Lloriqueos de oficina

Me encantan las sobremesas domingueras en casa de los suegros porque es el único momento de la semana en el que tengo tiempo -si los pliegos lo permiten- de espanzurrarme en el sofá y tragarme los dominicales y la prensa del corazón en vena, lo cual pone mi cerebro en estado Goofy con encefalograma tendente a plano. Tras informarme durante un buen rato sobre lo que NO podré ponerme este invierno por falta de presupuesto en unos casos y por exceso de sentido común en otros, tropiezo con un reportaje a todo color sobre el precio de llorar en la oficina. Entro a ese trapo sin dudarlo y me lo leo con detenimiento e incredulidad.

No pienso entrar en profundidades pseudo-psicológicas, primero porque no estoy cualificada y segundo porque aburren que te pasas. Ya sabéis que soy más bien práctica. El citado artículo de dos lacrimógenas paginas versaba, y para mi gran asombro justificándolo en cierta medida, y elucubrando sobre lo deshumanizado que es el mundo laboral, sobre la penosa circunstancia de derramar lágrimas en la oficina de forma involuntaria. Lo que me hizo llorar, pero de risa- fueron las estrategias para evitarlas o -en el peor de los casos- arreglar el estropicio. Prescindo de vincular este blog a tan infortunado escrito, que sigue colgado en la internés de las cosas para que la gente se siga confundiendo y aplicando sus consejos, y procedo a destriparlo adecuadamente.

Amo a vé. A la ofi se viene a currar. Y además se viene llorao. No sé, yo jamás he visto a un compañero o compañera derramar lágrimas en una sesión de account management, o en una apertura de plicas, o en una negociación de proyecto con un cliente, y mira que el tema lo justificaría sobradamente. Sí es cierto que en algún momento oyes a alguna llorando en el baño, quizá acompañada de alguna colega compasiva. Pero en el baño, jolín, no en la sala de reuniones o en el despacho del jefe.

Permitidme que traslade estas lamentables circunstancias al sector público, que es mi favorito, y veamos un caso práctico resuelto conforme el artículo nos aconseja.

Imaginad la escena, lectura pública de puntuación técnica en un ministerio cualquiera, te cascan una puntuación lamentable, con o sin razón, que te sitúa fuera de la carrera de ratas en que consiste cualquier licitación. Inmediatamente, te tapas la cara como un crío de cuatro años y comienzas a gimotear y lloriquear desconsoladamente como si te hubieran quitado todas las chuches de golpe. Ostras.

Veamos uno por uno los consejos del mencionado artículo para recuperar el control de uno mismo:

Consejo Uno: Trata de recordar algo agradable. Um… Es complicado seguir apuntando puntuaciones técnicas o seguir una presentación de presupuestos mientras piensas en las mariscadas del verano. Yo no puedo, me quedaría con pinta de oveja Dolly, y para los que no la conozcáis, ésta es Dolly:

ImagenConsejo Dos: Trata de contener las lágrimas fijando la atención en algún objeto de la sala. La leche. O sea, que con los ojos inyectados en sangre y con la cara de santa maría magdalena de todas las lágrimas, te pones a mirar el retrato de don juan carlos, la cara de la gachí de contratación o el carrito de los sobres. Dios. Que miedo. Yo veo a alguien en ese trance y os juro que salgo disimuladamente de la sala no vaya a ser que la llorosa criatura grite un alaaaakbar y se autoinmole junto con el resto de licitadores.

Consejo Tres: Si las lágrimas van a asomar, respira hondo para que al menos puedas hablar. No, jolín. Si ves que te vas a convertir en una fuente de lamentos y congojos, sal por piernas al grito de ¡¡dios mi lentilla me está mordiendo!! O algo. Lo que sea. Pero huye. Sal pitando al baño, que los servicios ministeriales están de lo más apañados y tienen de todo incluso kleenex.

Consejo Cuatro: No te disculpes ni te califiques de “tonta”. No, claro. Ni falta que hace.

Consejo Cinco: Trata de explicar sosegadamente los motivos de tu llanto. Cosa que a todo quisque le importa exactamente un pijo. En el mejor de los casos te darán un kleenex y te dirán que te vayas al baño a limpiarte los ojos o cualquier otra parte de tu cara que esté húmeda. El consejo Cinco tiene una derivada bastante divertida, que consiste en que trates de no abandonar la reunión. Y ahí estás, gimiendo como alma en pena y sonándote ruidosamente mientras el resto de los asistentes te observa con incredulidad y revisa la sala en busca de la cámara oculta. Hombre, no. Si te conviertes en un espíritu aullante, al menos ten la decencia de no abochornar a la gente con tu desbordamiento emocional. Retírate a tus aposentos, y además de inmediato. Dependiendo de la situación y de la gravedad y hondura de tus quejidos y lamentos, puedes volver y decir que te has acordado de un gatito muerto que has visto esta mañana o que te ha entrado un guasap informándote del fallecimiento de tu abuela o un sms anunciando un inminente e inevitable embargo de la AEAT. También vale -si eres un tío- decir que te acabas de enterar de que tu equipo del alma ha sufrido un percance aeronáutico sin supervivientes.

