoiarsk. Naturalmente NO puedo ir por ahí, a menos que me plantee hacer noche. Tampoco puedo acceder a la A6 sin pasar por semejante atasco en fila de a uno. Sigo a mi instinto y huyo en dirección contraria, hacia Majadahonda, con la pretensión de hacer un cambio de sentido que me permita entrar  al carril central de la m-503. Y no, no lo consigo. Tras pasar por dos o tres rotondas y desorientarme por completo, me dedico a dar más vueltas que un perro pa echarse, atravesando urbanizaciones, descampados y más rotondas, así como un montón de badenes diseñados específicamente para joder los bajos de cualquier coche, sobre todo si vas de noche y con ceguera nocturna, que es mi caso. De noche veo menos que un gato de escayola. Por dios por dios. Me voy orientando al oeste, podría poner el Waze -insigne invento- pero prefiero darle una oportunidad y un cierto entrenamiento a mi sentido de la orientación. Mal hecho. Ese resplandor al que me dirijo bien podría ser el Monte del Destino, a juzgar por los despoblados que estoy atravesando, la Ciénaga de los muertos a la izquierda, la Puerta negra a la derecha… lo mismo acabo encontrándome a Gandalf y consigo salir de aquí. Pues no. Acabo en la misma rotonda de la que partí, y entonces, horrorizada al ver que estaba a punto de quedarme atrapada entre los que pretendían entrar y los que querían salir del puñetero centro comercial, pego un acelerón y tiro recto hacia Villanueva del Pardillo evitando a los que estaban del otro lado, haciendo cola para entrar en el Carralero. Si hay que atravesar Valdemorillo y Colmenarejo, se atraviesa, faltaría más. Como si tengo que cruzar el puñetero estado de Tejas al estilo Thelma y Louise. Lo que sea con tal de huir. Necesito poner kilómetros con esta locura. Seguro que así empezó Walking Dead.

La puñetera carretera está oscura y en obras. Al menos no llueve y además me he librado de los monstruosos atascos. Antes de llegar al gran estado de Tejas, consigo virar hacia Las Rozas y enfilar la carretera del Escorial. Cruzo por encima de la m-503, mejor dicho, por encima de los miles de lucecitas rojas que me indican que mis decisiones han sido acertadas, y que al menos conseguiré dormir en casa esta noche.

¿Crisis? Y un jamón. Venga, majos, salid del armario. Que a mí no me la dais con queso.