De tomo y lomo

Llevamos ya varios días en las rias baixas y el cuerpo comienza a pedir carne. Estamos ya de pescados y crustáceos hasta las regomillas de las bragas. Nuestro insuperable José Manuel, de Casa Isolina, nos echó de comer unos manjares impresionantes: xoubas sin espinas en estofado (madre de dios qué patatas), garbanzos con bacalao, un bruñito (centollo pequeño) que tenía por ahí escondido, y unos grelos estofados. Todo de picoteo y compartido.

Hoy, día en el que hemos degustado una mariscada en La Guardia, seguida de un paseo en el ferry a Caminha, y un repaso por Valença para repostar elementos hogareños, hemos desembocado en el Carrefour de Baiona, con el objetivo de comprar algo de ternera gallega y hacerla para cenar, acompañada de esa maravillosa lechuga gallega que no encuentras en ninguna otra parte del país. Tras un infructuoso paso por el Froiz, donde lo que tenían en el mostrador deberían enterrarlo, no exponerlo al público, no me queda otra que rendirme a la gran superficie, que parece ser el único sitio donde los turistas pueden aprovisionarse sin riesgo para la salud.

A mí el carrefour de Baiona me deprime especialmente, primero porque soy carne de alcampo y en los carrefour no encuentro nada, pero es que además, éste está organizado con el trasero y encima tiene dos plantas.

Pero en fin, estamos de vacaciones, y yo en vacaciones no me estreso por nada ni por nadie.

Así que -como decía- aparezco por el mostrador de la carnicería. Es alucinante cómo lo tienen puesto, justo entre el mostrador de la carnicería-charcutería y un mueble refrigerador con los básicos de esta materia, una PEASO ISLA con embutidos. Resultado, es imposible pasar un carrito o una cesta, o circular con un mínimo de comodidad. Todo el mundo se arremolina en ese reducido espacio -zona caliente del hiper en cuestión- para esperar turno, coger una barqueta con pollo o perseguir a los infantes que huyen, todo ello aderezado con las señoritas azafatas ofreciéndote las más variadas degustaciones.

Pero bueno, qué le vamos a hacer, son las 7,30, no hay casi gente, y me atienden enseguida. La señorita de charcutería me pregunta amablemente qué quiero.

Pues mira, un par de chuletas de ternera gallega -señalo un trozo que tiene su hueso reglamentario, no por nada, es que no tienen de otro, y en el mueble refrigerado les queda un exiguo ejemplar, triste y solo como Fonseca, cortado el 18/4, si no antes.

Este trozo de canal -corte pistola-, es sonrosado, tierno y tiene muy buen aspecto.

La señorita charcutera se calza con mucha tranquilidad el guante de malla metálica, agarra el trozo de lomo con su t-bone, y con un cuchillo, comienza por separar una chuleta de tamaño medio, y hasta ahí sin problema. Luego repara en que ha llegado al hueso, y agarra un peaso cuchillo de estos de hoja grande, y ante mis atónitos ojos, comienza a SACUDIRLE UNAS HOSTIAS QUE NO VEAS, tratando de separar la chuleta del resto de la pieza a machetazos.

Finalmente, arranca la chuleta, pero el hueso se ha quedado ahí. La criatura, sudando tinta, gira la pieza hacia mí, y lo que veo es más propio de una película de gore que de una carnicería, madre de dios cómo ha dejado la pobre pieza. Le ha metido unas chufas que ni Conan el bárbaro.

Al menos ya ha conseguido dos chuletas más bien tirando a finústicas, pero veo que agarra de nuevo el cuchillo -supongo que insatisfecha por el resultado de sus maniobras- y esta vez comienza a producir una chuleta de tamaño Vilma, madre de mi vida, estoy a punto de interrumpirla y decirle que con dos me basta, y que además, no he invitado a pedro picapiedra a comer, y que deje en paz el infortunado lomo de ternera gallega, que lo está desgraciando pero bien.

Esta vez le mete un machetazo al hueso que me hace estremecer. Dios mío dios mío, cómo le digo que no quiero ese trozo de animal muerto, esta es capaz de perseguirme por todo el super con el cuchillo ese y me hace picadillo.