Consejo Seis: Si no te serenas, vete a casa. Hombre. Pues depende, si estás acabando una oferta y lloras desesperada porque el word se ha cerrado y has perdido de golpe cinco horas de trabajo, no puedes irte a ningún sitio, excepto a la farmacia a robar anfetaminas a granel para producir como en tu vida. Y no, no se llora. Se coge el portátil y se estrella contra la mampara más cercana, se le golpea contra la impresora o bien se maquina detalladamente un atentado contra la Sede Central de Mocosoft. Eso SÍ que relaja. Además, seguro que la oferta era una castaña, el destino te ha hecho un favor. Reduce las páginas a la décima parte, que el de compras te lo agradecerá.

Y por último, el séptimo consejo: Analiza el incidente. Y además, escríbelo. Este es el único que me parece de lo más terapéutico, porque si lo escribes, te darás cuenta de lo absurdo de la situación, de que nada que te pase en el trabajo merece ni la mas mínima de tus lágrimas, y que montar pollos en el trabajo, del tipo que sean, está feo y no se hace.

Y además, si a eso vamos, ¿qué diferencia hay entre berrear como un alma en pena y montar en cólera, en babieca y en rocinante y montarle el pollo padre a un compañero de trabajo? Pues es lo mismo, es una pérdida de papeles y de control emocional, que casi siempre deriva en una petición de excusas hacia el ofendido, sea por nuestros insultos o por las salpicaduras de nuestros líquidos corporales incontrolados.

Resumiendo, el único caso que justifica echar el moco en la oficina es por algo que NO esté relacionado con el trabajo:

– Muerte súbita de familiares queridos (no valen parientes lejanos), amigos y mascotas.

– Multa sorpresiva de tráfico con más de 4 puntos y 200 euros. Las de parquímetro no valen.

– Embargo inminente e inevitable de hacienda.

(y no nos olvidemos de una variante específica para ellos, que por supuesto también es aplicable a ellas, que de todo hay en la viña del señor):

– Pérdida de partido del equipo de fútbol, que justifica además llanto y gimoteo colectivo.

Y no, no incluyo el despido, como veréis. porque si te despiden, va a dar igual lo que llores y encima quedas fatal. Para esa ocasión, uno se marcha al baño, y además se pega el lujazo de no volver en un ratico largo. Agarrar el iphone del jefe y arrojarlo al inodoro es opcional y puede acarrear algún que otro disgusto, pero … ¿y lo bien que se queda uno?

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Perdidos en el ciberespacio

Me resisto, chicos, me resisto al uso y abuso de las tecnologías para fines completamente absurdos. Nada como las call conference para cometer toda clase de tropelías.

Hoy, viernes, en vez de nuestra querida jornada intensiva, teníamos una sesión denominada guasonamente por uno de nuestros colegas como “Refuse to Eat”. La finalidad de la sesión es algo así como “CEO de mis amores, que quiero vender ésto y me tienes que echar una mano que lo llevo malamente”. Y por tanto, nuestros sesudos mayores, la bautizaron como Refuse to Lose. Y como concepto no está mal, con lo que nos metemos es con la forma. Lo de Refuse to Eat viene porque estas bonitas sesiones suelen comenzar los viernes a las 13:30 y duran lo que el jefe quiera, es decir, que en algunos casos se liquidan en una hora, y en otros nos eternizamos y nos enquistamos cuales piojos en la cabeza de mi hija. Por tanto, lo normal es que te quedes sin comer y salgas con más hambre que el perro de chewbacca.