“Estee… oye, mira, que este trozo -no me atrevo a llamarlo chuleta- es gordísimo, que prefiero las otras dos que ya has cortado, que esto es una barbaridad”.

Entonces comienza a explicarme. “Es que con este hueso, claro, hay que cortarla así, ¿lo ve?”. Me muestra el espacio intercostal entre ambas costillas. Claaaro, entonces, de una pieza de lomo sacas CUATRO CHULETAS y ni una más.

No hija. Ese hueso, efectivamente, lo dejas cuando es un PUTO CHULETÓN DE BUEY DEL NORTE DEL PAÍS, pero no cuando estás cortando dos chuleticas de ternera normales y corrientes, que por supuesto no tienen el grosor de mis muslos.

Mira compungida el peaso trozo que ha perpetrado, mientras su compañera se escaquea bajo el mostrador.

Lo pone en un papel encerado y lo echa al montón de carne que tiene ahí, esperando ser masacrada.

Bueno, dice, alguien se lo llevará.

Ya. Vilma Picapiedra o el jefe de sección con los cuernos, cualquiera de ellos. O quizá el cabrón que te seleccionó y no se tomó la molestia de procurar que te enseñaran cómo  se trocea un vacuno con un mínimo de competencia, que tú no tienes la culpa, criaturica.

Salgo por patas a la caja, a pagar y reunirme con la unidad familiar, que espera pacientemente en el carro a que mamá pájaro vuelva con la manduca.

Uuf. Qué peligroso se está poniendo ésto de hacer la compra.

Mañana, jueves santo, volveremos a Isolina. Creo que toca bacalao. O más xoubas. Lo que sea, pero que entre por la puerta por favor, a ser posible, bien muerto.

Silcas

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Los pisaorugas

Ah, qué bonito el campo, qué linda la primavera. Qué hermoso, ser testigo de la eclosión por doquier de todo tipo de seres vivos, bichos, bichitos y bichejos.

El domingo estábamos de comida familiar -en un restaurante, que no estábamos de picnic, no vayan ustedes a pensar-,  y al volver a casa, mi hijo me viene cabizbajo, compungido y dolorido. Tiene el cuello con  una urticaria brutal. Joder, hijo, pero qué has hecho.

Estuvieron jugando en los pinares que rodeaban el restaurante y evidentemente, las procesionarias debieron ser las auténticas protagonistas de los juegos. Prefiero no pensar en qué estuvieron haciendo.

Imagino que las tocarían, espachurrarían, o simplemente putearían.

Le doy al muchacho su dosis de polaramine correspondiente, tiene la piel hipersensible y es muy alérgico al veneno de los bichos, tiene la nuca hecha una pena. Me imagino cómo estará su primo.

Cuando se estaba poniendo el pijama, viene a verme y me enseña el pie. Lo tiene hecho un globo. Lo miro. Su hermana, a su lado, disfruta del espectáculo. “Pero a ver hijo, cómo demonios te has podido hacer eso en el pie, te has rascado o te lo has tocado con las manos, o algo???” No me imagino cómo demonios ha podido ponerse así, llevaba calcetines y zapatos. Conociendo a la bestezuela tártara que tengo en mi hogar, y los antecedentes genéticos de sus ancestros, comienzo a olerme cualquier cosa. Sigo con el interrogatorio, “pero a ver hijo, ¿te quitaste los zapatos??” “¡¡¡noooo!!!”

La enana, chivata al 100%, aprovecha la ocasión: “Mamá, es que Juan -su primo- y él estuvieron pisando orugas!!” “Mentiraaa!!” salta el otro. “¡¡Yo no me quité los calcetines!!”. Hale, ahí estamos, el pie empapado en “juice d’ oruge” durante toda la tarde, bien maceradito en sustancias urticantes.

Pero será mamón. Así tenía el pie, como un dirigible.

A partir de ahora, no quiere ver una oruga ni en pintura. Si al final va a tener razón mi madre: si no es a base de golpes, no aprendes. Efectivamente. Me sé de uno que no va a volver a pisar una oruga en su vida, ni acercarse a ellas a menos de 10 kilómetros. Por no querer, no ha querido ni dibujarlas en el trabajo de “cono” de ayer”! 🙂

Urticaria primaveral

ESO, urticaria es lo que me provoca la primavera, y no debido a las alergias varias, que afortunadamente no tengo. Bueno, soy alérgica a bastantes cosas y personas, pero nada que ver con el polen y las gramíneas.

Es lo que pasa cuando sesteas en la terraza tomando el café en un glorioso día como el de hoy y te pegas un atracón de Instyle, Glamour y Yodona. Para no variar, con cada cambio de temporada te machacan a base de enseñarte ropa que no tiene nada que ver con la de la temporada veraniega anterior, y encima, accesorios que NO PEGAN NI DE COÑA con la misma, así que te meten a presión en el cerebro que lo que tienes en tu armario es una auténtica bazofia.

Se salva el tímido intento de Instyle -dentro de las revistas de amor y lujo, la que más razonable me parece- de componer 28 modelitos con 10 básicos, 10 prendas fashion y 10 accesorios. Encantador ejercicio, sólo para mujeres reales, tal como dice la revista, y -efectivamente- para mujeres reales, pero de la realeza, y desde luego, con un cuerpazo. Me explico a continuación.

De mis supuestos “10 básicos”, unos no me entran, otros me quedan grandes y otros son -seamos francos- feos o sin gracia. Y los básicos deben tener algo de gracia o sentar impecablemente, o estar hechos de muy buen material para aguantar que te lo pongas varias veces a la semana y no se deshilache, deforme, rompa o haga bolas. ESO es un hecho. O sea: pantalones de 275€, blazer de 770, chaqueta de cuero de 420, camisa 90, sudadera 220 (aaanda ya), etc. Toma castaña. Que esto es hiper fácil, agarro 8.000 euros y acabo con todos mis males, me monto 10 básicos como dios manda y la iglesia ordena. ¿Qué es eso de faldas sin forrar, que son prácticamente todas las de Zara? No hija no, te pillas una falda tubo negra de guess por 100 módicos euros y a triunfar. Eso sí, NO TE ATREVAS A ENGORDAR UN GRAMO que tienes que salir de casa en bragas bajo pena de que la falda de marras se te reviente de lado a lado en cuanto aposentes el trasero. Recuerda, sólo tienes una falda y además las tías no tenemos oscilaciones de volumen, qué vaaa….

Cosas fashion, pues tampoco podemos decir que tenga muchas. En cuanto a los accesorios, vale, de eso voy sobrada. Puedo hacer un rastrillo de zapatos y camisetas en cualquier momento. Eso sí, no tengo bolsos de chanel de 2.450 euracos, ni sandalias de plataforma de Prada ni bailarinas de leopardo de 150. Vaya por dios en qué estaría yo pensando.

Aquí la realidad es que tendría que comenzar a probarme unas cosas con otras, y me da una pereza que te mueres. Y tampoco es plan de contratar una shopper para que le eche un vistazo a tu armario y salga de la casa gritando de horror. No, definitivamente no.  Me parece demasiado cruel. Mejor yo me lo guiso y yo me lo como.

Entonces, cuando terminas de leer las revistas, tu abotargado cerebro llega a las siguientes conclusiones:

Una. Estoy de mi ropa de invierno hasta los XXXX. El gris, marrón oscuro, beis, verde oscuro, morado, etc, me comienzan a producir urticaria. Por no hablar de cualquier cosa que lleve lana en su composición. Hoy hemos llegado a los 20 grados, temperatura a la cual los cuellos altos comienzan a ser realmente insoportables. Me he quemado el escote en la terraza, por cierto. Comenzamos bien.

Dos. Debería rescatar mi ropa de entretiempo/primavera/verano a ver si comienzo con la operación montón, que consiste en clasificarla, ordenarla y descartarla. Es imprescindible porque si no, termino juntándome con tres pantalones azul marino, cuatro faldas marrones y diez blusas blancas. TODOS ELLOS asquerosamente parecidos. Eso es precisamente lo que sucede cuando te pasas por Zara o Mango a husmear la nueva temporada y no has revisado si ya tenías de eso que te acabas de pillar. Y como soy más bien predecible, ESO es precisamente lo que me sucede, porque siempre me compro el mismo tipo de pantalón y el mismo tipo de falda, y entonces no encuentras el ticket de compra para cambiarlo, y te das de cabezazos contra la pared por idiota y por acumular prendas prácticamente IDÉNTICAS.