Así que el convocante de la vaina ésta,  nos abre un “bridge” telefónico, que consiste en que llamas a un número de teléfono, marcas un código y ya estás con tus colegas en el ciberespacio, todos en versión virtual (“now joining, perico el de los palotes”, “now leaving, menganito” uaoymini dupuan”,  y rascándose lo que proceda. Porque a saber dónde anda cada uno, que fijo que habrá gente en el baño, tumbada en la cama o paseando por la playa, y ¡¡siempre la mierdablackberry ésta!!, que cuando voy a teclear el puñetero código, como estoy en el mensaje donde figura, no puedo, y cuelgo sin querer, y como es un número largo, no me lo aprendo, o peor, lo  marco mal y aparezco en la reunión virtual de viciosos onanistas y flipo. Joer, pero qué sufrimiento. Y con este calor, metida en el coche estoy, refugiada en el aire acondicionado a todo trapo claro, con el manos libres, la compra recién hecha, los apios asomando por mi hombro y yo aguzando la oreja a ver si consigo enterarme de lo que habla esta peña, que en cualquier momento me toca a mí contar el rollo este, dices tú el dichoso inglés. Prueba a meterte en un fregao de éstos con un tunecino, un gabacho, un holandés, tu jefe, el otro jefe, el CEO, que es de aquí la tierra, y otros doce o trece que están callados pero están ahí, en el puñetero ciberespacio, como si fueran Yoda y sus amigos. Mi jefe me pasa el testigo y cuento en brevísimas palabras cuál es mi deseo para el día de hoy sin creerme ni una palabra. Luego mi jefe apostilla algunas consideraciones.

“ai anderstan nothing of nothing”, dice el CEO.

Peerfecto. No esperaba menos, my friend. Y cómo leñes te ibas a enterar de algo, con ese briefing de mierda que te hemos pasado en la plantilla corporativa. Siendo muy, pero que muy generosos, habrás deducido que tengo la intención de colocarle a la bruja de Narnia una campa de gallináceas moradas expertas en vender abanicos.

Tras diez minutos de gasto temporal de Ceo, Directores y Accounts y sabe dios qué mas, consiguen aclarar qué pretendemos.

Algo que en mi anterior empresa se resuelve copiando al susodicho y amenazando veladamente al destinatario con toda clase de desgracias personales incluyendo la ruptura de miembros, aquí no. Aquí hay que hacer algo mucho más tecno-chachi, o no vale. Dios, cómo odio las refuse to eat. No por nada, no porque nos quedemos sin zampar, es que es una pérdida de tiempo que…

En otro orden de cosas, estoy completamente enviciada con mi flamante ipod, que acabo de comprar un ipod familiar con altavoz para tener un poco de música en casa, tirar las cajas de los doscientos cds que tenemos por ahí y que dejen de acumular polvo.

A ver si llega agosto, que a este paso, nos vamos a derretir…

Silcas

Licitaciones públicas – Volvemos al ataque

Sí señor, ya echaba yo de menos el bonito ejercicio del análisis y respuesta a licitaciones públicas.

Se me está juntando una de AGE (Admon.Gral del Estado) con dos de una CCAA (comunidad autónoma).

Lo que en mi anterior empresa se liquidaba con un par de emails, dos reuniones, un bate de béisbol para la impresora a color y varios litros de café la noche antes de la entrega, aquí es bastante más peliagudo.

Tengo que meterme hasta en la cocina, para asegurar el resultado, comenzando por la parte árida, farragosa y muchas veces incomprensible, de la documentación administrativa:

– Oye, que este papelico tan mono que nos ha pasado la gestoría para el expediente, el cliente lo quiere sellado.

– Pero si no hace falta, lleva un sello de tiempo.

(iiiinspirar)

– Lo sé. Pero el cliente quiere ver un sello de color azul y una firmica física de un humano bípedo encima del mismo.

– Pues no hace falta, porque el sello de tiempo es tan válido como el real.

(bee bee oveja negra bee bee oveja negra. véase “Las reglas de la vida“)

– Lo sé. Pero el cliente quiere el sellito porque todos los demás licitadores han puesto sellito, y si nosotros no ponemos sellitos, queda como raro.

– Pues tu cliente es idiota.

(ooommmm ommmmm ommmm uf uf uf, respirar)

– Lo sé. Pero así es la administración pública, son las lentejas, las tomas o las dejas. Y como queremos que nos adjudiquen, nos comemos todas las lentejas que sea menester, y además, con expresión de alegría y regocijo. Así funciona.

Mi compañera refunfuña y se va con el papelico a pedirle a la gestoría que nos ponga el sellito. Y a mí, me sale una cana. Suerte que no soy propensa, porque estaría canosa perdida.

Multiplíquese la operación por el número de documentos que piden en el Sobre A – Documentación Administrativa.