Tres. ¿Entraré en la ropa de verano? Supongo que este año sí, porque el yoga está haciendo estragos en mi ser. Y desde luego, he perdido un par de kilos desde que le pego al nirvana místico. Lo que me preocupa es que me quede grande. Con lo cual estamos en el mismo problema: habrá que arreglarla y según sea la proporción coste-beneficio, se va al punto limpio de cabeza.

Y entonces, animada por el solecito que ves por la ventana, te diriges a los altillos y comienzas esa bonita tarea -lalala- que consiste en retirar del armario la ropa más gruesa y claramente invernal y sacar y seleccionar algo de ropa ligera. Desde luego, la cosa consiste en vaciar los sacos, llenarlos con la ropa de invierno y preguntarte para qué leches quieres tops de tirantes en marzo. Pero claro, dónde demonios los metes, ¿en el limbo de la ropa de “todavía no pero en un par de meses sí”?

Para cuando has terminado te das cuenta de que tienes que hacer lo propio con los zapatos, lo cual implica sacar los cajones de zapatos que tienes bajo la cama, quitar unos y poner otros. Lo malo: la ropa de invierno ocupa bastante más que la de verano, PERO tienes más cosas que colgar en perchas, con lo cual se te jode el precario equilibrio de tu armario. Comienzas a desesperarte. Además, te vas topando por el camino con cosas que hace ya tres o cuatro temporadas que no te pones, con lo cual comienzas a llenar bolsa para la asistenta, si está en buenas condiciones, o directamente para el punto limpio / reciclaje en el caso de que no haya nadie en este planeta que se pondría algo así. Cae la tarde cuando todavía estás liada con la ropa de las narices, mucha de la cual lleva contigo varias temporadas -hola buenos diaaas- y comienzas a ponerte un poco de los nervios.

Y tras la operación armario, llego a la siguiente conclusión:

Uno. Por primera vez al pegarme esta paliza, no me duele la espalda. Además, he podido bajar los sacos de ropa yo solita sin necesidad de ayuda masculina. Esto ha sido cosa del yoga, que tanto retorcerme la columna, ha terminado por fortalcerla.

Dos. En términos generales, no me gusta cómo ha quedado el contenido del armario. Se salvan algunos básicos, y tal vez algo de ropa fashion, pero sobre el resto habría que hacer un pensamiento. Tengo sobreabundancia de camisetas, blusas y tops, y un déficit elevado de vestidos. Sí es verdad que soy reacia a tirar cosas o deshacerme de ellas, sobre todo si son buenas. Tengo un vestido de seda azul con flores que tiene ya seis añitos. Y eso es un problema porque cuanta más ropa tienes, menos la reutilizas, y por tanto, está nueva. El puto vestido, con el que parezco mi abuela por el campo, está impecable. Claro, es de Blumarine. Un básico totalmente obsoleto, pero ahí está, cómo demonios voy a tirarlo???? Así que, efectivamente, tienes cosas como nuevas, del año de LA COQUITO, que no hay dios que se ponga ya esas mangas, esos cortes o esos cuellos que cuelgan en tus perchas descojonándose de tí.

Tres. Hablando de déficit, sólo tengo UN TRAJE CHAQUETA PANTALÓN de verano, en color beis. Y aunque es bueno -me costó un congo- está un tanto baqueteado. Y tampoco tengo un socorrido traje chaqueta con falda ligerito. Cómo es posible semejante despropósito. Con lo cómodos que son. Tengo que hacerme con uno azul marino, a ser posible con falda.

Cuatro. Es obvio que debería  renovar el vestuario y tirar la mitad de lo que tengo en el armario, pero no tengo un duro.

Cinco. Tarariro te la hinco.

Puaj. Que le den morcilla a la ropa, me voy a ver la tele.