Como además tenemos 3 licitaciones en danza, cada una de su padre y de su madre, creo que me van a terminar odiando…

En otro orden de cosas, hoy me he atrevido a rellenar el aceite a Criatura con Ruedas. Tenemos un renting tan cutre que no cubre la mano de obra del rellenado de aceite, y como este vehículo se bebe el aceite cosa fina, cada dos meses tengo que aparecer por el taller. Y me daba pavor, señores. Porque si te pasas, si le echas demasiado, al vehículo en cuestion le da un paro cardiorespiratorio sólo comparable al que te da a tí cuando te pasan la factura. 500 euros nos costó la broma de echarle aceitico al Scénic. Como este coche no es mío, pues da un poco igual, pero resulta que NO, porque si Criatura con Ruedas fallece, vaya usté a saber si me darán un triciclo, un patinete o una calesa tirada por un burro. Así que cuidadín. Y con sumo temor reverencial, he abierto un tapón con un simbolito del aceite, he echado el resto del bote que me dio el mecánico y lo he cerrado con cuidado.

Se quitó el pilotito amarillo del aceite, el coche no se ha muerto y lo más importante, no me he llenado el traje de aceite, que era una posibilidad nada lejana.

Y ahora me vuelvo a mi pliego, que de momento, voy a ver si me lo leo y me entero de lo que piden para cuando todos comiencen a volverse majaras y a preguntarme cosas raras. Ay mamáaaa…

Silcas

La verdad sobre perros y gatos

Ayer me fui a la cama no a las 10, como era mi intención sino a las 11,45. A las 3 abro el ojo, me desvelo. Total, qué mas da, me tengo que levantar a las 5 menos cuarto para salir pitando a coger el Ave… Medio catatónica, repto fuera de la cama. Estoy cansada hasta la saciedad, como si me hubieran pegado una paliza. Desayuno super-rápido, ducha rápida, vestimenta y avío rápido y al coche.

Llego a Atocha una hora antes de la salida del tren, a las 06:30 comienzo a enviar mensajes a mis amigotas, tomo un café con bollo en la cafetería de la estación y a las 07:00 estoy embarcando en el Ave rumbo a Barcelona, bostezando cada medio minuto.

Con desaliento compruebo que voy en turista, joder. No tengo ventanilla, ni enchufe para el portátil ni derecho a la wifi+merendola (con gin-tonic incluido) de la sala para currantes de las estaciones. Mierda. Ni podré cargar la PDA. Cruzo una serie de correos surrealistas con la gente que gestiona los viajes. Y eso que sólo estoy preguntando. O sea, chicos, que por 70 euros de mierda, la compañía prefiere que no seamos productivos durante ese tiempo. La política corporativa de viajar en turista la entiendo para el avión, para el AVE, no.

Genial. Hala, marchando el Glamour, el Telva y lo que se tercie.

Ni desayuno ni leches.

La próxima, yo misma pago la diferencia.

Eso sí, en el tren, me trago G-Force por septuagésima vez. Esta vez sin subtítulos infantiles riendo las gracias de Juárez.

Estoy CATATÓNICA. Tirando de batería, apaño la presentación que voy a hacer al presunto cliente. Que chunga está quedando, pero es que con estos mimbres sólo puedo hacer estos cestos. Joder qué sueño tengo. Se me pegan las lentillas a las meninges.

Adoro el AVE, pero en preferente, claro. Me encanta llegar, embarcar sin mayor trámite que unas radioscopias pelín casposas, y sentarme sin cinturón ni nada, a escuchar el sonido del silencio, a menos que algún hortera descerebrado se dedique a contar su vida por el móvil.

Llego a Barcelona, no diluvia como en Madrid así que me sobra la gabardina. Llevo mi super-trolley de 32 euros que sustituye a la bandolera del portátil y que me alegraré en los próximos minutos de haber comprado ayer.

Llego al cliente, aerolínea, por más señas, y me permito un cierto cachondeillo diciendo que he venido en AVE. El cliente se me revuelve, en plan coña; y contraataco con el argumento definitivo e irrebatible; es que tenía que preparar tu presentación. Ah bueno. Jajajajaja.

Presento, fenomenal, estupendo, pero no vendo una escoba. Taxi, y a la Feria de Turismo, donde he quedado con otro cliente. Llego. Como una tarada mental, trato de hacer una especie de checking automático poniendo el código de barras directamente en la pantalla en vez de usar el pequeño lector de código de barras que está escondido en la parte de abajo. Estoy realmente baja de forma. Luego, un capullo encorbatado al cual tengo la mala suerte de dirigirme a preguntar por el planico de la feria me responde en catalán, y reincide en el mismo idioma tras mi pregunta: “cómo??”. Vaya cara de ajo que tiene el colega. Tío, que te folle un pez. No sé cómo te dedicas a esto del turismo, donde se supone que hay que ser simpático.

Paseo por la feria, miro algunos stands, y acabo en un puesto de chuches italianas con fresas, huevos y plátanos gigantescos. Me clavan 15 euros por unas chuches para mis hijos, OS JURO que esa báscula está mal. Eso sí, ha merecido la pena ver sus caras cuando han visto las peaso fresas-chuche.

Charlo con el cliente. Ay, estos organismos públicos, que guerra dan.

Estoy realmente arrastrándome y en vez de ofrecerle al cliente llevarlo a comer a algún sitio majo, decido llamar a la oficina para que me cambien el billete de vuelta a las 3 de la tarde. Así pues, acabo trapiñando una burguer en el McDonalds de Sants y subiéndome al AVE en cuanto abrieron la barrera, previa adquisición de un librito llamado “Soy Consultor (con perdón)”. No me resisto, hay que alimentar a los ex-colegas. Veeeenga, lo compro.

Me ponen la peli de Beatrix Potter. Ah, pues mira,  mi estado comatoso es lo que admite, hasta se me cierran los ojos. Combino la peli con el libro de consultoría -en realidad, consultoría “artesanal”, que tiene más mérito que mi especialidad (consultoría “a granel” o de copypaste)- y poco a poco vamos llegando a Madrid, previo pase por Zaragoza, donde se sube media ciudad, a juzgar por el griterío.

Llego a Madrid en modo “stand by”, saco a “criatura con ruedas” del parking, y cuando estoy cerca de casa reparo en que tengo que pasar por el supercor a por dos cosillas que faltan, por supuesto acabo con el carro lleno de 100 euros de compra, incluyendo unos percebicos gallegos -y doy fe que lo son- al  insólito precio de 18 euros el kilo. Lo llego a saber y compro un kilo entero y me pego un atracón de percebes, que me lo he ganado PORQUE YO LO VALGO.

Llego al garaje de casa. Estoy para el arrastre. Subo 4 bolsas que pesan como condenadas. La puerta de acceso al portal está abierta, y un gato mil-leches de los que viven en la urbanización, maúlla, arquea el lomo y me observa con voracidad. Joder. Tengo que bajar a por las otras bolsas y la trolley llena de portátil, una muestra de desodorante que me han dado en Sants, las chuches de los niños y unos cuantos folletos de la feria. Pesa como un mulo muerto.

Dejo las bolsas en la puerta de casa; no puedo abrir porque en el hall de entrada está el perro, el cual saltaría como alma que lleva el diablo a por el puto gato.

Bajo corriendo al coche, en una apurada carrera contra el gato, agarro la trolley-portátil y las otras 4 bolsas.

Mientras subo la escalera oigo dos cosas; al gato curioseando en las bolsas y mi móvil, por supuesto es mi jefe. Ah. Cruel decisión. Qué hago. Atiendo a mi sufrido jefe o espanto al gato. Opto por coger el móvil y realizar un rápido informe de batalla mientras defiendo el pan de mis hijos de la feroz alimaña, que ha detectado los percebes y se resiste a abandonar el lugar. A la vez, abro la puerta y el perro, loco por pillar al gato, trata de escapar. Me empiezo a convertir en elastigirl, sujetando la puerta con una mano, el móvil con la otra y espantando al gato con la pierna. Ooole mi niña, tú llegarás lejos.

Y mañana más, mañana toca SEVILLAAAA ná menos. Hala, al Ave de nuevo. Encima ahora no tengo sueño, supongo que el organismo se termina por acostumbrar a la vida dura.

Vaya truenos bestiales que tenemos por aquí, en la sierra. Mañana igual tengo que bajar a Atocha remando…

Zzzz…

Oh-Dio-Mio

No sé si cortarme las venas o dejármelas largas.

Es acojonante, el hecho  de dejar una multinacional rancia, podrida y llena de procedimientos absurdos para entrar en una empresa joven, muy joven, con una estructura absurda, gente mal ubicada, y sin el menor atisbo de metodología alguna.

Tengo la inmensa suerte de que en mis tristes circunstancias está también una compi que ha entrado prácticamente a la vez, también está bregada en mil marrones y batallas y SABE cómo hay que vender las cosas. Y tiene sentido común, lo cual ya es mucho. Voy a tratar de resumir qué estamos encontrando en este lugar, aunque tenemos acordado que nos vamos a jubilar en este paraje recóndito, que ya estamos mayores para andar de picaflor.