Silcas

Animalitos…

Curioseaba hoy la prensa, con esto del terremoto de Japón, pobre gente, cuando me tropiezo de bruces con esta cosa:

http://www.elmundo.es/america/2011/03/11/estados_unidos/1299822521.html

 

Dejando aparte que en esta truculenta historia el hámster es obviamente el peor parado, me parece que dos años de cárcel para la criatura es un poco brutal, ¿no? Que digo yo que quizá ponerle trabajos sociales como pasear perros durante seis meses o acudir a la perrera a darles de comer, seria mejor enseñanza para que aprenda que los animales tienen sentimientos y que no es buena idea tirarlos por la ventana.

Pero en fin, allá cada país con sus cosas, pero es que a la vuelta de click me tropiezo con esta otra, bastante más brutal e inquietante:

 

 

Yo creo que nos hemos vuelto locos del todo. En una punta del mundo, encarcelan 2 años a Monique por tirar un hámster por la ventana, y en la otra, piensan que es buena idea que los animales de compañía abandonados -incluyendo a los parientes del infortunado roedor, desde luego- sirvan de alimento a los gitanos (no al resto de la población civil, que tienen -por lo que parece- el paladar más refinado).

O sea, has perdido a tu perro en Eslovaquia, date por jodido porque lo van a convertir en hamburguesa en menos tiempo que se tarda en contarlo.

Acidísimo y acertadísimo el comentario de un anónimo en esto de la noticia de los come-perros:

“Lo mismo era una solución para este país también: Que nos autoricen a comernos a los políticos que sobran. Lo malo es que la epidemia de obesidad iba a alcanzar tintes alarmantes porque hay muchos y además están bien cebados.”

Mira, pues eso sí me parece una idea interesante.

La leche con el animalito humano, en qué estaría pensando Dios al crearlo??? Supongo que le estaría mirando las tetas a alguna hembra humana y se le pasó introducirnos la conciencia y compasión a la mayoría de nosotros.

 

Operación Ciénaga

Son las 20:00 y declaro finalizada la Operación Ciénaga.

Desde las 16 hs hemos estado desbrozando, trasplantando, tirando, podando, destruyendo y limpiando el repugnante espacio supuestamente denominado terraza para convertirlo en un espacio digno de pasar la cédula de habitabilidad.

Ecosistemas enteros han salido por la puerta, en fila india o en manadas. Las plantas muertas han sido eliminadas, los rosales trasplantados en macetas de barro, y las flamantes jardineras han recibido con júbilo a sus nuevos huéspedes, cuatro geranios que -a falta de pelargonios, no he podido encontrarlos- han pasado a formar parte de nuestra plantilla de seres vivos en nómina.

No hay nada que motive más que pasar por verdecora o por un vivero a comprar tres plantujos, dos cuadros y tres velas, porque al final, aunque sea por verlas colocadas, te suponen una cierta motivación para la PALIZA de la muerte que supone poner la terraza en orden tras el invierno. Madre de dios, qué de mierda ha salido del suelo. He tirado de todo, sin piedad, la inútil manga de riego, velas cochambrosas llenas de polvo, macetas de plástico con restos de ser vivo, mugre y más mugre. Han salido por la puerta algo así como diez bolsas de basura, macetas rotas y la dichosa estantería metálica que llevábamos arrastrando de mudanza en mudanza, vaya trasto inútil -y feo de collons, todo hay que decirlo-.

Esta noche la estrenamos con una copita, eso sí; con manta zamorana, que la sierra madrileña no está como para cenar en la terraza, aún no. Pero cuando comience la temporada, esto es una maravilla. Cómo me alegro de no haber cerrado la terraza, por eso de arañar unos pocos metros a una habitación. Es media vida, poder salir a respirar aire fresco, o cenar con la compañía de los pajaritos.