1.- Hay un ser que se empeña en hacer las cosas como se hacían hace 15 años. Naturalmente, esta mujer y yo nos negamos. No es que se lo digamos de frente, que cintura tenemos y no es metáfora, es que sencillamente nos descojonamos y hacemos lo que nos viene en gana y pasamos de sus historias, que aportan exactamente una mierda. Vamos a regalarle una pizarra, una visera y unos mitones, yo creo que con eso sería feliz. Recuerdo que hace 15 años teníamos una agenda común en mi antigua empresa, donde escribíamos las visitas que hacíamos y a quién íbamos a ver. Eso era de cuando se vendía por machaque y no por tener buenas ideas y trabajar una línea constante. Este ser, que todo lo más habrá vendido zapatillas o sujetadores, pretende que hoy en día escribamos las visitas en una pizarra, cuando hay una herramienta corporativa, la cual por supuesto utilizamos hasta la saciedad. La tragedia es que este colega está en Ventas, y de Ventas no tiene la más remota idea. OH DIO MIO. Y este colega ha hecho la lista de clientes objetivo. Entre ellos compañías en quiebra, fantástico, campeón, tú llegarás. Ahora nos amenaza con una hojita excel de visitas -versión telemática de la puta pizarra- para mayor emoción.

2.- La tecnología brilla por su ausencia. Estoy llevándome el portátil de mi hijo con el office 2007 para maquetar como es debido una presentación ultra-importante de los cuernos que mi jefe supremo tiene que hacer ante un cliente muy pijo. Me está costando un curro de la leche porque tengo que tragarme bodrios de 20 slides en inglés procedentes de cualquier parte del planeta, y resumirlos en dos -siendo generoso. Deadline mañana. Como me conozco el percal, voy a enviarla hoy mismo, a altas horas de la noche, y mañana que quien sea introduzca lo que sea, ya sea en la ppt o en su cuerpo serrano. Yo paso, que ya he currado lo que tenía que currar. No admito crítica alguna, en este sentido soy inflexible, si me han encargado a mí la ppt, por algo será, y el que tenga algo que decir, que se lo guarde en el bolsillo porque no tienen la más remota idea de hacer presentaciones. Como el ilustre Cyrano de Bergerac: “lo siento señor, no soporto esa broma, la sangre se me hiela si me cambian una coma”. Pues eso. Ni toca-la que me mosqueo.

3.- De la operación en sí prefiero no hablar. Hay gente muy buena y muy quemada al pie del cañón, y unos colgátiles extremadamente tordos y nefastos en la zona de las altas esferas. De las negociaciones, tampoco. Hoy he tenido una reunión que me ha puesto los pelos como escarpias. DIO-MIO, si no sabemos negociar. Se nos meriendan con ensalada y patatas fritas. El cliente era rarito, todo hay que decirlo, al final nos confesó que se negaba a estrechar las manos de la gente por si pillaba la gripe A, que claro, con esa pandemiaaaaaaaaaaaa a la vistaaaaaa. Te cagas.

Lo bueno:

Conocer gente. Me encargan encontrar info de primera mano sobre un servicio que estamos dando en las Filipinas, nada menos. Y mi contacto se llama -disfracemos el nombre pero os juro que incluye el diminutivo- Marianito Martín. Le pongo un correo en perfecto castellano, tan pancha, ni me lo pienso. El hombre me contesta, muy educadamente y en perfecto inglés, que pese a sus vetustos apellidos no habla ni un pelo de espanish y que tratará de ayudarme pero que no termina de entender lo que quiero. Pobre, no me extraña. Le reescribo en inglés. Y el de Túnez, que me contesta con la información que le pido… en francés claro. Será vago el tío!!! A este paso me voy a convertir en el mejor cliente de los diccionarios on line. Menos mal que la chica de corporate me ha enviado un huevo de cosas, de las cuales entiendo un 10% y no por el idioma, sino porque no sé qué coño es un AHT, un FTE, un CCM, un TL y un turboboost con inyección en las gónadas. A mí me sacas del exe, del ppt, del j2ee, y del .net y estoy cual pulpo en el garaje.

OH DIO MIO…

Silcas

Call-conference on the rocks

Pues estaba yo esta mañana, a las 08:40 tan ricamente, acabando de arreglarme y casi a punto de salir por la puerta para dejar a mi churumbel en el cole, cuando de prontooooo, suena el móvil: la secre de mi jefe, oh oh, mal rollo.

La criatura está toda acelerada; que podiosbendito, que me conecte a una call conference que comienza a las nueve, que mi jefe quiere que me enganche para hablar de marketing corporativo con un illuminati (encima ex-accenture) que quiere que le aprueben un presupuesto para lanzar un plan de marketing mundial de la muerte total. En inglés, claro.

Huy, la virgeeen…. Si ya decía yo que este curro debía tener alguna pega… Aheemmm?? Carraspeo, como dices, querida??? Esta mujer y yo compartimos dos aficiones: una, las compritas on line, y otra el fumar en shishá o cachimba. Ahora anda toda compungida buscando un modelo bonito para pintar en la maravillosa cachimba que su novio le trajo de Egipto y que el muy nécora metió en el lavaplatos. Desde luego, quedó limpísima, sin rastro del precioso dibujo original que venía pintado en el vidrio.