De algún modo, mis ancestros agrícolas prevalecen y se notan. Me cuesta tirar una planta si veo que está viva (y no, no soy nativa del planeta de la película Avatar, es que os juro que noto cuando una planta está muerta, aunque tenga hojas verdes).  Qué pena me ha dado la enredadera; no soportó el crudo invierno tras casi 7 años de resistencia a las heladas y las nieves. La trajimos cuando era apenas un brote, recuerdo vivo de la casa solariega de mi marido allá por tierras mañas, el último recuerdo de sus días felices de los veranos de su infancia. Y no, no sobrevivió. Lo supe esta primavera; inmediatamente. Los cabrones de los rosales, que echan de todo menos flores y que sobreviven a los pulgones estaban comenzando a brotar, las malas hierbas comenzaban a pulular por doquier, medrando en las macetas llenas de alelís y geranios fosilizados. Y la enredadera, no. Silenciosa y contraída. Comprendí al instante que ya no estaba entre nosotros. Hoy lo hemos constatado, arrancando con facilidad las ramas que cruzaban por el techo de la terraza (asombroso, lo rápido que brotó y que se acomodó al lugar). En su lugar hemos puesto uno de los rosales -peaso cabrón incombustible que no echa flores así lo maten, ¿¿¿será marica???-. El olivo de la esquina, otra reliquia que brotó de un hueso de aceituna arrojado descuidadamente en una maceta. Ahí está, como un campeón. Vamos a tener que buscarle alojamiento en tierra firme, porque este plantujo en maceta no aguanta.

No soy capaz de hacer jardinería con guantes, no sé porqué pero no puedo. Es como coser con dedal o fregar con guantes, tampoco. Así termino, claro, con las manos de los labriegos de la señorita escarlata y las uñas llenas de tierra -que no mugre, es bien distinto-. Después de lavarte las manos, te las miras y están llenas de arañazos, astillas y pinchazos que no llegaste a notar mientras desbrozabas el cepellón de un rosal con las manos. Parece mentira cómo hay plantas que resisten y otra, aparentemente más fuertes, no. La clavelina, que amaneció un día con tres dedos de nieve. Quemada, me dije, esta planta se me ha quemado enterita. Y no. Es cierto que tiene algunas mochas marrones y cierta pinta de ente extraterrestre, pero al final, ha vuelto a brotar y a echar sus flores con insultante afán de supervivencia.

Aquí os paso algunas pruebas de cómo ha cambiado la ciénaga. Ahora sólo nos queda contratar algún destructor de madrigueras que nos pinte la casa y pensemos qué hacemos con la cocina, que eso no es la ciénaga de Shreck, es el despacho del notario de drácula. Joder, cómo la odio. Os recuerdo cómo estaba la terraza antes de meterle mano:

La Ciénaga, antes.

Y así es como ha quedado, a falta de algunos retoques, como llenar dos jardineras (son enormes, las joías)

Y con esto y un bizcocho, voy a desmayarme un rato, que estoy mayor.

Silcas

Que vivan las gordas!

Tengo una compi en la oficina guapa como ella sola, que sin embargo está fondona. Digamos que está realmente fondona, tirando a obesa. Seamos francos, tiene un sobrepeso bastante considerable, como además de guapa es una cachonda mental, dice que su madre le dice que a ver si espabila “que va a romper el envase”.

Y como la mujer, además, es lista, es consciente de sus dimensiones corporales, y charlando con ella nos cuenta el círculo vicioso en el que se encuentra enganchada: curra como una bestia, no tiene tiempo para ir al gimnasio ni para salir a correr, porque encima llega a casa tardísimo. Y por tanto, come de sandwich, y como además tiene un curro sedentario, pues así le luce el pelo.

Y hoy me he acordado de ella porque estaba hociqueando en Privalia, mirando una venta de bikinis (solo mirando, que en mis últimas incursiones en Bokamanga ya me he equipado para este verano y los próximos cuatro), cuando me encuentro con esta monada por 16 euros:

Voy a engancharlo inmediatamente, presa de la codicia, cuando al pinchar en las tallas me encuentro con que son de dimensión “carnosa”, es decir, te jodes, flaca, que esta monería no la tenemos para tí, una 100 de sujetador (ni de coña) y una xl de bragón -eso se me cae-.

Hala, jódete y baila.

Por si fuera poco, me llega el boletín mensual de Amantis, y FLIPO en colores con lo que me encuentro. Ole por Amantis, sí señores, deberían recibir subvención de Bibiana Aido, a eso le llamo yo fomentar la igualdad.

Atentos, ¿eh?

Body para entradas en carnes

Body para cachondas entradas en carnes

Hala, ahí estamos, sí señores!!! Tanta kate moss y tanta esbeltez y tanta gilipollez, si al final, qué mas da. Que seguro que si nos quitan la tele y las puñeteras revistas de moda, viviríamos todas encantadas con nosotras mismas. Que manía, qué ganas de sufrir con tanto laser vela, pinchazos de mesoterapia y la biblia en pasta.

¿Es que ellos son perfectos? Porque anda que no tienes mas que bajar a la playa para ver que cualquier cuarentañero (lo de cuarentón me suena a pitopausia)  padre de familia tiene un tripón que parece que el que ha parido a los niños es él! 😀 Eso sin contar con los cuatro pelos que les suelen quedar a esas alturas, o la chepa que a veces comienza a asaltarles de tanto llevar el peso del mundo sobre los hombros.

En otro orden de cosas, tras la comunión de ayer y posterior cena en casa de mi hermana, abordo la jornada de hoy con una duda metafísica. Ya me han traído las maravillosas jardineras para poner florecitas en la terraza, con sus hierros correspondientes, así que el plan era ir a buscar pelargonios en abundancia para rellenar las mismas. Y son enormes, las joías, lo menos me caben 4 o 5 plantas en cada una.

Pelargonios

Y salgo, y hace un frío QUE TE CAGAS, ayer llovió lo que no está en los escritos, y yo con espardeñas, claro, como no; y miro al suelo y lo que veo me hiela la sangre en las venas, joder, no me siento con fuerzas, la ciénaga de Schreck está más ordenada. Pasen y vean:

Mi terraza - cienaga

Así que temblando con la rasca mañanera, decido que ANTES de introducir ningún tipo de ser vivo en la terraza, hay que deshacerse de los cadáveres que el crudo invierno ha dejado tras de sí. Y para eso necesito el saco del “Hombre del Saco” como mínimo, para meter las plantas muertas, las macetas, la tierra putrefacta y la mierda acumulada.

Y no, no me siento con ánimos hoy, y menos con este frío, que tendría que salir con guantes y bufanda a deslomarme. ¿Pero es que el clima está loco o que? Coño, que ya estamos en mayo, ya vale de frío, que una no sabe ya ni qué ponerse!!!

Y además, tengo que currar, el martes entregamos oferta y no tengo hecho más que el esqueleto, ya me han enviado los precios del invento, pero antes siquiera de tener el privilegio de contemplarlos debería empollarme el “Call Center para Torpes” que mi bienamado jefe  me ha entregado con la indudable intención de que me lo leyera. Porque si no, tanto daría que cantara al cliente el “sardinas frescues”, mis sardinitas que ricas son son de Santurce las traigo yo. Y no, no creo que cuele.

Y además, hoy viene a comer mi suegro, y aunque cónyuge A ha dejado preparadas unas lentejas, tendré que bajar al super a por una carne para plancha. Y son las 12:45 y aquí sigo, en pijama, con el chucho a mi vera, y sin duchar.

Voy a bajar al super hecha una guarra, con la esperanza de que a Brad Pitt no se le ocurra pasar a comprar morcillas de burgos para darle a Angelina, adquiriré el pan y las carnes, y luego me meteré en la ducha.

Espero que los cadáveres de la terraza no resuciten y vengan a buscarme, miedo me da…

Comuniones – Primera Parte

Heeenos aquí por fin, ya llegó ya está aquí, la primera de las comuniones que nos tocan este año. Por doquier, niñas vestidas de blanco, algunas normales y otras como princesas, poniendo en evidencia los deseos frustrados de su madre, que seguramente quería comulgar vestida de alteza real pero no pudo; y también niños de marinerito, derivando algunos de ellos en vestimenta de almirante, también posiblemente porque su madre quería tener una niña para vestirla de alteza real, y al concebir un varón, optó por disfrazarlo con el mayor número de condecoraciones posibles para la ocasión.

Salimos del hotel tras ducharnos con agua fría, no, no es que estuviéramos cachondos ni en el hostal de la ratita presumida, es que en el puto CUATRO ESTRELLAS de las narices tenían la caldera jodida (yo lo llamo falta de mantenimiento) y al estar a reventar el sitio, el agua salía templada tirando a más bien fría. Cojonudo, el Infanta Cristina de Jaén. Ya sabemos dónde no vamos a volver ni borrachos.