Pero en fin, a lo que vamos. Medio catatónica salgo por patas arrastrando niño, bolsa, mochila, bolso y portátil, con rumbo a criatura con ruedas definitiva, que me espera resignada y que ya se ha acostumbrado a mi forma de darle zapatilla. Parezco mismamente la pobre Andy Sachs en El Diablo Viste de Prada, cargada con diez faldas de Calvin Klein, cuatro cafés de Starbucks, cuatro bolsos de piel de poni, un solomillo a la plancha, y el móvil en la oreja, pero en maruja.

El diablo viste de prada

El diablo viste de prada

Llego al cole, derrapando en el barrillo de la carretera de acceso, suelto el coche donde me viene bien, deposito enano en su lugar, o mejor dicho el enano me sigue mientras inicio vuelo rasante con su mochila en una mano, mi bolso deslizándose por el hombro y el móvil llamando -tururu ri ruuu-  mientras agarro el móvil con las meninges -esta mujer está ya realmente de los nervios, falta UN MINUTOOOOO (para el lanzamiento del challenger, joer, chica, que no pasa ná si me engancho 5 minutos más tarde, teniendo que cuenta que me acaban de avisar y podría estar visitando a un cliente o degollando gallinas con las trancas).

En fin, me meto en el coche, y trato de incorporarme a la call conference; tras dos intentos infructuosos, por fin el cacharro se come mi “userpasswordcodeidealdelamuerte” y me encuentro en el ciberespacio con mi jefe, el tal illuminati y yo misma, hablando de cosas raras en inglés a esas horas de la mañana.

Lo sé. Esto es una prueba de fuego, primero a ver si mi inglés es como dice mi CV o no, y luego, si tengo la cabeza tan amueblada como vende mi CV, o no. Además, tengo cierta manía a los ex-accenture, el último que conocí trató de robar bajo amenazas un documento horas antes de anunciar su marcha de la compañía, conque no tengo buenas referencias. Eso de “nooo… si es un ex-accenture” y que la gente lo mencione como un plus, me pone los pelos como escarpias. Accenture maaaaaaalo.

Tras 1 hora de calvario, compruebo para mi sorpresa que el illuminati habla un inglés muy decente y comprensible, que mi jefe me da cancha para que cuente la lista de los reyes magos que queremos la plebe de ventas, y que no ha sido para tanto.

Luego salgo por patas a la oficina, corro como una loca para acabar un montón de marrones, y me esperan otros dos, al final termino comiendo -y bebiendo- margaritas con mi amiga Ana, que ya nos tocaba.

Cuando vuelvo a casa, previo paso por la modista para que me estreche TRES putos pantalones y me acorte una falda, que esto del deporte me está saliendo por un congo; me toca revisar deberes y despiojar a la pequeña -por dios, tres días sin poner aceite del árbol del té en el champú y se me empioja, es acojonante. Tengo 20 minutos de “goñi goñi”, que consiste en lloriqueo enervante -no le hago nada de daño- mientras localizo al PUTO PIOJO, que sólo hay uno, pero a ver quién es la guapa que lo encuentra entre tanto rizo oscuro. Lo encuentro -tras untarle la cabeza a mi hija con el aceite del té- y lo espachurro violentamente. Cojo el bote de champú y le vacío el frasco de esencia dentro, si es que hay MIIIIILLLLLL cosas que si no las hago yo, no las hace nadie.

La leshe. Voy a tener que empezar a correr por las mañanas, porque últimamente mis tardes apacibles se me están complicando pero bien. Aunque ahora que lo pienso, correr mientras tengo una call-conference con un illuminati, mi jefe y una consultora de marketing -arf arf arf- ya puede ser para nota…

SOCOOOOOOOOOOOOORROOOOOOO

Silcas

Cambios y mudanzas

Mi amiga Loli me echa la “bronca”: oye tía, ¿¿que te piras de aquí??

Pues sí. Cambio de compañía, empiezo a currar en otro sitio en cuanto vuelva de las vacaciones.

Tengo preparado un email para algunos compañeros, lo tengo aún en la carpeta de borradores, sin enviar.

Nunca se me han dado bien las despedidas, sobre todo de la gente que me importa. Y tampoco me gustan los típicos emails multitudinarios “adiós amigos bye bye my friend, qué cojonudos sois todos, amigos para siempre” porque no suelen ser sinceros y suelen estar  escritos de cara a quedar bien con alguien excepto contigo mismo. Seamos sinceros, lo que en realidad apetece es poner a bajar de un burro a unos cuantos, llamar gusano miserable a algún otro y decir al resto que esperas no perderles la pista porque les aprecias y son muy buena gente. Y mezclar todo eso en el mismo saco, y que no te quede un batiburrillo escrito por un esquizofrénico, es poco menos que imposible. En cuanto a las cañas de despedida, me repelen. Prefiero tomar un café -o una caña, joder, que no tengo nada contra las cañas- con la gente a la que aprecio, intercambiar móviles y decirles que seguiremos en contacto, y que ahí estoy para lo que necesiten. Todo lo demás es bastante triste y más bien superfluo.

En realidad, cuando uno se larga voluntariamente de una compañía en la que lleva 9 años es por un motivo de peso: porque ha llegado al final del camino que le tocaba recorrer en ese sitio y ya no tiene ningún sentido estirarlo. Cuando pierdes la ilusión y la fe en algo -o dicho finamente, estás hasta los ovarios-, es mejor salir por la puerta, que quedarte y amargarte la vida haciendo algo que ya no te llena en absoluto. Resumiendo: ya sé que esto es una selva, pero yo estoy hasta las narices de que me muerda siempre el mismo tigre.

Cuando haces balance, te das cuenta de que te llevas una montaña de “lessons learned” o cosas aprendidas. La consultoría de IT da para mucho, y las multinacionales aún más. Me viene a la cabeza ahora mismo el viejo proverbio árabe:

No digas todo lo que sabes

No hagas todo lo que puedas

No creas todo lo que oyes

No gastes todo lo que tienes

Porque …

El que dice todo lo que sabe

Hace todo lo que puede

Cree todo lo que oye

Y gasta todo lo que tiene

Muchas veces …

Dice lo que no conviene

Hace lo que no debe

Juzga lo que no ve

Y gasta lo que no tiene

No digas todo lo que sabes
No hagas todo lo que puedas
No creas todo lo que oyes
No gastes todo lo que tienes
Porque …
El que dice todo lo que sabe
Hace todo lo que puede
Cree todo lo que oye
Y gasta todo lo que tiene
Muchas veces …
Dice lo que no conviene
Hace lo que no debe
Juzga lo que no vé

Y gasta lo que no tiene

Claro, que adaptado al bonito y proceloso cenagal de la tecnología, la cosa queda todavía más molona y enriquecedora:

No digas todo lo que sabes. Ni de coña. Porque alguien lo aprovechará, y además -posiblemente- en tu contra. Es más: Mejor callar y pasar por tonto que hablar y demostrarlo, que es otro refrán excelente.

No hagas todo lo que puedas. Claro que no. Porque terminarás haciendo el curro de los demás, que hay gente muy vaga y perezosa suelta por ahí. Marca bien cuáles son tus funciones, y no te salgas de ahí porque lo lamentarás; o la cagarás o le harás el curro a algún jeta que se acostumbrará a que tú se lo hagas para siempre jamás.

No creas todo lo que oyes. Efectivamente, no te creas una mierda de nada de lo que escuches. Muy posiblemente te lo cuentan para que tú propagues algo que es falso. Y el resto de lo que escuches, ponlo en cuarentena porque seguro que tampoco es cierto.

No gastes todo lo que tienes. Raciona tu conocimiento, tus contactos y tus habilidades. No regales absolutamente nada, y recuerda que el agradecimiento tiene una vida muy corta.

¿Me marcho? No, en realidad simplemente me mudo. Me cambio de lugar de trabajo, pero no por eso voy a dejar de contar con gente a la que aprecio. Eso sí, me encantará perder de vista a unos cuantos indeseables que han amargado mis últimos meses en la compañía, sintiéndolo muchísimo por la gente buena que se queda y que tendrán que aguantar a estos ejemplares. ¿Que si seguiré en esto de la tecnología? Pues sí y no. Más bien sí. Pero sospecho que mi próxima aventura profesional va a producir una buena colección de posts más bien surrealistas.

Echaré de menos a mi portátil, eso sí. Pobrecillo, a saber en manos de quién acabará. La de presentaciones y marrones que hemos vivido juntos, noches de oferting indoor incluidas. En fin. Me consolaré comprándome un mega trasto que te cagas lleno de gigas, con rizador de melena incluido.

Y un cariñoso mensaje de despedida para las fotocopiadoras/impresoras de mi empresa: ojala caiga un puto yunque del cielo y os fría hasta el último cartucho de toner de vuestras inmundas tripas. Cacho zorras, que sois unas zorras.

Silcas