En esta ocasión, vamos a examinar los métodos, procedimientos y metodologías para entretener a las hordas infantiles que -poco o nada acostumbradas a asistir a una misa entera- pueblan las iglesias con ocasión de las comuniones de primitos, hermanitos y/o amiguitos. Me salto las vestimentas de la peña en general, que hay algunas que se visten igual para la boda de la infanta que para la comunión de la sobrinita.

Allí estábamos, cumpliendo con nuestra parte de “horda infantil”, con los siete críos entre hijos y sobrinos sentados a nuestra vera, esperando pacientemente a que la iglesia terminara de poblarse (y doy fe que había overbooking), cuando una monja baja, feúcha y con toca negra se apodera del micrófono, y con esa voz especial que tienen la mayoría de las monjas docentes, con tono de cripta, y que tantos recuerdos me trae de mi época escolar, comienza su speech.

Lo que siempre quisimos hacer con Sor Consuelo

Lo que siempre quisimos hacer con Sor Consuelo

“Atención todos, por favor. Chiiiissttt…. !!!! Por favoooorr!!!!”

(ni puto caso a la monja, aquello parece la feria de abril en su apogeo, la peña es la leche. no se callan ni debajo del agua.)

“¡¡¡POR FAVOOOORRR!!!!” (os juro que “La Monja Alférez” gritaba menos)


La Monja Alferez

La Monja Alferez

(ahora sí, la peña se calla y la monja aprovecha para soltar una reprimenda a los presentes sobre el silencio en la iglesia, cosa sobre la cual, efectivamente, tiene toda la razón)

“Los niiiñossss…. se cansaaaann y no aguaaantan toda la celebración” (Ni yo, si a eso vamos. Joder, a ver si es que nos hemos equivocado y nos hemos metido en una comunión ortodoxa)

“Insisto, LOS NIÑOS SE CAAANSAN” (vale, tía, que ya nos hemos enterao. Esto va a ser un truño y además largo)

“Tenemos habilitado un sitio “arriba”, donde una  (UNA??? se la van a comer!!) catequista (la órdiga, si llega a decir Pamela Anderson fijo que el puto sitio se llena, de niños y de sus papás babeantes) cuidará de ellos durante la celebración de la ceremonia”.

“Ahoraaa… pasaré por el pasillo centraaal… (joder qué miedo) para recoger a los niños menores de 5 años (instintivamente paso el brazo por los hombros de mi hija; hija, cállate y no hagas ruido que viene la monja) y llevarlos arriba (lo estás arreglando colega, suenas igual que jack el destripador disponiéndose a recolectar a sus víctimas)

Pues mira, sí, buena idea la de tener a los críos entretenidos para no deslucir la ceremonia, pero la vendiste mal.

Lo primero, ¿desde cuándo las catequistas de 50 tacos (con todo el respeto a las catequistas de 50 tacos) son capaces de lidiar con 20 o 30 mocosos (encima UNA SOLA DE ELLAS), y mantenerlos entretenidos durante hora y media sin diseccionarlos? Ni que fuera superwoman, no hija, no, no es creíble. Dí que un grupo de entusiastas, dinámicas y jovencísimas estudiantes se ocuparán de los peques, y entonces a lo mejor lo creemos, y además te ahorras el transporte porque serán los propios papás los que agarrarán a los niños y los llevarán ellos mismos “arriba” para averiguar si además de entusiastas, dinámicas y jovencísimas, tienen las tetas bien puestas.

Lo segundo, enviar a esta mujer, que daba verdadero pavor mirarla, a recoger niños, me parece un sinsentido como otro cualquiera; los niños nada más verla se escondían debajo de los bancos, y los pocos infortunados que iba recolectando se cogían de las manitas con pavor y buscaban a mamá con la mirada, a punto de llorar. Las propias mamás amedrentaban a las criaturas: “Jorgito, como no te calles, vendrá la monja y se te llevará!!!”.

En fin, que yo creo que el problema de fondo de la iglesia es la falta de técnicas de marketing y venta.

Que digo yo que una buena consultoría les vendría de miedo.

Silcas